Australia, de país ejemplar a confinamiento perpetuo

El Gobierno australiano despliega el Ejército en Sídney. La ciudad cumple férreas normas de aislamiento desde hace cinco semanas tras una alarmante subida de contagios por la variante delta

Una mujer camina junto a la Ópera de Sidney durante el amanecer. Unos 300 soldados australianos se unirán, a partir del lunes, a las tareas de vigilancia de la Policía para garantizar el cumplimiento de las restricciones impuestas por un brote con la variante delta de la covid-19
Una mujer camina junto a la Ópera de Sidney durante el amanecer. Unos 300 soldados australianos se unirán, a partir del lunes, a las tareas de vigilancia de la Policía para garantizar el cumplimiento de las restricciones impuestas por un brote con la variante delta de la covid-19MICK TSIKASEFE

La variante delta ha acabado con el sueño australiano. Poco queda de aquel oasis «fortificado» que, junto a Nueva Zelanda, se convirtió en la envidia del resto del mundo durante el peor momento de la pandemia. El panorama actual es muy distinto y ha tirado por tierra la relativamente efectiva contención inicial del coronavirus por parte del Gobierno de Scott Morrison. Ahora, la realidad refleja una situación fuera de control en el Estado más poblado, Nueva Gales del Sur, donde se ha requerido la presencia del Ejército.

Policía a caballo en el centro de la ciudad patrullan para controlar que se cumplan las medidas contra el coronavirus FOTO: LOREN ELLIOTT REUTERS

Alrededor de 300 militares han llegado a Sídney para desplegarse, a partir del lunes, en las ocho municipalidades donde se registra la mayor incidencia de infectados por Covid-19. El objetivo es ayudar a la Policía a controlar que la población cumpla con las férreas normas de un confinamiento que comenzó hace cinco semanas y que, en un principio, está previsto que se extienda hasta el 27 de agosto. Hasta el momento, estas reglas no han sido efectivas.

La medida llega después de que el jueves se haya registrado el mayor repunte de personas contagiadas en el Estado con 239 infecciones, de las que 88 no estuvieron confinadas durante el periodo infeccioso. La semana ha sido especialmente complicada con 1.173 nuevas infecciones hasta ayer y un goteo de decesos que también aumenta, con un total de 11 fallecimientos durante el último mes. Aunque las cifras siguen siendo bajas en comparación con otros países (menos de mil muertes durante la pandemia), el fracaso de una política basada en el riesgo cero es palpable.

Protestas contra el confinamiento

Además de la presencia militar en las zonas de alerta máxima de Sídney, alrededor de un millar de efectivos de la Policía estarán presentes durante la jornada de hoy en el centro financiero con el fin de contener una manifestación en contra del confinamiento. El sábado pasado, miles de personas se congregaron en el mismo punto e incumplieron la normativa actual de permanecer en sus hogares para mostrar su disconformidad con la falta de libertad, con las vacunas o incluso poniendo en duda la veracidad del virus. Durante la concentración no se guardó la distancia de seguridad y la gran mayoría no llevaba mascarilla. Se produjeron episodios violentos, se registraron alrededor de 60 detenciones y las autoridades expresaron su temor sobre el potencial riesgo de contagios masivos. No es la única preocupación.

Familias enteras contagiadas porque se siguen reuniendo a pesar de no convivir bajo el mismo techo, infectados que se mezclan con la población a sabiendas, gente con síntomas que en lugar de permanecer en sus hogares van a farmacias u hospitales… La complacencia surgida gracias a un covid mayoritariamente bajo control, donde el peor brote de la pandemia se vivió en el Estado de Victoria con alrededor de 800 muertes y 112 días de confinamiento en 2020, ha provocado que parte de la ciudadanía no haya sabido adaptarse a la nueva realidad: la variante delta.

Es así como el despropósito en el que está sumido el Estado de Nueva Gales del Sur es mayúsculo y no es más que la punta del iceberg. Más allá de las irresponsabilidades de una parte de la población y de los sacrificios de la gran mayoría -con sectores fundamentales como el turismo o la construcción parados- en la sociedad australiana imperan tres sentimientos: el hartazgo, la confusión y el miedo. El origen de todos ellos es el mismo: el fracaso del Gobierno en el apartado de las vacunas.

El Ejecutivo, con Morrison y el ministro de Sanidad, Greg Hunt, a la cabeza, apostó por AstraZeneca y no formó parte activa de la carrera internacional por otras opciones como Pfizer. Cuando se confirmaron las complicaciones en menores de 60 años de edad, el Gobierno, basado en un informe del Grupo Técnico de Consultas sobre Inmunización (encargado de aprobar o no las vacunas) confirmó que AstraZeneca no sería administrada a la población entre 18 y 59 años de edad.

Este mensaje cambió hace alrededor de un mes, ante el incremento de los contagios, y ahora la recomendación es que todos los australianos pueden recibir dosis de la vacuna creada en la Universidad de Oxford.

La campaña de vacunación se desarrolla con lentitud (un 14% de la población ha recibido dos inoculaciones) debido a la confusión, al miedo, porque los mandatarios no han sido capaces de asegurar dosis suficientes de Pfizer a tiempo y por la volatilidad de su mensaje.