Lección de humildad de Alemania en la gestión del coronavirus

Admirada por la gestión de la primera ola, la locomotora europea se ha visto obligada a imponer precipitadamente un duro confinamiento tras alcanzar los contagios cifras récord

Pasteles con forma de rollos de papel higiénico en una confitería de Dortmund (Alemania)
Pasteles con forma de rollos de papel higiénico en una confitería de Dortmund (Alemania)FRIEDEMANN VOGELEFE

En la plaza de la Gedächtniskirche, en el oeste de Berlín, dos operarios se afanan por retirar una de las pocas casetas que hasta hace unos días servía vino caliente. Una grúa levanta el armazón de una sola pieza en una imagen más propia de principios de enero que de ahora, a pocos días de Navidad. A pocos metros, la avenida Kurfürstendamm se avista desierta.

Todos sus comercios, sus grandes galerías y las tiendas de alta costura están cerradas aunque, en un último grito ahogado de incredulidad, sus luminosos escaparates aún exhiben los brillantes vestidos que previsiblemente nadie vestirá en Nochevieja. «Feliz Navidad se lee impreso en los cristales a través de los que solo reina el silencio y una ausencia compartida con el exterior.

Sumida en el confinamiento, Alemania se prepara para celebrar su Navidad más atípica con resignación, pero ante todo con el recelo que supone ser ahora uno de los países más golpeados por el virus, tras haber conseguido frenar con ejemplaridad la primera ola de la pandemia. Las cifras no mienten. Por segundo día consecutivo, Alemania registró ayer más de 30.000 infecciones en 24 horas y el Instituto Robert Koch sumó otros 831 decesos por covid-19. Pero hay más. Se siguen sucediendo los colapsos en hospitales como el de la Clínica Collm en Oschatz, en el norte de Sajonia, donde solo se admiten pacientes cuya vida está gravemente amenazada.

Además, y según informa «Der Spiegel», decenas de enfermeras están infectadas en el hospital Arberland de Baviera o en los hospitales de Görlitz, la cámara frigorífica de cadáveres estaba abarrotada debido a la gran cantidad de muertes por corona esta semana. Las próximas semanas se auguran asimismo agónicas.

Una previsión que se vaticina antagónica a la que se intuyó hace cuatro semanas, cuando Angela Merkel y los ministros federales acordaron un «confinamiento suave» que permitiera celebrar la Navidad. Nada salió conforme a lo previsto y a esas restricciones siguieron otras que han dejado a la primera potencia europea en un compás de espera y con multitud de preguntas que apuntan a la falta de previsión.

«Podremos celebrar la Navidad», aseguró la canciller. Para algunos medios alemanes, este fue el mayor error político del año. Los gobernantes hicieron una promesa que no estaba ni cerca de cumplirse y se suscitaron esperanzas que fueron defraudadas. Ahora, lo siguiente podría ser el cierre de las fronteras. El país, que hace unos meses fue elogiado como un estudiante modelo en la lucha contra la pandemia, ha visto arruinada su reputación. Según el ministro del Interior, Horst Seehofer, esto no se debe a la falta de disciplina de los ciudadanos, «sino a las medidas inadecuadas».

Las acusaciones se mueven hacia distintas direcciones. Algunas voces apuntan a que la aplicación móvil que puso en marcha el Gobierno federal para controlar la pandemia no funcionó como se esperaba e incluso ahora se sabe que las autoridades sanitarias germanas no estaban conectadas. Falló la tecnología aunque, sin duda, el mayor error fue la falta de un confinamiento general o la ineptitud de la canciller para avanzar en áreas claves de la lucha contra el coronavirus.

«En verano se desperdició la oportunidad de controlar la epidemia», criticó la epidemióloga Maria Van Kerkhove. Aunque a principio de año se hicieron miles de test, las pruebas rápidas de PCR y de antígenos son escasas y no existe una estrategia para llevar a cabo los diferentes tanteos.

Mientras Baviera quiso que todos sus ciudadanos se hicieran la prueba de forma gratuita, en Hesse se testó a todos los profesores, pero no al personal hospitalario. Un error que propagó el virus por los hogares de ancianos y que llevó la covid-19 desde los centros sanitarios a las casas a falta de pruebas para los sanitarios.

Tampoco se hizo caso a los científicos que abogaron por un bloqueo estricto de tres semanas para que las nuevas infecciones pudieran retroceder por debajo de los 50 por 100.000 personas. Solo se limitó el número de contactos lo que, según «Der Spiegel», redujo el radio de movimiento de los ciudadanos en poco más del 10%.

La Academia Nacional de Ciencias alemana Leopoldina recomendó la semana pasada un confinamiento estricto a partir de Navidad. Para recuperar el control del proceso de infección, el procedimiento debe llevarse a cabo en dos etapas, sugirieron los científicos desde la ciudad de Halle. A partir del 14 de diciembre, los contactos tanto en el ámbito profesional como en el privado deberían reducirse al mínimo y desde el 24 de diciembre hasta al menos el 10 de enero, se debe aplicar un confinamiento estricto en toda Alemania. El objetivo era evitar las reuniones familiares durante los días festivos para que el número de casos volviera a dispararse. No se consiguió.

Y a todo esto, y de fondo, todavía resuenan las súplicas de Merkel, que, desde el primer momento como canciller pero también como científica, se posicionó como nunca antes a favor de hallar una posición común para combatir el virus. A ella se dirigen todas las miradas de una ciudadanía que, por primera vez desde la irrupción de la pandemia, asiste atónita al devenir de cifras que cada día marcan nuevos récords.

Divergencias regionales

Pero en Alemania, la protección contra infecciones es un asunto de los 16 Estados federados y los Gobiernos locales determinan de forma independiente qué está permitido o prohibido y el Ejecutivo en Berlín tiene poca influencia. La canciller, que es una defensora de las medidas estrictas, se reunió con los primeros ministros varias veces, debatieron acaloradamente durante mucho tiempo, pero al final siempre tuvo que admitir su derrota. Tiene las manos atadas.

Como resultado, las medidas y las regulaciones por el coronavirus son diferentes a nivel regional y, en algunos casos, extremadamente contradictorias. El coronavirus será la última batalla de Angela Merkel. Y de ahí que esté mostrando una actitud nunca antes vista en su persona. Respaldó con decisión la recomendación del Instituto Leopoldina y otros científicos de endurecer las restricciones antes y después del período navideño: cerrar antes las escuelas, no tener contactos sociales fuera de la familia y disciplina.

Más disciplina que hasta ahora. Unas palabras en las que, como cuando mencionó a los abuelos que no estarán en las próximas navidades por el virus, se respira un cierto aire de despedida.