Líbano se confina sin superar aún la tragedia del puerto de Beirut

El Gobierno decreta dos semanas de encierro y el toque de queda ante los rebrotes de coronavirus

Por si fuera poco, con lo que tienen que lidiar ahora cientos de miles de libaneses que se han quedado sin hogar tras la devastadora explosión que mató a más de 180 personas y destrozó 300.000 viviendas, el Ministerio de Salud ha decretado dos semanas de confinamiento y toque de queda desde las seis de la tarde a las seis de la madrugada.

En las últimas semanas, los contagios de covid-19 han aumentado drásticamente, sumando hasta 400 casos diarios, cuando antes se registraban unos 100 al día, lo que llevó a las autoridades a tomar medidas drásticas para frenar la pandemia.

«De acuerdo con las cifras, Líbano ha registrado unas 5.000 infecciones en los seis primeros meses desde que comenzó la pandemia», de los cuales más de 3.500 corresponden solo a los detectados desde el 4 de agosto, ha explicado el Ministerio de Sanidad.

Sin embargo, para una población que lucha por reponerse tener que paralizarlo todo durante dos semanas resultará muy duro. Pero peor será si siguen aumentando los casos de coronavirus en un país que tiene los servicios de salud colapsados.

Cuatro de los principales hospitales de Beirut están fuera de servicio por la devastadora explosión y «hay falta de camas para poder hacer frente a un rebrote», alerta a LA RAZÓN George Dabar, médico jefe de la unidad de l acovid-19 del hospital Hotel Dieu de Beirut.

Las instalaciones médicas que aún funcionan y los hospitales de campaña están tratando a miles de heridos por traumatismo y quemaduras por la explosión, por lo que deja pocas camas libres para atender a nuevos casos de coronavirus.

En declaraciones a LA RAZÓN, el director del Hospital público universitario Rafik Hariri, el doctor Firas Abiad, señala que «hemos superado los 10.100 casos, alcanzado un record histórico este jueves con 605 nuevos casos y dos muertes más hasta un total de 115. Y lo más arriesgado es que la mitad de los contagiados tienen entre 20 y 49 años». Si no lo frenamos a tiempo, la situación se nos irá de las manos y el daño será irreparable», advierte Abiad.

En las calles devastadas de Beirut, el confinamiento le ha caído a los vecinos como un jarro de agua fría. Paola Reveiz se mudó con sus cuatro perros y cinco gatos hace un mes al barrio de Sursock –uno de los que resultó afectados por la explosión– y tiene su vida guardada en cajas de cartón. El pasado 4 de agosto estaba descansando en el salón de su nueva casa cuando «una especie de terremoto» le sacó del sofá y de repente la mitad de las ventanas estallaron.

Con la vivienda destrozada, Reveiz tiene que esperar dos semanas más para que le arreglen las ventanas y encima quedarse sin salir de casa. «Imagínate con el calor que hace, tengo que tener todas las puertas de las habitaciones cerradas, porque me da miedo por si se escapan los gatos por las ventanas que están rotas y sin el aire acondicionado instalado aún», se queja Reveiz.

«No sé qué pensar la verdad. Si las medidas de confinamiento funcionarán o no, ya que la gente le ha perdido el miedo a la enfermedad desde que reabrieron el aeropuerto de Beirut en junio», lamenta la mujer damnificada.

Reveiz aún tiene suerte, ya que Sursock está más alejado que Mar Mikhael y Gemayseh, del epicentro de la explosión del puerto. Estos barrios, conocidos por ser el centro de la noche beirutí, son ahora sitios lúgubres y fantasmagóricos. A partir del momento en que se pone el sol, Mar Mikhael se queda desierto, ya que no hay ni un establecimiento abierto ni una farola iluminada en la calles.

«He advertido a los vecinos de que no salgan porque es peligroso. Ha habido algún caso de robo en el barrio. No nos podemos fiar», sentencia Philip Merhi, responsable de barrio.

«Hay que sobreponerse primero de esta tragedia y hacer caso a las autoridades, porque ya es suficiente con lamentar las muertes por la explosión como para asumir ahora mas muertes por la covid-19», sentencia Merhi. Pero para unos vecinos que lo han perdido todo como Yan Yarso, de 70 años, es muy difícil preocuparse por la distancia social o la higiene cuando viven en condiciones muy difíciles.

Como medida para prevenir que se expanda la pandemia, las autoridades libanesas han prohibido los puestos de comida gratuita para los damnificados y las reuniones masivas de cientos de voluntarios que se han desvivido para ayudar a descombrar desde el minuto uno los barrios afectados. «Quién paga todo esto somos los más necesitados», se queja Yarso. «Gracias a la caridad de la gente he podido comer estos días. Lo único que tengo es esta casa en ruinas. Quién me va a ayudar ahora si no pueden venir a traernos comida al barrio», lamenta el anciano damnificado.

Desde mayo, según la ONU, más del 55% de la población libanesa cruza el umbral de la pobreza, o lo que es lo mismo, unos 2,7 millones de libaneses viven con menos de 14 dólares al día. Ahora, después de esta devastadora explosión se espera que la tasa de pobreza aumente aún más.

El presidente libanés, Michel Aoun, pidió a los afectados por la explosión que «se aferren a sus tierras, hogares y la identidad de su ciudad». Recordó que el proceso de «compensación para los afectados será rápido, eficiente y justo». Las pérdidas producidas por la catástrofe rondan los 15.000 millones de dólares.