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Parejas para armarla: Dietrich y Yul Brinner alta tensión

Marlene era una vamp ambigua, pero con el actor puso la carne en el asador. Le recibía en un apartamento decorado con sedas.
 

  • Parejas para armarla: Dietrich y Yul Brinner, alta tensión
    Parejas para armarla: Dietrich y Yul Brinner, alta tensión

Tiempo de lectura 2 min.

15 de agosto de 2010. 00:16h

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15/8/2010

Josef von Sternberg hizo de  Marlene Dietrich la más glamourosa y sofisticada de las mujeres fatales. A su lado, Greta Garbo siempre fue un tanto ursulina, abocada irremediablemente a la divinización. Amaba, sí, con pasión y entrega, cierto, pero su carne pecadora siempre quedaba redimida por ese halo de sublimidad que aureolaba su pasión ciega. Marlene era una vamp ambigua, que no se recataba en manifestar su erotismo bisexual en personajes misteriosos que se movían en entornos exóticos. Su inaccesibilidad era de orden metafísico, pero en su vida cotidiana el desorden de sus transgresiones era ultrafísico.


Marlene Dietrich supuso el tránsito de la divinidad a la sofisticación.  Mientras respondía a una fantasía imposible en la pantalla se entregaba a los otros sin más restricciones que el buen gusto y no siempre la discreción. Una frase de «El expreso de Shanghai» (1932) es tan elocuente como definitoria del cambio mítico: «He necesitado algo más que un hombre para cambiar mi nombre por el de Shanghai Lily».


Ésa fue su divisa: la indiscriminada glotonería sentimental entre amantes masculinos o femeninos; siempre personas importantes o intelectuales de reconocido prestigio. Para ella, el acto de amor supremo era poderles cocinar o cuidarlos en cuanto abandonaban el dormitorio. Sedujo a la amante de Garbo, Mercedes De Acosta, con continuos envíos de flores y una proposición insólita: «Querría preguntarte si dejarías que cocinara para ti», y mantuvo con ella el llamado «matrimonio de Boston», eufemismo para una relación  lésbica. También lo hizo con John Gilbert porque, como buena esnob, perseguía cuanto se relacionara con Greta Garbo, tratando de apoderarse si no de su aura al menos de sus amantes. Con Hemingway fue amor materno más que sexual. Y con Von Sternberg comenzó con una relación amorosa y de sumisión que culminó al comienzo en una dolorosa confrontación sadomasoquista de la que ambos salieron malparados.


Entre sus muchas conquistas, tuvo un lugar muy especial el actor de origen ruso Yul Brynner cuando éste tenía treinta años y triunfaba en Broadway con «El rey y yo» (1953). Relación que aireó para promocionarse, que ocultó cuando Brynner se fue a Hollywood para interpretar a Ramsés II en «Los diez mandamientos» (1956), y que borró en su autobiografía.


El furor interino (sic) con Brynner fue tan apasionado que hasta su hija María Riva, que censa, no sin ironía, sus andazas amorosas, la vivió como una pesadilla. Se veían en el camerino de Broadway, entre función y función, y en el apartamento que Marlene decoró con sedas de Siam y una cama «king size» para retozar con  su amor gitano, aunque Yul había nacido en Suiza y era hijo de rusos blancos ricos y cultos, y él había estudiado con Cocteau.


 

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