Opinión

El día de la infamia

Estados Unidos se paralizó después de asumir que el país era vulnerable. El americano quería acción y venganza

Los restos del World Trade Center en mitad de los escombros en Nueva York
Los restos del World Trade Center en mitad de los escombros en Nueva YorkAlex FuchsAgencia AP

Como he contado en algún momento, el español Argimiro Caamaño lo presenció mejor que nadie. Al aire libre, a las ocho de la mañana de aquel 11 de septiembre, limpiaba con otras dos personas los cristales superiores de la Torre Gemela Sur en Nueva York. Pasmado, tras un ruido ensordecer, contempló como un enorme Boeing 767 se estrellaba contra la parte superior de la Torre Norte que comenzó a arder. Argimiro sabiamente abandonó con bastantes personas esa torre. A las 9:02 horas otro avión la impactaba.

Unas 2.600 personas perdieron la vida, el español la salvó sin saber que acababa de asistir en directo al inicio del siglo XXI y a importantes cambios en el mundo. El shock en Nueva York, yo vivía allí, y en Estados Unidos fue brutal. La revista Times titularía con la frase de Roosevelt cuando el ataque japonés a Pearl Harbour: «Un día de infamia». El país estaba pasmado y colérico. Como escribía Lance Murrow no quería fatuas retóricas consoladoras, «tengamos rabia».

La nación se paralizó. No había vuelos aéreos, cerraron los teatros, pararon las competiciones deportivas. Este talante colectivo, después de asumir que Estados Unidos era vulnerable, quería acción, venganza. Eso explica las guerras de Afganistán e Irak y lo que vino después, no el capricho belicoso del presidente americano que en su toma de posesión había advertido contra la tentación de ir por el mundo componiendo desaguisados y modelando países. El presidente Bush, en contra de lo que se dice aquí, tuvo el apoyo masivo de sus compatriotas, más de un 90% para castigar a Afganistán e incluso un 80% cuando, por razones más discutibles, invadió Irak dos años más tarde. La historia de Estados Unidos y la del mundo se alteraban.

Ambas intervenciones encontraron pronto éxito. En guerra abierta la maquinaria militar de Estados Unidos resulta imparable. Sin embargo, como se ha demostrado, el largo plazo es más peliagudo. Habiendo conquistado, con importante ayuda local, Afganistán y posteriormente Irak, el presidente estadounidense tuvo ahora la pretensión de transformar las estructuras políticas del país asiático invadido y las del Oriente Medio. Ahí se empantanó incurriendo en un costo desmesurado, sólo en Afganistán los americanos han gastado más de un billón de dólares, sufrido 2.461 bajas y 20.000 lisiados de uno u otro tipo. Irak es un desastre mayor.

Washington, con un gasto asumible, consiguió los dos primeros objetivos por los que actuó en Afganistán: desarticular a Al Qaeda, es decir, a los planificadores y ejecutores del ingenioso y criminal atentado, y limpiar el país para que los talibanes en el poder, a los que desalojó, no dieran refugio a células terroristas. Ello llevó aparejado, además, que en EE UU no hubiera en estos cuatro lustros ningún golpe terrorista de envergadura y los traumáticos en Europa, Atocha, Bataclan en París, Londres…fueran muy cruentos pero aislados. El tercero sobrevenido, reformar los países, ha resultado un batacazo duro y de prestigio.

Las imágenes de la salida de Afganistán merman la credibilidad de Washington. Efecto negativo muy importante. EE UU y sus aliados, entre los que estamos, dieron pasos muy elogiables en los dos países, elecciones, sacaron de la humillación y la servidumbre a las mujeres afganas –la frase de nuestra ministra de Igualdad sobre esas mujeres y las españolas muestra su total ignorancia del mundo en que vivimos–hicieron obras públicas de importancia, ayuda alimentaria, etc…

Sin embargo, se movían en una sociedad, compleja, tribal en la que la presencia extranjera es muy resentida especialmente entre los hombres, con comarcas rurales en las que los expulsados talibanes se movían con libertad, con un Pakistán ambiguo que succionaba millones de Washington y servía de refugio a los talibanes y con una corrupción galopante que aumentó con la lluvia de dólares y que minó al Ejército afgano.

La historia dirá si Biden erró al marcharse, no en la forma, que sí, sino en el fondo. Piensa que el pozo afgano le distraía en su enfrentamiento con China. Su popularidad, por el modo, ha bajado en su país pero no olvidemos que sus compatriotas querían claramente salir de Afganistán. Las elecciones legislativas de 2022 serán una buena radiografía de la reacción del elector y recordemos que algunas de las pifias las compartimos sus aliados.