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Garitano

Tiempo de lectura 2 min.

26 de agosto de 2011. 21:00h

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27/8/2011

En dos años he coincidido dos veces con Garitano en la Euskal Telebista. La primera fue en vísperas de las autonómicas del 2009 que desalojarían al PNV del poder. Recuerdo muy bien su tono y su aspecto, vitalmente bajos, sombríos, funerarios. Garitano tenía el típico tono y el típico aspecto de la Batasuna amargada, deprimida, jodida de la ilegalidad y la marginalidad. Dijo algo de los presos que no interesó a nadie y lo dijo, además, sin convicción, como por obligación, sintiéndose desplazado y en contra de la sintonía general, no ya de la tertulia, sino del propio país; en contra de la realidad. Todavía se respiraba en el ambiente el sentimiento de decepción, de prudencia y de pudor que había dejado en los socialistas el atentado de la T 4, el fracaso estrepitoso de la negociación, el ridículo de Zapatero… La segunda vez que me topé con Garitano en la tele oficial vasca fue después de las recientes municipales y forales que le llevaron a la presidencia de la Diputación guipuzcoana. Su aspecto era la antítesis del encuentro anterior. Era la estrella de la tertulia y se le veía radiante. Garitano bromista y dicharachero. Garitano concesivo. Garitano campechano, paternalista, perdonador. Garitano de buen rollito, y más majo que las pesetas mientras todos los tertulianos, salvo un servidor, le reían sus gracias sin gracia en los descansos del programa. Garitano tenía cara de Drácula vestido de Primera Comunión, de acémila ilusionada, de concursante televisivo al que le entregan las llaves del apartamento en Torrevieja.

Si queremos tener una idea de cómo se encuentra hoy ETA, y de lo que ha supuesto para ETA la tristemente famosa sentencia del Constitucional, no tenemos más que ver ese antes y ese después de Garitano, el tipo que ahora nos hace la generosa concesión de dosificar su lamento por los asesinatos: los de Cataluña sí, los otros, ya veremos… Garitano es un gamberro institucionalizado, un pisaflores de la democracia, un bocazas con sueldo oficial. Y en su borrachera de éxito nos concede ahora que quizá Hannibal Lecter, su jefe, no sea perfecto. No entro en el diagnóstico clínico de la salud de ETA. Entro en lo anímico, que es tanto o más importante. ¿Es un logro político que merece un premio conseguir hacer felices a los  terroristas? A mí esto de hacer a ETA «reina por un día» no me parece un paso democrático, sino una cursilada macabra más del zapaterismo. Quizá no la última.

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