El “milagro” de la otra Filomena

La directora del colegio La Salle relata cómo se salvaron 200 niños de la explosión de gas en la calle Toledo que mató a cuatro personas hace justo un año tras la gran nevada

Visi Salazar, directora del colegio La Salle La Paloma
Visi Salazar, directora del colegio La Salle La Paloma FOTO: Enrique Cidoncha La Razón

Visi no ha tenido prácticamente margen esta semana de detenerse y caer en la cuenta de que justo hace un año volvió a nacer. «Sinceramente, con la que tenemos montada con Ómicron, no nos ha dado tiempo a pensar». La vuelta al cole después de Navidad se ha convertido en una cuesta de enero casi intransitable por aluvión de niños que se han quedado en casa contagiados y porque un tercio de la plantilla está de baja. Y eso son muchos profesores a los que suplir cuando no hay suplentes de los que tirar por ningún sitio.

«Estoy segura de que, en cuanto me pare un rato, se removerá algo por dentro», recapacita Visitación Salazar cuando apenas pasan unos segundos de su primer entrecomillado como directora del colegio La Salle La Paloma. El 20 de enero a las tres menos cinco de la tarde un petardazo en la calle Toledo la paralizó. A ella. Y a toda la comunidad educativa de este pequeño centro de Educación Infantil y Primera. De una línea. O lo que es lo mismo, de una clase por curso. En total, unos 200 alumnos y 13 trabajadores entre los maestros, el personal de administración y servicios… «Funcionamos como una familia, nos conocemos todos con nombres y apellidos, tanto a los niños, como a sus padres, sus abuelos...».

«Recuerdo perfectamente el estruendo. De hecho, a lo largo de este tiempo, cada vez que he escuchado un golpe similar aunque no fuera tan fuerte, se me encoje el cuerpo y el corazón me lleva directamente a ese momento». Y ese instante de noqueo le llevó a pensar que quizá se había hundido algo en el colegio por culpa de Filomena, cuando precisamente fue el temporal o la santa que le da nombre quien podría estar detrás del renacer de profesores y alumnos lasalianos en una explosión que acabó con la vida de cuatro personas, dos viandantes, un sacerdote de La Paloma y un laico colaborador de la parroquia.

«Imaginé que no habíamos sido capaces de detectar alguna estructura que quizá habría sido dañado por la nieve y se habría venido abajo». A la par, visualiza a la perfección cómo estaba en la zona de la entrada, en el interior de la escuela, cuando de inmediato alguien le dijo: «¡Visi! ¡Mira el patio!». Giró la cabeza, se asomó al ventanal, vio el destrozo en la casa parroquial, los cascotes por el suelo y comprobó que había errado en su tesis.

Sensaciones acumuladas

«Entonces, respiré de alivio, pero a partir de ahí se acumularon las sensaciones y los sentimientos encontrados, la incertidumbre y el caos, los gritos y el jaleo de todos y de todo. Bajé como un rayo las escaleras y eso que no soy precisamente ágil y nos pusimos en marcha». En medio de la agitación, puso orden como pudo y en menos que canta un gallo todos estaban fuera. A la intemperie, pero a refugio. «Tras el primer susto, los chavales se tranquilizaron, dentro de la ansiedad que se generó, porque pudimos comprobar rápidamente que estábamos todos y estábamos bien. Situarnos en la plaza y ver únicamente la fachada del colegio, permitió mantener al margen de la tragedia a los menores». A partir de ahí, desfilaron uno a uno a casa con los suyos.

Mientras se iban, la directora se quedó con Juan Luis, su esposo, que también es profesor y sus dos hijos. El pequeño, estudiante del centro. La mayor, ex alumna, que se salvó por los pelos de pasar por la zona siniestrada en el momento de la deflagración. En realidad, todos se salvaron. Están convencidos –Visi la primera– de que no fue fruto de la casualidad. Más bien, de una diosidad. El ‘milagro’ de la otra Filomena.

Y es que la abuela de Juan Luis se llamaba como el temporal de nieve que congeló Madrid el 7 de enero del año pasado. «¡La que estás liando Filo! Nunca se te ha nombrado tanto en este país», dejaban caer en casa medio en broma recordando a la anciana fallecida hace tres años. «Mi marido la tenía mucho apego porque le crió y todos la queríamos mucho, pero tras el desastre lo vimos todo con otros ojos». La nevada más copiosa en la historia reciente de España con el nombre de la yaya impidió que a esa hora todos los chavales jugaran en el patio en el recreo tras el almuerzo. «Si no hubiera sido por la nieve, estaría repleto». Es más, en otros colegios ya se había recuperado cierta normalidad, pero la dificultad para quitar el hielo en unos accesos complejos en unas instalaciones del viejo Madrid, le llevó a Visi a dar orden de esperar unos días más para habilitar el espacio.

«Filo, has querido proteger a tus nietos y a todos sus compañeros», pone la directora en boca de su marido y de su suegra. Y tan convencidos están de que tanto la nieve como la abuela y la santa mediaron para evitar un drama mayor, que Visi ha encargado una imagen de aquella mártir del siglo III, hija de un rey griego que se convirtió al cristianismo con voto de castidad decapitada por el emperador Diocleciano, porque se negó a casarse con él. «Santa Filomena, la Virgen de la Paloma y Juan Bautista de La Salle nos echaron un buen capote a la vez».

Con el ‘ora pro nobis del por medio’, el suceso sí les obligó a retomar el sistema online pandémico de enseñanza durante una semana. Después, la Universidad Carlos III les cedió unas aulas a estrenar en el campus de Puerta de Toledo, a dos pasos del colegio, para que se incorporaran los alumnos de Primaria.

«¡Imagínate cómo iban ellos de contentos sabiendo que iban a un cole de mayores!», comenta Visi sobre un tiempo en el que buscaron recuperar la normalidad frente a lo que denomina como «experiencia traumática». «Veníamos de unos meses duros por el coronavirus que se juntaba con esto. Teníamos que remontar como fuera».

La rutina sanadora

Lo consiguieron gracias al apoyo psicológico que se pudo prestar a profesores, alumnos y familias. «Las secuelas han sido pocas o nulas». Dos meses después del exilio, poco antes de Semana Santa, volvieron a su sede y a recuperar cierta rutina gracias a esa anestesia que da la cotidianidad para que la vista se acostumbre a ver un edificio en ruinas apuntalado y maqueado como un búnker de metal. «Es cierto que nosotros llevamos mucho tiempo entrando al cole y habiendo recuperado la normalidad que nos deja la pandemia y ya no nos impresiona tanto, pero cuando viene alguien de fuera se queda tan sorprendido que te hace recapacitar de nuevo sobre lo que vivimos».

Entre los daños más destacados, se encuentran las galerías y pasillos que dan al patio, así como tres aulas ubicadas en la misma zona. También quedó perjudicado el comedor de Infantil, situado en el sótano. La onda expansiva arrancó el techo de cuajo. «Los seguros han pagado la mayor parte y lo que no cubrieron, lo aportó la Fundación Lara, que sustenta al centro», explica Visi.