Opinión

Expulsados del paraíso socialista

Joaquín Leguina e Isabel Díaz Ayuso, el pasado 6 de diciembre, Día de la Constitución
Joaquín Leguina e Isabel Díaz Ayuso, el pasado 6 de diciembre, Día de la Constitución Alberto R. Roldán La Razón

La expulsión de Joaquín Leguina por las altas instancias de su partido es una advertencia dirigida a quien se atreva a discrepar de las consignas del socialismo sanchista. Como en toda organización, y más en particular en aquellas en las que el compromiso de los afiliados debe ser total, también comporta una amenaza implícita: quien siga los pasos del ahora expulsado dejará de recibir los beneficios de su posición previa y se verá expuesto a situaciones indeseables. Los partidos saben mucho de sus muy comprometidos militantes. Con respecto al pasado, la expulsión de Leguina confirma una ruptura. El socialismo sanchista acaba con cualquier veleidad socialdemócrata, ahora declarada tóxica, y proclama abiertamente su identificación con un proyecto de quiebra nacional y constitucional. Hasta hace unos años, este proyecto lo lideraban separatistas y terroristas. Hoy está asumido por el socialismo español.

Tal vez sea casualidad que esta expulsión se haya producido en la semana del aniversario de la Constitución, la misma en la que se han anunciado reformas que, por su calado y la forma de hacerlas, descubren la naturaleza del proyecto del sanchismo. La coincidencia, en cualquier caso, resulta llamativa y abre un panorama nuevo. No tanto para los propios militantes y afiliados del PSOE, que ya debían de saber a qué atenerse, sino para aquellos que hasta ahora han seguido respaldando y votando socialismo.

Es posible que la virulencia de la propaganda gubernamental venga a paliar la sensación de orfandad. Pero también lo es que una estrategia tan clara de confrontación y de ruptura de todos los consensos empuje a algunos, e incluso a muchos votantes socialistas a cambiar de posición, por muy histórica que sea esta y por arraigada que esté en la mentalidad y las costumbres. Claro que dejar de respaldar al PSOE y aceptar la salida del paraíso requiere, además de la claridad acerca del programa de este –algo ya suficientemente evidente–, una alternativa capaz de atraerlos. Como la experiencia nos invita a mostrarnos escépticos acerca de las posibilidades de un socialismo templado y nacional, la iniciativa recae en la oposición. Tarea difícil, porque el paradisíaco socialismo español siempre ha dado respuesta a todo. Pero que convendrá intentar.