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Campamento de verano de los presidentes

Pedro Sánchez reúne a su Ejecutivo en Quintos de Mora, la finca toledana donde Aznar recibió a Bush o Zapatero a Lula da Silva. Otros, como Felipe González, preferían Doñana para sus retiros

  • Aznar usó como segunda residencia la extensión toledana de Quintos de Mora, donde recibió visitas como la del presidente Bush Jr.
    Aznar usó como segunda residencia la extensión toledana de Quintos de Mora, donde recibió visitas como la del presidente Bush Jr.

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25 de agosto de 2018. 04:46h

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Martín Prieto 25/8/2018

En los años americanos de cabo a rabo, de Canadá hasta la Argentina del fin del mundo, no hubo ocasión de asistir a la rueda de prensa de un portavoz o vocero tras un inexistente Consejo de Ministros. Lo usual en América es que el presidente o primer ministro despachen cuando les pete con los responsables de cada cartera y es el vocero quien coordina la información cuando hay noticias. Es un sistema más cómodo para el mandatario ya que flexibiliza su agenda y permite la discusión privada con sus ministros; un jefe de Gabinete coordina el Gobierno. En España el Consejo de Ministros nació con mal fario al ser creado en 1823 por el Rey felón, Fernando VII. Reunirse los viernes no completa o suple los contactos bilaterales en la cúpula gubernamental y en el Consejo se dan barullos burocráticos y enfrentamientos personales cuando banderías políticas entran a cuchilladas. Franco, tan a la moda, se refería a todo el mundo por su apellido, marcando distancias aunque fuera persona de su cercanía. Adolfo Suárez hacía más política fuera que en Consejo seduciendo con un trato personal a corta distancia. Felipe González, a quien molestaba el compadreo, impuso que los ministros en sesión se aludieran por su cargo para lustrar de solemnidad a la reunión. Humo de pajas, ya que las grandes decisiones se tomaban en el acristalado despacho presidencial o en las incontables fincas del Estado o incluso en casas particulares de testaferros políticos como la del abogado José Mario Armero, que reunió secretamente en su salón a Suárez y un Santiago Carrillo buscado por la Policía y la Justicia. José María Aznar, y en menor medida Zapatero, paseó los Consejos por algunas autonomías, para mostrar presencia estatal, menos Cataluña por no solapar la susceptibilidad de un Jordi Pujol tenido ingenuamente entonces por fiel de la balanceante política española.

Aznar usó como segunda residencia la extensión toledana de Quintos de Mora, con un caso amplio y representativo como para albergar visitas de respeto. El presidente Bush Jr., ignorante de que aquí no hay campos petrolíferos como el de su padre, tomó Quintos como el «rancho» de Aznar y agradeció la deferencia.

Suárez descansaba sobre sus propias piernas, fumando, tomando leche e ingiriendo tortillas francesas de un huevo. Felipe y Zapatero optaron por el reposo ecológico del Coto de Doñana, y Calvo Sotelo y Rajoy por sus domicilios particulares en Galicia. Las fincas estatales adquirieron notoriedad al filo de la descomposición de la gobernante UCD y la dimisión de Adolfo Suárez acorralado por una prensa que nunca le entendió, las ambiciones de sus barones que le tenían por «un chuletón de Ávila poco hecho», las atrocidades de ETA, la desafección del Rey y tres golpes de Estado en gestación, uno de los cuales era «a la turca»: con sangre. Suárez sacó de La Moncloa a su Gobierno y junto a los principales de aquella conjunción partidaria, les enclaustró para ejercicios espirituales en el casón de Obras Públicas de Manzanares el Real, cabe el embalse de Santillana, aunque ya había decidido su sucesión en Calvo Sotelo quien para desmarcarse no asistió a la tenida. Periodistas irónicos titularon aquello como «La casa de la pradera», telefilme de éxito donde la familia Ingalls padecía entre ternezas lacrimógenas las penurias de los colonos en la nada. «Se ha derramado la leche y nos han robado el caballo». Suárez se ausentó varias veces de un batiburrillo de «más eres tú» entre dos arietes como el sedicente socialdemócrata, Francisco Fernández Ordoñez, indiscreto por naturaleza, y Joaquín Garrigues Walker, un culto y atractivo liberal que ya se veía como presidente, ignorante por piedad familiar que se estaba muriendo. Suárez se desesperaba ante aquel surrealismo: «¿Cómo voy a destituirle o reñir con él si le está royendo una leucemia mieloblástica aguda, terminal?» No parece recomendable hacer política en campamentos de verano porque «La casa de la pradera» implosionó hasta la asonada de Tejero. Una cacería en otra finca estatal, jienense, reunió extravagantemente al ministro de Justicia de Zapatero, Manuel Fernández Bermejo, y a Baltasar Garzón, de la Audiencia Nacional e instructor del incipiente «caso Gürtel». Ante tan cinegética colusión del Ejecutivo con la Justicia el PP puso pies en pared y el ministro hizo mutis por el Foro dada la escandalera.

Sánchez ha caído en la tentación de reunir a su cuadrilla en Quintos de Mora, acaso para conocer quiénes son, sin caer en la cuenta de que la estancia también es reservorio de carroñas para buitres negros. En minoría y con pérdidas electorales consecutivas, el presidente trabaja sobre la cuadratura del círculo, sin programa conocido, obligado a pagar letras de cambio a los que España les suena a Medioevo y repartiendo fuegos fatuos, mensajes subliminales y ocurrencias de mal mercader. Cuando la gobernanza se enclaustra para entender tardíamente de donde viene y a dónde va, indefectiblemente llueven piedras.

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