Juana Rivas: Ni está en mi casa ni se la espera

La columna de Rebeca Argudo

  • Juana Rivas: Ni está en mi casa ni se la espera
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Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

17 de marzo de 2019. 08:00h

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Rebeca Argudo Madrid. 17/3/2019

Cuando hace un par de años todo el mundo gritaba aquello de “Juana está en mi casa” y animaba a una desconocida a permanecer fugada de la justicia, con dos niños arrebatados a su padre del domicilio familiar, sin importarles las consecuencias, mi amigo Pablo y yo fantaseábamos con abrir la puerta de casa un día y encontrarnos a Juana Rivas. Hecha un mar de lágrimas (a Juana me la imagino siempre como una Magdalena postmoderna) nos preguntaba, tras saludarnos educadamente, si podía estar también un rato en nuestras casas, como venía haciendo en todas las casas de España entera. Nos imaginábamos escoltándola hasta la cocina, acomodándola a la mesa y preparando para ella, amorosos, una tila con pastas. Una tila porque esta mujer no estaba entonces para darle cafeína y hacerlo, incluso en nuestra imaginación, hubiese sido una temeridad. Como, además, somos unos outsiders, en lugar de decirle lo mismo que todo el mundo (que lo estaba haciendo fenomenal, que era un ejemplo para la lucha feminista contra la justicia patriarcal y que se quedara en casa todo el tiempo que necesitase), Pablo y yo le aconsejábamos buscar un buen abogado, dejarse asesorar por especialistas y, por supuesto, acudir ante la justicia inmediatamente. “Sécate esas lágrimas, Juana, y sal ahí. Haz las cosas bien, por tus hijos, mujer”.

Por supuesto, Juana no nos hizo ni caso. Primero, porque eso solo estaba pasando en nuestras cabezas y hubiese sido francamente desconcertante. Y segundo, porque Juana estaba siendo arrullada por los cantos de sirenas de los que vieron en su caso una herramienta perfecta para sus propios intereses. Unos para hacer negocio con el espectáculo que se intuía y que, efectivamente, fue, otros para abanderar su propia causa justa, los de más allá para intentar rentabilizar electoralmente el sentir popular. El que más y el que menos, encontró en el caso de Juana una oportunidad y un carro al que subirse.

Han pasado dos años desde entonces y lo que le queda ahora a Juana es una sentencia de cinco años de cárcel y seis de inhabilitación para ejercer la patria potestad. Los que la jaleaban en nombre de todas las mujeres, en nombre de todos los hijos y en nombre de toda la gente de bien, están a sus cosas, que ya son otras. Y ahora es Juana, solo Juana y en casa de nadie, la que tiene que apechugar con esos cinco años de cárcel. Y será ella, y no otra, la que durante seis no podrá ejercer la patria potestad de sus hijos. Me apena enormemente por los niños, pero me parece una sentencia justa. Juana se saltó la ley a la torera. Por desconocimiento, debido a un mal asesoramiento o actuando de mala fe, yo no lo sé. Pero tampoco me importa. Los hechos probados son que Juana Rivas es responsable de dos delitos de sustracción de menores y se ha dictado sentencia conforme a eso.

Por supuesto, algunas de las irresponsables que la alentaban en su rebeldía, en contra de todo sentido común, siguen empecinadas en mantener sus posiciones. De entre todas esas loas a la delincuencia y elogios al secuestro que he leído estos días, mi favorita, por lo fuera de lugar a la par que vistosa, es la declaración de la portavoz parlamentaria del PSOE en materia de igualdad, Ángeles Álvarez, que dice así (cito textual porque no tiene desperdicio): “La sentencia es inquietante para la seguridad de las mujeres. Que no haya considerado las circunstancias en que se produjeron los hechos la convierte en una sentencia injusta y desproporcionada”.

Si a alguien más le parece que sugerir desde el Gobierno que los jueces no han actuado con diligencia, que han dictado una sentencia descuidada e inadecuada y que, además, nuestra justicia desprotege a todas las mujeres del país, que levante la mano. Sugiero que no la bajéis todavía porque aún voy a añadir algo. Álvarez también ha dicho, por si lo anterior nos parecía poca cosa, que el indulto de Juana es obligatorio. Obligatorio.

Es decir, que como no le gusta la sentencia, como los jueces con todas sus pruebas, sus deliberaciones y sus años de experiencia no lo han hecho bien, pues ya viene ella, Deus ex machina mediante, a poner las cosas en su sitio e impartir justicia de manera ecuánime e intachable.

Ahora sí, me quedo mucho más tranquila.

A mí, personalmente y en contra de lo que dice Ángeles Álvarez, una sentencia dictada y ratificada en los tribunales no me provoca inseguridad, ni siquiera cuando me pudiera parecer desproporcionada o injusta. Lo que me provoca sensación de inseguridad y de desprotección es esta tendencia de una justicia ad hoc que, parece ser, le gusta a ella. Me inquieta, y mucho, que una sentencia dictada y ratificada, insisto, por un tribunal ante un hecho delictivo se vea cuestionada desde el Gobierno y sea este el que se autoadjudique la superioridad moral y la sapiencia necesaria para impartir justicia con la imparcialidad de la que adolece nuestro sistema, en su opinión y al menos en este caso. Como siga desarrollando esa idea la portavoz de igualdad y se nos venga muy arriba con los aplausos del respetable, va a acabar inventando los juicios sumarísimos y los ajusticiamientos en plaza pública.

¿Quien necesita un poder judicial sabiendo con absoluta certeza, y sin margen para la duda, lo que está bien y lo que está mal? Álvarez, desde luego, no.

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