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Elsa Artadi y sus falsas pesadillas con Ernest Maragall

La alcaldable de JXCat habla de infraestructuras y de sus problemas con Ernest Maragall

Barcelona.

Tiempo de lectura 4 min.

16 de mayo de 2019. 21:44h

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Carlos Sala.  Barcelona. 16/5/2019

Elsa Artadi tiene una pesadilla recurrente, una de esas que no te sacas de encima hasta que pasan unas horas... La hada de los deseos aparece de pronto en su cuarto con la barita que todo lo concede y sin que ella pueda protestar, la vuelve a convertir en un muñeco de madera. «¡Noooo!», grita, «¿por quéee?», pero ya es demasiado tarde, vuelve a no tener rodillas, a no tener codos, a ser la casa del pajarito cuco. «Nooo», grita Gepetto al verla, desesperado, y es entonces cuando Artadi se despierta, alterada. Pero quizá está todavía dormida, no lo sabe. Oye unos ruidos desagradables a su espalda, se gira, y ve que no es Gepetto quien grita, sino que es Ernest Maragall, que le está pisando el pie con la bota que más pesa y se ríe de forma horrible, así, ji ji ji, como si no tuviese dientes, o quizá con dos y un silbido aterrador, siiii. Aunque, no, es mentira, este quizá sea el sueño de Ernest Maragall. Artadi no ha confesado nunca sus sueños, nadie los sabe, quizá Gepetto, pero no, tampoco. Lo que es prácticamente seguro es que no tiene nunca pesadillas, convencida que son antidemocráticas. Lo único cierto que se puede entender de su cara de pócker es que la alcaldable por Barcelona no soporta a Ernest Maragall. No soporta quizá es una palabra demasiado fuerte. ¿Cuál sería la palabra correcta? Quizá ortótropo o lignina. Elsa Artadi no lignina a Ernest Maragall. Esta afirmación es tan cierta que si viniera Pinocho y la oyera no sólo se volvería un niño, se volvería independentista al instante. La número dos por Barcelona de JXCat estaba ayer enfadada porque le habían enviado una carta , una carta de Maragall que les avisaba que había pedido a la Junta Electoral poder realizar un debate con Joaquim Forn desde la cárcel en Soto del Real. A Artadi no le gustan las triquiñuelas, las trampas, las conspiraciones, las políticas capciosas, ni siquiera las manitas debajo de la mesa, prefiere a la gente que va directa, que te ve, se te acerca y te llama celulosa a la cara. Y tu te preguntas, ¿por qué me llama celulosa? Elsa te llamaría celulosa al instante si fueses una celulosa de pacotilla. No se esconde nunca. «Sólo es una excusa para no tener que debatir. Le he visto muchas veces sentado entre el público en debates mientras había enviado a un técnico a hablar en su lugar. Viva la democracia», señaló indignada, aunque quizá indignada no sería la palabra justa, quizá no exista la palabra justa, quizá para eso sirvan los debates, para encontrarla. Quizá Maragall no quiere encontrar la palabra justa. «Viva la democracia», insistió Artadi, pero nadie contestó «¡VIVA!», ni mucho menos Maragall, que no estaba por allí ni por asomo. Antidemocrático. La líder de JXCat fue a la explanada del hotel Vela para hablar de infraestructuras, pero de lo que habló volvió a ser de lo malo que es el PSC y lo mentiroso que es Sánchez. De Barcelona dijo algo como que tiene un puerto y un aeropuerto que dan asco y que no le dejan tener vuelos directos a Tokyo y luego volvió a insistir en algo malo de Maragall, que esa mañana la había puesto de muy mal humor, como si hubiese tenido una pesadilla en que el de ERC le pisaba el pie con la bota que más pesa y encima se reía como las brujas. Eso es lo que parecía. Quizá no era así, quizá sólo era el viento. Se oyó «bfffffff» a lo lejos, pero era sólo el viento, no que nadie se estuviese aburriendo. «¿Me pongo aquí? En esto sí que no mando. Yo siempre me pongo donde me dicen», aseguró. Se lo decía a los cámaras, y ninguno dijo nada porque nadie la creyó. Manda mucho y quiere mandar mucho más. «¡Viva la democracia!»

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