USA 2020

Ramón TamamesGonzalo PerezLa Razón

Los procesos electorales son continuos en todo el mundo, pero no cabe duda de que las elecciones en EE.UU. –a falta de cualquier clase de emociones en Rusia y China— marca el punto máximo de atención política.

Entre otras cosas porque, aparte de la importancia de EE.UU. en PIB, fuerza militar, tecnología, etc., que hacen del país el más poderoso del mundo (con China ya casi pisándole los talones), resulta que el sistema electoral USA no es de sufragio directo, sino pasando por el mecanismo de los compromisarios. Con perversidad manifiesta, como ya sucedió con Al Gore y con Hillary: teniendo más voto popular que Bush-II y que Obama, perdieron las elecciones. Además de eso, entre el personal que contesta a los sondeos, hay muchos mendaces, que no confiesan su verdadero voto.

De ahí que el resultado final de los demóscopos brille tantas veces por su fracaso. En cierto modo, la cosa empezó con Gallup en la década de 1940, cuando dio ganador a Dewey frente al verdadero triunfador que fue Truman. Ganará Biden con su amplio margen en casi todas las predicciones, o se levantará con el triunfo Trump; incluso después de más 90 millones de votos por correo. Y está claro que con la diferencia, desde Madrid, de seis horas con Nueva York, diez con Los Ángeles y más de doce con Hawái, la noche electoral será muy larga. Y seguramente de ella no saldrá el gran resultado final, con toda la lucha de los votos postales y del extremo recurso ante el Tribunal Supremo; con sus seis jueces de Trump y tres de Biden. «Alea jacta est», que dijo César al cruzar el Rubicón y decidir que su suerte estaba echada. Esta columna escrita el martes 3, día de la votación, podrá tener despejada su incógnita hoy viernes 5. Como habría dicho Séneca: «Qué Dios reparta suerte».