Amancio Ortega, el mecenas de España que molesta a Pablo Iglesias

«El señorito», como le llama el líder de Podemos, está en primera línea en la emergencia sanitaria que vivimos en España con un aporte de 63 millones para luchar contra el coronavirus

A Pablo Iglesias se le escapó un detallito cuando apareció el miércoles pasado en el Congreso, después de haber criticado a Amancio Ortega: su americana era de Zara. Fue tanto como entrar en el campo de batalla enarbolando la bandera equivocada. Sentado en su escaño y con la chaqueta entreabierta, asomó el nuevo logo de la firma. Bien pegado a su costado y muy cerquita del corazón. Era su pequeño secreto, pero a las cámaras no se les escapó. La imagen, como era de esperar, incendió las redes. «El diablo viste de Zara», exclamó un usuario. La anécdota aparece como un excelente sainete para animarnos en un intermedio del drama que estamos padeciendo, pero da mucho juego. ¿Es un torpe descuido del vicepresidente morado o simplemente pone más pasión a lo que dice que a lo que luego hace? Si no, no se entiende que permita que le vista Ortega cuando ha declarado cosas como que «España no es una república bananera ni una dictadura que dependa de que un señorito venga dando cosas».

Resulta que el señorito ha conseguido hacer asequible el buen gusto a quien jamás se le habría pasado por la cabeza vestir bien. Pero eso hoy es lo de menos, porque mientras Ortega apunta al cielo, Iglesias se queda mirando su dedo sumido en un abismo de contradicciones. El señorito, como él le llama, se ha colocado en primera línea para luchar en esta emergencia sanitaria comprando material sanitario y fabricando productos básicos para hacer frente al coronavirus. En una sola partida, que no ha sido la única, aportó tres millones de mascarillas, 1.450 respiradores para las UCI y un millón de kits para el personal sanitario. En total, 63 millones de euros. Sabemos la cifra porque, al contrario de los viajes que realiza Pedro Sánchez en un avión Falcon, no se considera material clasificado y, por tanto, se puede dar a conocer. Caminando siempre varios pasos por delante de este Gobierno que no le quiere bien, Ortega ha ofrecido además toda su capacidad logística y de aprovisionamiento para la adquisición y transporte de material. A través del corredor logístico que conecta China con el aeropuerto de Zaragoza han podido llegar más de 35 millones de unidades de protección sanitaria adquiridas por el Gobierno, Comunidades Autónomas, hospitales, aportaciones privadas de empresas, donaciones particulares y la propia Fundación Amancio Ortega e Inditex. Entre el material llegado desde este país a su aeropuerto aragonés, están cuatro robots para hospitales que permiten acelerar los resultados de las pruebas del coronavirus. La carga transportada está valorada en unos 457 millones de euros. Y continuará su labor en las próximas semanas. Esta acción se suma a sus millonarias donaciones, tanto a través de empresa como individualmente. De una manera altruista, el empresario está contribuyendo a salvar muchas vidas y a hacer el trabajo de los sanitarios algo más llevadero. Sin ir más lejos, y por los comentarios que estos están compartiendo en sus redes sociales, sabemos que el modelo de bata, con su característico azul verdoso, ha tenido muy buena acogida al tener un tejido más fresco y cómodo, lavable y antisalpicaduras, además de un bonito diseño.

Aparte de este derroche dadivoso, a Ortega no se le conocen otros excesos, pero la inquina de un sector de la población está generando una nube tóxica de intolerancia. En su defensa han salido representantes de la vida social, política y cultural del país.

Un premio a la concordia

El 28 de marzo cumplió 84 años y un grupo de sanitarios quiso homenajearle frente a su casa de La Coruña. Este podría ser su año si se cumple la petición de una campaña promovida desde Change.org que le propone como candidato para el Premio Princesa de Asturias de la Concordia, por su compromiso y su dedicación en la crisis del coronavirus. Celebró su aniversario junto a su esposa Flora Pérez Marcote, con quien contrajo matrimonio en 2001, después de varios años de relación. La conoció siendo empleada en una de sus fábricas y hoy es la madre de su hija menor, que ya les ha hecho abuelos. La boda de Marta consiguió que pudiéramos acercarnos, casi por primera vez, aunque fuese a través de las crónicas de corazón, al hombre hermético que está detrás del imperio Inditex. Celoso de su vida privado hasta límites exasperantes para los periodistas y curiosos, decidió cuidar su anonimato y no vimos su rostro en los medios hasta 1999. Su origen humilde le ha hecho vivir pegado a la tierra. Le gusta jugar una partida de cartas y pasear del brazo de su mujer por la zona del Parrote, donde residen. Pasean en barco y disfrutan de la pintura, la hípica y los coches. Hijo de un ferroviario vallisoletano, nació en el pueblecito leonés de Busdongo de Arbás, en 1936, el mismo año en que estalló la guerra y en medio de un clima de gran agitación interna. Enseguida la familia se trasladó a La Coruña, el lugar donde echó raíces.

En su biografía hay un episodio que marcó el inicio del hombre resuelto y audaz que es hoy. Tenía doce años cuando, estando con su madre en una tienda de ultramarinos, escuchó cómo le decían: «Señora Josefa, lo siento, pero ya no le podemos fiar más». Tales palabras fueron la epifanía que le hizo abandonar los estudios y emprender una trayectoria que, aún hoy, sigue en línea ascendente. Empezó en una camisería de la ciudad y enseguida le contrataron en la mercería La Maja, donde conoció a su primera esposa, Rosalía Mera Goyenechea, de quien se separó en 1986. Con ella tuvo a Sandra, que ha heredado su pasión filantrópica, y a Marcos, su único hijo varón, que nació con una grave discapacidad. Por él creó la fundación Paideia, de apoyo a menores con deficiencias. Con 27 años ya tenía en marcha su primera tienda, Goa, dedicada a las características batas de boatiné. Llegaba con muchas lecciones aprendidas, lo que le permitió expandirse por toda Galicia con un formato empresarial de integración vertical.

En 1975 abría su primera tienda de Zara, en la calle Torreiro, de La Coruña, con un propósito clarividente: ofrecer moda a bajo precio. Su fórmula para abaratar costes era fabricar, distribuir y vender directamente el género. En 1985 fundó Inditex, la compañía matriz que engloba todas las empresas del grupo, un prodigio empresarial sin precedentes en España. Quienes ahora le critican le acusan de haber encontrado una estrategia para lavar su conciencia, lustrar su imagen y asegurarse una posición de privilegio. La realidad es que es el segundo millonario que más ha perdido en 2020 con la pandemia, por detrás de Bernard Arnault. Hace dos meses, era 21.400 millones de euros menos rico, debido a la caída de su cotización en Bolsa. Eso no hará que baje de los primeros puestos de la lista de personas más adineradas del mundo que publica «Forbes». Se ha convertido en hombre clave desde que saltó la emergencia sanitaria, en mecenas imprescindible de nuestra sanidad, por mucho que le pese al vicepresidente. Con sus «limosnas» el sistema sanitario está ganando en eficiencia y prestaciones tecnológicas. El mecenazgo ha existido, de una forma u otra, en casi todas las épocas. Y gracias a los mecenas la humanidad ha podido admirar el talento de Miguel Ángel, Rafael o Leonardo Da Vinci. Hoy las necesidades son otras y una vez que pongamos fin a la pandemia habrá que confrontar la generosidad de Ortega y juzgar si valió la pena.

¿Pueden los ricos salvar el mundo?
El discurso empieza en la semántica. Donde unos dicen altruismo otros escriben limosna. Se vuelve a hablar estos días de filantrocapitalismo. ¿Pueden los ricos salvar el mundo? Los economistas Michael Green y Mathew Bishop plantean en su ensayo «Filantrocapitalismo» lo que implica un modelo de dotación de recursos para los más necesitados como estrategia empresarial e incluyen en él a empresarios como Bill Gates, Warren Buffett o Mark Zuckerberg. El fundador de Facebook celebró, junto a su mujer Priscilla, el nacimiento de su hija con un donativo filantrópico de 45.000 millones de dólares, el 99% de su patrimonio, con el único fin de mejorar el mundo y combatir las enfermedades. Una vuelta de tuerca a la antigua responsabilidad social.