Barcelona

Calidad de vida por María José Navarro

El jamón es el emblema de la gastronomía patria
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En España presumimos de vivir bien, y no nos falta razón. Tenemos buen tiempo, tenemos playa y montaña y tenemos vermouth de grifo. Tenemos museos (a los que vamos poco) y tenemos excelentes carreteras (atascadas a veces). Tenemos trenes voladores, un montón de parques naturales y energías renovables. Tenemos ciudades animadas, bares de lujo, gastronomía variada, gazpacho y jamón. Sobre todo, jamón. Cuando un extranjero discute sobre si se vive mejor en su país, se saca siempre el jamón a relucir. La loncha finita de jamón, ya lo dijeron los andaluces, vale lo mismo para acompañar el vino fino que para ser ondeada como bandera patria. Si un islandés, es un poner, osa dudar de si en España se vive mil veces mejor que en Islandia, sale el jamón y se acabó la discusión. Ni volcanes, ni aire puro ni glaciares ni nada, hombre, por Dios. Si el osado es un francés cuesta un poquito más. Quizá se atreva a comparar los castillos del Loira con las murallas de Ávila y París con Barcelona; ahora, como saque el tema de los quesos esos suyos pestilentes, sale el jamón al quite a cuerpo limpio, oiga, y no hay nada más que hablar.

Hasta con los brasileños, que lo ponen difícil con tan buen tiempo y la samba y el fútbol espectáculo, se llega a un punto en el que no hay más discusión... ¿tiene vosé jamón? Ea, pues ya está, se acabó la discusión. El español ajamonado (metafóricamente) no entiende cómo España, con ese jamón, no es líder en todos los estudios sobre calidad de vida en el mundo.

El españolito no mira los criterios, claro, sino que mira sólo el ranking, y da por supuesto que estando el jamón por medio no hay ningún tipo de duda sobre quién debe ser el campeón del mundo de buen vivir. Pero no. Imagínense que, además del Cabo de Gata y el de Finisterre, no tuviéramos miedo a que en cualquier momento alguien construya en pleno parque natural un polígono industrial. Imagínense que viviéramos en un país en el que cuando uno se da un golpe con el coche el causante asumiera inmediatamente la culpa y diera instrucciones a su compañía de seguros para remediar el daño en vez de escurrir el bulto. Imagínense unas ciudades en las que nadie hiciera firmillas en los edificios históricos, en las que los alcaldes no abrieran miles de zanjas injustificadas y no sucumbieran a la corrupción. Honestidad y educación no sólo riman con jamón, sino que nos hacen la vida igual de agradable.