Política

La revisión estratégica de la OTAN en su 70 aniversario

Jens Stoltenberg
El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, hablando durante una conferencia de prensa en la sede de la Alianza en Bruselas.(AP Photo/Virginia Mayo) FOTO: Virginia Mayo AP

No sé si los doce signatarios del Tratado de Washington eran conscientes en 1949 de que aquella Alianza llegaría a nuestros días. Sí pudieron constatar que tanto Europa como los Estados Unidos conocerían el periodo de paz más largo de su historia, capaces de exportar valores democráticos incluso a países de la órbita de la URSS y en consecuencia, en este marco de seguridad, conseguir una riqueza económica y un nivel de vida envidiables. Especialmente los europeos eran conscientes de que sus dos guerras civiles se habían convertido en mundiales, con desgarros humanos difícilmente curables. ¡Aquello no se podía repetir!

Si en algo se ha distinguido la Alianza durante estas siete décadas ha sido por su capacidad de adaptación (1) a los grandes cambios estratégicos, manteniendo fijo su principal pilar: la defensa colectiva de sus –hoy- 29 miembros. Estos cambios los ha materializado en consecutivos siete Conceptos Estratégicos, el último el aprobado en Lisboa en 2010.

Estos, fueron evolucionando desde aquella “Estrategia de Represalia Masiva” de los años 50 a la “Respuesta Flexible” de los 60 cuando se buscó una mayor distensión con el Pacto de Varsovia. Los siguientes, recogieron los cambios producidos tras la caída del Muro de Berlín -una de las grandes victorias de la Alianza, sin disparar un tiro- que entrañaron su expansión al Este.

En la actualidad tras las guerras de los Balcanes y de Afganistán, la Alianza se ha convertido en actor global para la gestión de crisis fuera del área inicialmente asignada en su artículo 5. Hoy tiene en cuenta no solo los problemas de seguridad surgidos en estados fallidos o entre los de ideologías y religiones diferentes, sino la amenaza de actores no estatales como el Estado Islámico, con capacidades militares y económicas importantes que le han permitido, incluso, ocupar territorios.

Ante los tiempos que vienen, la Alianza debe afrontar dos temas principales que seguramente deberá plasmar en un nuevo Concepto Estratégico: Uno es –diríamos– interno consecuencia del Brexit. Cuando el Reino Unido ha sido sin discusión el mejor enlace entre los Estados Unidos y la Europa continental deberán arbitrarse medidas para que este fundamental pilar no se debilite.

Ello entrañará un mayor compromiso militar europeo-en consecuencia económico- con la Alianza, rompiendo reiteradas suspicacias de Washington sobre los esfuerzos nacionales. No deberá descuidar los recelos de Moscú respecto a su expansión hacia los antiguos socios del Pacto de Varsovia, ni descartar su interés en minar a la Unión Europea apoyando a plataformas independentistas que puedan debilitarla.

El segundo es una visión más amplia de la gestión de crisis e incluso la de hacer frente a conflictos híbridos que no signifiquen defensa colectiva, dotándola por una parte de un elemento militar de despliegue rápido apoyado en estructuras ya existentes y reforzando las asociaciones de seguridad ya asentadas, especialmente las Naciones Unidas, sin descuidar el Diálogo Mediterráneo, la iniciativa de Cooperación de Estambul, las de cooperación Asia-Pacífico o las de la región del Sahel, zona que afecta directamente a países europeos como Francia.

Para ello, viendo el desplazamiento del centro de gravedad estratégico, sería positivo reforzar lazos con Nueva Zelanda, Australia, Japón Corea del Sur y con la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) controlando el expansionismo chino e incluso la amenaza militar de Corea del Norte. Todo esto lo conocen perfectamente en Bruselas quienes gestionan –que no dirigen, porque la dirección corresponde a sus 29 miembros- una Alianza que se ha distinguido por la seriedad de sus planteamientos.

Sin cambiar sus postulados fundacionales, deberá saber adaptarse a futuros retos de la globalización, que no son pocos. Hablamos de nuestra propia seguridad.

(1) Esta capacidad de adaptación la compartimos la Alianza y España tras nuestra condicionada entrada en 1982, superado –como dijo Javier Rupérez el “malhadado e innecesario referendum del 86” y totalmente integrados diez años después tras un difícil y bien trabajado tránsito a través de los Seis Acuerdos de Coordinación. Desde entonces hemos sido leales y fiables socios.

Luis Alejandre. General (R)