Internacional

¿Por qué los comunistas españoles no lloran la muerte del último líder de la URSS?

Podemos culpa a Gorbachov del fin de la utopía socialista

Mijail Gorbachov se despide del amor de su vida, Raisa, antes de su entierro en el cementerio de Novodevichy, donde él también descansará
Mijail Gorbachov se despide del amor de su vida, Raisa, antes de su entierro en el cementerio de Novodevichy, donde él también descansará FOTO: SERGEY CHIRIKOV EFE

Un buen sistema para ver qué significó Mijail Gorbachov en la historia es ver la reacción de los comunistas españoles a su muerte. Alberto Garzón, el ministro de Consumo, no ha puesto un tuit a la muerte de Gorbachov. Quien lloró lágrimas progresistas por la desaparición de Fidel Castro, o recordó al Che en su aniversario, no ha tenido tiempo para unas palabras a quien deshizo la URSS. Enrique Santiago, del PCE, ex secretario de Estado que vio en su gobernanza un paso en el tránsito al comunismo, tampoco ha recordado a Gorbachov. De hecho, el PCE ha preferido publicitar la ley del aborto.

Ese sonoro silencio se explica con un artículo de Pablo Iglesias en la web Ctxt: Gorbachov quitó a la izquierda el juguete contra el capitalismo y EE UU, el matón con el que asustar a las democracias liberales, la utopía del «sí, pero no así». Gorbachov se cargó a la URSS, y así «alejó a la humanidad de un futuro humanamente viable». Y el que no piense esto, dice, es «un necio». No es original, como siempre. Sus argumentos ya fueron dictados por el comunismo ortodoxo tras la caída del muro de Berlín.

La llegada de Gorbachov al poder a mediados de los 80 pareció confirmar los planteamientos eurocomunistas en contra de los ortodoxos: la democracia no estaba tan mal, ni el pluralismo, y había que guardar las formas aunque se siguiera soñando con la dictadura del proletariado.

La URSS de Gorbachov cambió su actitud hacia la Comunidad Europea. Se aparcó la hostilidad para hablar de la «casa común europea». Además, Gorbachov rechazó la doctrina de Breznev sobre la soberanía limitada de los Estados satélite, que ha recuperado Putin. Esto disgustó a los sectores ortodoxos del PCUS y del comunismo europeo. El paraíso socialista, decían, no podía abandonarse por la «Europa de los mercaderes». Valía más la migaja de pan dada por el partido, que la libertad.

En cuanto Gorbachov jubiló al Gran Hermano, Hungría y Polonia abrieron la mano a la democracia y los comunistas desaparecieron en las elecciones. Donde la dictadura quiso resistir acabaron pereciendo de forma pacífica, como en Checoslovaquia, o violentamente, al estilo rumano. En dos años vertiginosos terminó la ficción del paraíso socialista. Los comunistas occidentales ortodoxos culparon entonces a Gorbachov, e incluso aplaudieron el intento de golpe de Estado en Rusia en 1991.

La política de Gorbachov no gustó a la mayoría de los partidos comunistas europeos, salvo al español y al italiano de entonces. Les chirrió su pacifismo –exigido por la quiebra económica– y su europeísmo formal. Los comunistas ortodoxos occidentales mantuvieron su rechazo a la integración europea, aunque el PCE siguió a Gorbachov, y apoyó el Tratado de Adhesión de España a las Comunidades Europeas en 1985.

Julio Anguita visitó la URSS en 1988. Estuvo doce días, y regresó diciendo que la perestroika de Gorbachov era una vuelta a los «más puros principios leninistas». Así, cuando Gorbachov se reunió con Anguita en Madrid en 1990, soltó: el «actual discurso de la perestroika es el discurso de IU desde hace tiempo».

Gorbachov provocó un debate crucial entre los comunistas. ¿Qué era más importante, aceptar las reglas de la democracia o defender la dictadura para mantener la lucha internacional contra EE UU y el neoliberalismo? Muchos repudiaron a Gorbachov. Ver juntos al presidente soviético y al «malvado» Ronald Reagan les ponía muy nerviosos. Máxime si las tropas soviéticas se retiraron de Afganistán porque los estadounidenses habían apoyado a los talibán. ¿Dónde quedaba el orgullo proletario?

El comunismo ortodoxo culpó a Gorbachov de la caída del muro de Berlín, y del posterior hundimiento y desaparición de los partidos comunistas europeos. La crítica a Gorbachov ya estaba servida: fue un botarate despreciado dentro de Rusia que había permitido la victoria de los capitalistas.

Una cosa era reformar la dictadura y dar libertad a los Estados satélite, y otra permitir la desintegración de la URSS y del universo comunista, la utopía del «sí, pero no así», del «qué buenas ideas, pero que mal llevadas a cabo». Gorbachov, dijeron, no había entendido el papel internacional de la URSS, no como apoyo de dictadores sanguinarios y genocidas, no, sino como contrapeso a EE UU y al neoliberalismo. Además, Gorbachov había liquidado a la URSS como socialdemocracia bien hecha. Ya lo dijo Anguita en 2013: «En la URSS se alcanzaron niveles de educación y sanidad que no habían existido». Tampoco los niveles de represión y liquidación social, pero no lo dijo.

En suma: Gorbachov no gusta a los comunistas de hoy, lo que indica su nostalgia de las dictaduras del proletariado.