¿Qué está pasando en Senegal?

Tres días de protestas en las ciudades más importantes del país africano se han saldado la cifra oficial de cuatro fallecidos a manos de la policía

Un manifestante muestra la bandera senegalesa durante las protestas por el arresto del líder de la oposición Ousmane Sonko en Dakar, Senegal, el 5 de marzo de 2021.
Un manifestante muestra la bandera senegalesa durante las protestas por el arresto del líder de la oposición Ousmane Sonko en Dakar, Senegal, el 5 de marzo de 2021. FOTO: Leo Correa AP

Un sangriento juego político se ha adueñado de las calles de Senegal, infectando cada una de sus ciudades. Después de que el líder de la oposición Ousmane Sonko fuera arrestado y acusado de violar a una masajista en un centro de belleza, sus seguidores se lanzaron a la calle el pasado 3 de marzo clamando justicia, y las protestas se endurecieron después de que Sonko fuera acusado también de alteración del orden público. Hoy Dakar y las principales ciudades del país temen por la democracia, o esto aseguran los seguidores de Sonko, que no parecen temer que la policía utilice balas reales contra los manifestantes. Ya son cuatro victimas en la última semana. Y debería extrañarnos esta violencia porque Senegal siempre ha alardeado de poseer la mejor democracia en la historia reciente de África.

Entonces podemos formularnos las preguntas adecuadas: ¿Quién es este Ousmane Sonko? ¿Por qué son tantos quienes están dispuestos a arriesgar su vida por un hombre acusado de violación? ¿Y Macky Sall? ¿Es de los buenos o de los malos? ¿Qué ocurre exactamente en Senegal?

Empezó con la independencia

La mecha de los disturbios de marzo de 2021 se encendió el 20 de junio de 1960, el mismo día que Senegal obtuvo la independencia después de doscientos años sometida al poder de Francia. Lo que se inició como una promesa de esperanza e ilusión hacia el futuro se mostró rápidamente como un complicado juego urdido por los franceses porque, si bien concedieron la independencia a los senegaleses, también se cuidaron mucho de perder su influencia en esta importante región al sur del Sáhara.

Fuerzas de seguridad senegalesas se enfrentan a los manifestantes en la Universidad de Dakar.
Fuerzas de seguridad senegalesas se enfrentan a los manifestantes en la Universidad de Dakar. FOTO: Leo Correa AP

Tomando el franco CFA - la moneda que comparten numerosos países africanos, entre ellos Senegal - como objeto de estudio, sería interesante saber qué porcentaje de las reservas de divisas poseía Francia antes del 2005. La respuesta es simple: el 65%. Tal era el porcentaje de franco CFA en poder francés. Sin embargo, la situación ha cambiado con los años y actualmente Francia “sólo” mantiene un 50% de las divisas del franco CFA. Por poner un sencillo ejemplo: si Senegal exportase semillas de cacao por un valor de 500 millones de dólares, 250 millones tendrían que quedarse en Francia. La CEDEAO (Comunidad Económica de Estados de África Occidental) crece, gracias al control francés, a medio paso por negocio. Cuando el mundo avanza un paso, la CEDEAO avanza medio. Entre finales de los 80 y principios de los 90 pareció que el franco CFA fuera a valorizarse debido a una serie de especulaciones financieras, pero la presión de diferentes grupos, especialmente el gobierno francés, dio la vuelta a la moneda. Tras largas negociaciones en la Conferencia de Dakar durante la creación de la UMEOA (Unión Económica y Monetaria del África Occidental), el presidente Balladur decidió devaluar un 100% la moneda africana.

Con el paso del franco al euro, el franco CFA se ligó a la moneda europea y desde entonces ha mantenido un cambio fijo: 665,97 CFA equivalen a 1 euro. Lleva siendo así desde el año 1999, absolutamente inamovible. La moneda de la CEDEAO depende exclusivamente del cambio del euro y, por tanto, no importa cuánto trabajen, se desarrollen y enriquezcan los senegaleses, siempre se verán condicionados por esta variable. Ateniéndonos a la verdad, sí es cierto que este sistema permite el mantenimiento de países de la CEDEAO como Malí, económicamente arruinados por golpes de estado, guerras civiles y sequías, pero por otro lado, países emergentes como Senegal se ven frenados por esta medida.

Y se suman los desbarajustes. Por ejemplo las discusiones más candentes en Senegal desde hace unos años se centran en estipular cuál debería ser su idioma oficial. Aunque actualmente es el francés, numerosos grupos de presión exigen que el idioma oficial de Senegal sea el wolof, ya que un 43% de la población pertenece a esta etnia. Pero grupos contrarios a esta postura, dirigidos por el actual presidente Macky Sall, rehúyen a los cambios y abogan por mantener el francés como idioma oficial y el franco CFA como moneda oficial.

Dos hombres y un deseo

Los disturbios que llevan afectando a Senegal durante la última semana tienen dos protagonistas: Macky Sall y Ousmane Sonko. Dos hombres cuyo deseo es el mismo: mantener el primero y obtener el segundo la presidencia de la República de Senegal.

Barack Obama conversa con el presidente senegalés Macky Sall en el palacio presidencial de Dakar
Barack Obama conversa con el presidente senegalés Macky Sall en el palacio presidencial de Dakar

Macky Sall cumple a rajatabla la definición de tiburón político. Eterno protegido del que fue presidente de Senegal durante 12 años, Abdoulaye Wade, llegó por primera vez al poder en abril del 2012 y las pruebas parecen indicar que se mantendrá como presidente durante un puñado de años más. Un tiburón. Mientras su mano derecha fortalece las relaciones entre Senegal y Francia, su mano izquierda lleva años tanteando las ventajas que podría aportarle una alianza con el gobierno chino, y así suceden los negocios en la floreciente costa subsahariana: en el sur del país podríamos encontrar minas de circonio gestionadas por una empresa australiana cuya sede central se encuentra en China, mientras hombres de negocios franceses pululan por Dakar y se ensanchan los bolsillos desde hace décadas.

Un tiburón muy meticuloso. Al año de ganar sus primeras elecciones presidenciales envió a la cárcel a Karim Wade, primogénito de su mentor, tras acusarlo de “enriquecimiento ilícito”. A continuación comenzó una caza de brujas contra los altos mandatarios del antiguo régimen, los que habían sido sus compañeros y podían hacer tambalear la presidencia de Sall. Entonces Macky Sall se enfrenta a una población que a su vez se mantiene en dos posturas opuestas. Por un lado encontramos a los admiradores de Sall, que aplauden el crecimiento económico que lleva nueve años impulsando gracias a sus relaciones con China; por el otro encontramos a la facción más nacionalista de Senegal, aquella que considera que su país no debería estar en venta y tachan a Macky Sall de corrupto y de traidor.

El líder de este último grupo es Ousmane Sonko. Joven, patriota, atractivo, ex inspector fiscal, propone una regeneración africana y la liberación definitiva del control europeo. En su discurso entra la abolición del francés como idioma oficial, la creación de una nueva moneda senegalesa y libre de la interferencia francesa y, por supuesto, procurar un futuro donde los jóvenes senegaleses no tengan que arriesgar su vida cruzando el Mediterráneo. No hará falta decir que los jóvenes senegaleses, así como su diáspora, comulgan de buena gana con las nuevas ideas de Sonko, y es bien sabido que de entre los opositores de Macky Sall, él es quien más debería preocuparle.

Hoy

Llegamos al 3 de marzo de 2021. Macky Sall es poderoso y tiene amigos poderosos, Macky Sall es capaz de encarcelar a sus opositores políticos aunque encarcelarlos huela a chamusquina. Ousmane Sonko es joven, joven y peligroso, y millones de senegaleses sueñan en voz alta con el día en que llegará a ser presidente de la República. El 3 de marzo Ousmane Sonko es citado por el juez de instrucción debido a una serie de acusaciones dirigidas contra él. Estas acusaciones aseguran que Sonko violó a una masajista en el salón de belleza al que acude regularmente. Y sus seguidores no dan crédito a la noticia, y no porque les duela oír que su líder es sospechoso de violación, ni mucho menos, sino porque todos ellos andan convencidos de que Sonko es inocente. El culpable es Macky Sall, lo tienen claro.

Manifestantes lanzan piedras a las fuerzas de seguridad durante las protestas por el arresto de Osumane Sonko.
Manifestantes lanzan piedras a las fuerzas de seguridad durante las protestas por el arresto de Osumane Sonko. FOTO: Leo Correa AP

Macky Sall urdió uno de sus maquiavélicos planes para apartar a Sonko de la oposición y vender con más facilidad nuestro país a los chinos y los franceses, eso dicen los manifestantes, el presidente corrupto y traidor ha clavado un puñal en la espalda de su contrincante. Entonces la juventud de Senegal salió a la calle. Sin dudarlo. Igual que ocurrió en España tras el encarcelamiento de Pablo Hasél, la sociedad senegalesa se escindió entre quienes señalan a Sonko como culpable y quienes defienden su inocencia, y salieron a la calle y comenzaron los pillajes y los robos y el destrozo de mobiliario urbano y la policía también apareció y contestaron a los manifestantes con ráfagas de disparos. Disparos de plomo. De los que matan. Y ya son cuatro muertos entre los seguidores de Sonko según diversos medios internacionales, aunque mis contactos en el país me hablaron ayer por la mañana de siete. Las autoridades senegalesas acusaron entonces a Sonko de alterar el orden público y añadieron este cargo al de violación.

Hay caos en Senegal, confusión. Se conjugan en sus avenidas con el plomo y la sangre los gritos por un país realmente independiente, y el temor hacia un futuro incierto sin la protección francesa. En un país floreciente la sangre bulle más caliente que en el resto, y la juventud que mira hacia adelante con desconsuelo ha encontrado en Ousmane Sonko un símbolo de esperanza donde apoyarse. Si las acusaciones que pesan sobre él fueran ciertas, el símbolo se derrumbaría. Si fueran falsas, el símbolo se volvería indestructible. Macky Sall ya solo puede pedir a sus fuerzas de seguridad que frenen con un muro de plomo la esperanza de los jóvenes senegaleses, y mover cuantos hilos hagan falta para masacrar este símbolo tan incómodo que entorpece su mandato.