Los secretos del palacio del Buen Retiro

Todo lo que ocurría era un basto programa político y de propaganda de exaltación de la Monarquía de España

Vista aérea de la Puerta de Alcalá y del parque de El Retiro, zonas emblemáticas de la capital de España
Vista aérea de la Puerta de Alcalá y del parque de El Retiro, zonas emblemáticas de la capital de España FOTO: Emilio Naranjo EFE

El palacio del Buen Retiro fue inaugurado el 5 de diciembre de 1633. Todo lo que acontecía puertas adentro (y afuera) era un vasto programa político y de propaganda, de exaltación de la gran Monarquía de España: Hubo, y resuenan sus ecos, fiestas y arquitectura; teatro y pintura inigualables.

Cuando el embajador extranjero, amigo o menos amigo, entraba en el «Salón Grande o Principal de Comedias», o «Salón de Reinos» para divertirse o entretenerse, tenía que pasar el rato soportando una serie de doce cuadros de sonadas victorias de las armas de la Monarquía Católica en el triunfante año de 1625, amén de una decena de representaciones de los Trabajos de Hércules, de quien descendía aquel ante el cual, ahora, la Corte entera reía, disimulaba, admiraba, contemplaba.

En el Salón Grande, se celebraban también las solemnes recepciones. Lúdico y político, no era una pieza cualquiera de un palacio cualquiera.

Pero no sólo era un programa lúdico o político lo que se desplegaba alrededor de esos cuadros (en origen, digo, en el antiguo Museo del Ejército, hoy en el Prado), sino que esos cuadros de Velázquez, de Maíno, de Cajés, de José Leonardo, de Zurbarán (ni más ni menos) desplegaban un programa moral de clemencia, reconciliación y perdón por todas partes de la Monarquía, para todos los que se hubieran levantado en armas contra ella, al tiempo que se exaltaba la fidelidad a su grandeza.

Por cierto, a ambos extremos del Salón de Reinos (así llamado porque los lunetos estaban adornados con los escudos de los reinos de la gran Monarquía de España) coronaban las puertas de acceso unas espléndidas alegorías de la continuidad dinástica pintadas por Velázquez: a un lado, Felipe III y Margarita de Austria; al otro, Felipe IV, Isabel de Borbón y el Príncipe Baltasar Carlos. Justo enfrente del Salón de Reinos, se alzaba el Coliseo, que era el centro del teatro para la Europa de los tiempos del gran Felipe IV: se empezó a levantar en 1638 y su construcción fue un acierto de originalidad, porque aunque hubiera representaciones teatrales en otros teatros de Madrid, o Aranjuez, lo cierto es que un edificio tan grande y destinado a la comedia desde el primer momento, era la primera vez que se hacía. Fue inaugurado en 1640, con la representación de Rojas Zorrila, Los bandos de Verona.

Alrededor del escenario había tres filas de palcos con cuatro palcos por fila. Venían a unirse en el palco real que estaba frente al escenario. Debajo del palco real estaba la cazuela que, a su vez, tenía dos zonas, una para mujeres, delante del palco real, y otra para varones ante el escenario. Los palcos eran, claro, para la nobleza.

Extrañamente hemos de decir que, en alguna ocasión, el Coliseo estaba lleno ya a las siete de la mañana (y aun antes según exagerados testimonios del XVII).

Un escenario espacioso

En la cazuela, en los palcos, en el ambiente próximo a la representación, se entremezclaban gentes del común y nobles. ¡Otra vez todos más o menos entremezclados! Asistían a las mismas comedias, buenas o malas que fueran, y hasta la propia reina (1640) «mostrando gusto de verlas silbar, se ha ido haciendo con todas […] esta misma diligencia», o sea, que alborotaba como el resto del público. Al público se le animaba a la algarabía: «han echado entre ellas [las mujeres de la cazuela] ratones en cajas, que abiertas, saltaban […] Se hace espectáculo más de gusto que de decencia».

Para cumplir plenamente su función de entretenimiento, desde el principio, desde su proyecto, debía estar pensado para albergar las más grandes máquinas teatrales, y luces con las que se jugaba, artilugios que imitaban ruidos y sonidos, músicas ocultas, permitían hacer juegos en la escena nunca antes vistos y, desde luego, imposibles en un corral de comedias popular.

Su escenario era lo suficientemente espacioso como para poder satisfacer todas las puestas en escena, por muy complicadas que fueran. Y, desde luego, eran muy complicadas. Porque los más afamados tramoyistas eran «ingenieros» y, sobre todo, italianos: Candi, Cosme Lotti, Baccio del Bianco.

Las personas responsables de la estética fueron esencialmente Calderón (que no es el único escritor para el Buen Retiro) y esos ingenieros-escenógrafos italianos.