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Mariano Rajoy: Y los tiempos se volvieron en contra

Después de casi cuarenta años de carrera política, su equipo reconoce que tras «dejarse la piel» por la recuperación del país, hoy «esto se va al garete».

  • Mariano Rajoy: Y los tiempos se volvieron en contra
Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

01 de junio de 2018. 15:38h

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Pilar Ferrer .  Madrid. 1/6/2018

Ni en sus peores sueños, aunque nunca tuvo pesadillas, pudo imaginar un espectáculo tan vergonzante, inaudito y falsario: «No me lo puedo creer». Era la frase que sus colaboradores le escuchaban en los últimos días a Mariano Rajoy Brey, un hombre a punto de cumplir casi cuarenta años de vida política.

Era octubre de 1981 y este gallego con espesa barba, que se dejó tras un accidente de coche en la carretera de Santiago de Compostela a Villafranca del Bierzo, lograba su primer escaño en el Parlamento autonómico de su tierra. Ahí empezó todo, desde presidente de la Diputación de Pontevedra, vicepresidente de la Xunta, uno de los hombres fuertes del PP nacional, artífice de la primera victoria de su partido en las elecciones europeas en junio de 1994, y uno de los «cachorrros» con poder bajo el liderazgo de José María Aznar. «Soy un gallego en la corte castellana», dijo un día con su habitual sorna nada más llegar a Madrid. Tranquilo, apacible y socarrón, Aznar siempre lo advertía: «Si tenéis un problema, antes de ninguna tontería, hablad con Mariano».

Satisfecho por el trabajo de servir a España y muy feliz con su familia. Así define siempre su estado de ánimo Mariano Rajoy. Treinta y siete años de vida política ininterrumpida y diecinueve con su perfecta compañera. Gallego de pura cepa, nieto e hijo de juristas, educado en los Jesuitas de León y Registrador de la Propiedad era un solterón empedernido hasta que se casó con Elvira Fernández Balbo un Día de los Inocentes en la isla pontevedresa de La Toja por ser el único que había libre en la hermosa capilla de Las Conchas. Lejos del simbolismo de la fecha, la boda fue lo más serio que ha hecho Rajoy en su esfera privada, con una paisana muy guapa, educada, austera y discreta. El gran complemento para un político bregado, experto y veterano. «Tengo el corazón contento», asegura a menudo el presidente al hacer balance de su matrimonio con Viri y la buena marcha de sus dos hijos varones, Juan y Mariano.

De Mariano Rajoy Brey se han escrito miles de tópicos: tranquilo, apacible, campechano, una especie de flemático Don Tancredo. Pero si hay algo claro en su personalidad es el eterno servicio al Estado como político y su paz interior como hombre. «Soy un tipo serio, normal y fiable», dice el presidente de sí mismo. Esta cualidad, la de ofrecer confianza, fue siempre la base de sus campañas electorales y la última baza que jugó en la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado. Quién le iba a decir que la risa le duraría poco y que algunos que le dieron su apoyo se le lanzaron a la yugular por una sentencia mal explicada. Él, que proviene de una familia de juristas por lo que se hizo registrador igual que su hermana Mercedes y sacó plaza en Alicante, se ha desgañitado en hacerlo, pedir perdón y apelar al sentido común. Todo ha sido en vano ante una clase política sin talla y una aritmética parlamentaria que hace trizas cualquier regla democrática y electoral.

Muy pocos políticos pueden alardear de un currículum semejante. A los treinta años era ya vicepresidente del Gobierno autónomo gallego y desde entonces no ha dejado la vida pública. Mariano ha sido concejal, diputado, varias veces ministro de las carteras más importantes, Educación, Interior, Administraciones Públicas, vicepresidente del Gobierno y su máximo represente cono Jefe del Ejecutivo durante la crisis económica más dura que ha golpeado a este país, salvado de un rescate gracias a su gestión. «Conviene no olvidarlo», confiesa sin presumir, pero orgulloso de los resultados. Erigido en las buenas cifras económicas y de empleo, paradigma de sus homólogos europeos, avalado por la recuperación de España, nada de esto ha valido en estas circunstancias. Se diría que Rajoy es ahora pasto de una conjura de necios, una huida alocada de unos cuantos a los que la inmensidad de los árboles les impide ver el bosque.

Su retranca galaica arranca el día en que nació, un 27 de marzo de 1955 cuando en Santiago de Compostela se jugaba un partido de fútbol histórico entre el Deportivo de la Coruña y el Real Madrid: «El médico estaba prevenido, pero no le estropeé el partido porque vine al mundo a las doce del mediodía, como tenía que ser». La anécdota refleja fielmente la contextura humana de un hombre clave en el PP y los gobiernos de España. Marcado por la figura de su abuelo, un abogado republicano autor del Estatuto de Autonomía de Galicia de 1932, y su padre, un magistrado y registrador destinado en León, Mariano empezó aquí su educación en el Colegio de los Jesuitas con otros compañeros que aún conserva como amigos: «Fueron años decisivos en nuestra formación, nos exigían de lo lindo y por eso salimos todos muy listos, algo cerebritos, tipos serios, ¡je, je!....». Rajoy destaca siempre la figura de su padre: «Un juez recto, liberal, que jamás aceptó presiones de nadie».

Esta independencia ha sido es un factor clave en su carácter. No le gustan las «pelotas y botarates», aborrece las presiones interesadas y huye de los conflictos como el murciélago de la luz. Por su porte externo, 1,90 metros de altura, nunca dio la imagen de un chico de derechas de toda la vida. Y aún menos por su talante abierto, nada aburrido, aunque a veces lo parezca. En su entorno conocen su fina ironía y sus dardos dialécticos, cáusticos pero sin exabruptos. Es su filosofía cimentada en la experiencia de juventud, cuando tuvo el grave accidente de coche en la carretera de Santiago a Villafranca. Pasó seis horas en un quirófano, con el rostro desfigurado y un montón de cicatrices. Desde entonces se dejó la eterna barba y acentuó aún más su carácter gallego con un rictus de desconfianza frente a muchas cosas: «La vida es corta».

A sus oponentes les saca ventaja con creces. Tiene tras de sí una larga historia política y de servicio en la Administración. Ha sufrido como nadie los avatares internos y dentelladas de la derecha española. Ha pasado por los ministerios más importantes del Gobierno y ha pivotado una crisis sin precedentes. A su edad sabe lo que es estar en el olimpo o sufrir la marginación política.

Su familia y amigos le definen como una buena persona, sin necesidad de haber llegado al poder clavando puñales. «Le horroriza la confrontación violenta, pero no duda en mandar cuando debe hacerlo», dicen sus colaboradores.

Amante del ciclismo, es una enciclopedia andante que conoce todos los tour, récords, tiempos. El deporte ha sido su salvación para dejar una de sus grandes aficiones: el puro habano, inherente a su persona durante tantos años. Lo ha logrado con mucho ejercicio y caramelos ecológicos de menta. Todos los días, cuando está en Moncloa, practica una hora de cinta en el pequeño gimnasio antes de llegar al despacho a las ocho y media. Pero su verdadera pasión es caminar al aire libre. Piensa que es bueno psíquicamente. Incluso a veces reconoce que, de no ser político, habría sido senderista. Duerme pocas horas, pero sin sobresaltos, aunque el «teléfono rojo» presidencial siempre está en alerta. «Lo importante es acostarte tranquilo», asegura con esa calma que nunca le abandona. Rajoy mantiene intacta su armonía familiar. «Se les ve muy bien avenidos, son una familia muy normal y nada engolada», explican trabajadores de Moncloa. De costumbres arraigadas, sigue desayunando una cuajada con cereales y zumo de naranja. En general, sigue una dieta mediterránea sana, verduras, pescado y arroces, con algo de vino blanco gallego en contadas ocasiones. El presidente se somete todos los años a un chequeo médico.

Rajoy es muy metódico y Elvira supervisa personalmente la intendencia doméstica, pendiente de sus dos hijos y de su anciano suegro, al que adora. El padre del presidente tiene noventa y seis años, está fantástico de cabeza pero requiere cuidados. Ahí está su nuera para que nada le falte. Confidente de Rajoy, ambos han pasado muchas cosas juntos, algunas muy duras. Por ejemplo, la muerte prematura de su primer hijo, los insultos y acosos durante la tragedia del «Prestige», algo que a Rajoy le dolió profundamente. Ella siempre estuvo a su lado, tanto en los malos momentos como en la victoria. Los dos son muy iguales, les horroriza el derroche, las apariencias sociales y los presumidos. Los fines de semana, con un discreto equipo de seguridad, practican senderismo por los montes de El Pardo, algo que ya hacían cuando vivían en el chalet de Aravaca. Ahora, con estos acontecimientos, se le ve enfadado, cariacontecido.

«Se ha dejado la piel para que España no pierda el tren de la recuperación y esto se va al garete», dicen en su equipo.

Apasionado del ciclismo, forofo del Real Madrid, paseante por Sanxenxo, en el parque de Las Palmeras o la playa del Silgar, la seguridad manda pero siempre ha intentado llevar una vida normal, sin alharacas. Como buen gallego y caminante, prefiere ir por la ladera, en paralelo. Nadie duda que atraviesa el momento más duro de su vida política y quienes bien le conocen no se atreven a lanzar un pronóstico. «Le cabe el Estado en la cabeza», aseguran. Por las noches, sigue siendo fervoroso de Galdós. Sus adversarios le han hecho acusaciones feroces y manchado su nombre, pero Rajoy, que puso firmes a muchos díscolos, ha demostrado algo en quien los suyos coinciden: haga lo que haga, lo hará por España.

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