Historia

Guadalquivir

Días contados (III)

La Razón
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El martes de la semana pasada visité a Carlos Herrera en el estudio de Onda Cero desde el que hace cada mañana su programa. Quería estar con él antes de que por la tarde presentase «Humo en la recámara» en los salones del Hotel Inglaterra e intentar compartir luego una cerveza en alguna terraza de aquella Sevilla incandescente y hermosa en la que a mí me parecía que incluso el sol buscaba ponerse en cuclillas a la sombra. Empecé a colaborar a su lado hace doce años y me siento tan a gusto, que aceptaría continuar aunque el trabajo me costase dinero. Las cosas me fueron bien a partir de que se fijase en mí y aunque de ahora en adelante mi vida fuese a peor, al menos me quedaría el recuerdo de haber estado con el más grande de cuantos asoman en la radio y de haber tenido su confianza y su apoyo a pesar de que soy un tipo errático y depresivo, a veces ansioso, que enciende a cada rato un cigarrillo para tener una nube gris con la qué ocultar el humo cejijunto del cigarrillo anterior. Herrera convirtió mi saludo en una entrevista en la que también hubo preguntas para Rocío González , la colaboradora andaluza de la editorial, que de ser mi amiga pasó a convertirse en un personaje del libro porque hay aspectos de la realidad a los que ni de lejos se acerca la ficción, entre otras razones, porque ni siquiera mis personajes más femeninos tienen esa voz tan dulce en la que incluso sonaría esperanzadora la peor noticia. Ella estuvo poco más tarde con nosotros y con mi editor, Alejandro Diéguez, en la terraza del «F 5», degustando unos calamares con sobrasada que preparó personalmente Carlos Herrera con esas manos suyas, decentes y tan bien habladas, en las que yo sé que si viniesen muy mal dadas, sin duda pondría el póquer de sus mejores huevos el polluelo del hambre. No recuerdo haber hablado mucho durante la hora que estuvimos en la terraza del «F 5» porque me entretuve pensando en la suerte que doce años atrás tuve al fijarse en mí aquel tipo de la radio en cuya voz no me importaría que me avisase del tiempo que falta para mi cita inexorable con la muerte. Luego me rehice y me metí en la conversación con el mismo alivio emocional que si viniese de aflojar en el baño. Y allí continuaban todos: Alejandro, haciendo simultáneas en la conversación; Rocío, discreta y hermosa al otro lado del biombo de una sonrisa en la que siempre hace buen tiempo; y Carlos Herrera, ese tipo inteligente, cariñoso y natural que me sacó hace doce años del pozo sin saber que acababa de tenderle la mano a un tipo errático y soñador que aún cree que por el cauce del Guadalquivir bajaban aquella mañana a hurtadillas las aguas del Hudson.