¿Por qué India consiguió frenar la primera ola pero ha naufragado en la segunda?

Modi alardeó de gestión tras registrar una baja incidencia en 2020, pero el exceso de optimismo y la relajación de medidas ha convertido al país en el foco global de la pandemia. Nueva Delhi registra una muerte cada cuatro minutos

Un médico examina a los pacientes contagiados con covid-19 en una instalación especial cerca de uno de los hospitales de Nueva Delhi
Un médico examina a los pacientes contagiados con covid-19 en una instalación especial cerca de uno de los hospitales de Nueva DelhiIDREES MOHAMMEDEFE

En el credo hindú, las ceremonias y los ritos a los fallecidos son fundamentales para la reencarnación de sus almas. Este trascendental aspecto de su religión ha sido imposible de llevar a cabo en India durante la última semana porque los cuerpos de las víctimas de covid-19 se acumulan como nunca en las morgues, muchas de ellas improvisadas. El ritmo de incineración es frenético y no hay tiempo para las despedidas. Ni para las presenciales, ni para las espirituales.

El drama que están viviendo ciudades como Nueva Delhi está dejando estampas desconocidas para su población: cadáveres en las aceras, columnas de humo que emergen por centenares, chimeneas que se derriten porque no aguantan más el constante calor, hospitales absolutamente saturados, pacientes tratados en maleteros de los coches, gente que muere mientras espera a que se libere una cama y familiares desesperados que no saben cómo ayudar a los suyos.

India se ahoga, literalmente, en una segunda ola de infecciones con rango de ‘tsunami’. Es así como la nación está inmersa en una doble crisis: la de los contagios y la de la falta de oxígeno para tratar a sus pacientes. Es tal la situación que la comunidad internacional se está volcando con el envío de ayuda médica urgente.

Las redes sociales son para muchos la única esperanza para encontrar ayuda y fue precisamente así como Vishwaroop Sharma, un estudiante de Derecho de 22 años de edad, dio con una cama para su madre, aquejada de problemas respiratorios por culpa del coronavirus. Tres días antes, su padre falleció en sus brazos, a escasos metros de un centro de salud de la capital completamente abarrotado y con cientos de personas aguardando un milagro imposible. La pérdida de su progenitor le instó a comprar una bombona de oxígeno para su madre en el mercado negro y a comenzar una campaña en redes sociales para pedir ayuda. Millones de mensajes como el suyo retroalimentan internet.

De un lado, las víctimas, del otro, hospitales, centros sanitarios, profesionales y ciudadanos corrientes que dan pistas sobre dónde acudir. También hay hueco para los que aprovechan el sufrimiento ajeno para hacer su agosto.

“Las Fuerzas Armadas acaban de instalar un hospital en el aeropuerto”, “urgente, dos octogenarios necesitan hospitalización inmediata…”. Direcciones, números de teléfono y un flujo de solidaridad y especulación que conviven en un clima de desesperación. Fue así como Sharma pudo ubicar a su madre en un hospital a cien kilómetros de distancia de su casa. Ahora, sólo le queda esperar.

Más de 300.000 contagios diarios

La magnitud de este nuevo azote del virus en India está siendo demoledor y la curva está en pleno ascenso. Los contagios han superado los 300.000 casos en los últimos seis días (un tercio de los números a nivel global) y el lunes fallecieron 2.767 personas. Durante los días anteriores, cada jornada ha marcado un nuevo récord. En un mes, los ciudadanos infectados se han multiplicado por ocho y los muertos por 10.

Nueva Delhi está registrando una muerte cada cuatro minutos y existe el temor de que las cifras sean mucho mayores de las que ofrece el Gobierno de Navendra Modi, que a través del Ministerio de Salud ha confirmado casi 17 millones de infecciones y 192.311 víctimas mortales durante la pandemia.

Si en marzo, el primer ministro alardeó de que la democracia más poblada del mundo sería capaz de vacunar para agosto al 20 por ciento de su población -300 millones de personas de un total de 1.366 millones -, ahora se ha certificado el fracaso de unas perspectivas tan optimistas como poco realistas. A esto se le une el contratiempo de un ‘tsunami’ que ha puesto al Gobierno en el centro de todas las críticas. Primero, por la falta de medios para ayudar a sus ciudadanos a lidiar con los problemas respiratorios, segundo, por la complacencia nacida del éxito a la hora de contener la primera ola. El año pasado, India se ganó la admiración de otras naciones tras realizar confinamientos masivos de una manera rápida e imponer otras restricciones que fueron cumplidas por la generalidad de la ciudadanía. El Ministerio de Salud confirmó mínimos de alrededor de 9.000 contagios diarios a finales de enero.

Actos políticos y festividades religiosas

Los últimos tres meses han mostrado una relajación institucional y social catalogada de irresponsable. Modi ha organizado actos políticos con decenas de miles de personas durante las elecciones estatales y ha permitido celebraciones religiosas hindúes -credo mayoritario- como el festival Kumbh Mela, que ha estado congregando a otras tantas miles de personas en el río Ganges durante abril.

A la falta de las medidas que surtieron efecto durante la primera ola, se le une una variante india del virus conocida como B.1.617, que podría ser más contagiosa que el original. El Gobierno indio ha respondido a las críticas de la oposición y gran parte de la ciudadanía eliminando de las redes sociales contenido contrario a su postura, por lo que mucho de lo que han publicado tanto periodistas como gente de a pie ha sido censurado para el resto de la población.

Entre algunas de las imágenes capadas destacan las de las piras funerarias ardiendo a lo largo y ancho del país. Muchos hindúes se han tomado la publicación de estas fotos en medios de comunicación extranjeros y en redes sociales como una falta de respeto a sus muertos tras fallecer solos, de manera trágica y sin ser despedidos con las ceremonias y ritos religiosos tradicionales.