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Darwin y Wallace

Planeta Tierra

Ramón Tamames
Ramón Tamames. Catedrático de Estructura Económica / Cátedra Jean Monnet Cristina BejaranoLa Razón

El 18 de junio de 1858, Darwin tenía ya terminado un manuscrito de más o menos un cuarto de millón de palabras, el equivalente a unos 400 tupidos folios en un ordenador de hoy. Y fue precisamente ese día cuando recibió una carta del también inglés Alfred Russel Wallace, coleccionista de piezas zoológicas y botánicas, que por entonces viajaba por Sumatra, en las Indias Orientales Neerlandesas, ahora Indonesia. A su carta a Darwin, Wallace acompañaba un esquema con una exposición muy similar a lo que estaba escribiendo él mismo sobre evolución y que Darwin no acababa de dar a la luz por temor a la reacción de la Iglesia.

Temiendo perder la prioridad de ser el gran enunciador del evolucionismo, Darwin consultó con su amigo el geólogo, y precursor también de ideas evolucionistas Charles Lyell, quien le propuso una razonable solución: en la Sociedad Linneana de Londres, en su sesión del 1 de julio de 1858, se dio lectura de la síntesis de las posiciones de Wallace y Darwin, en lo que fue la primerísima expresión de la evolución, Con lo cual, ambos quedaron como padres de la teoría, sin mayor resonancia por el momento.

Darwin se apresuró a publicar el año siguiente –el 22 de noviembre de 1859– la principal de sus obras: Sobre el origen de las especies por selección natural, el libro que le daría un casi total y no poco injusto protagonismo exclusivo, por algo que Wallace y él habían descubierto por separado en el mismo momento histórico. Con la aclaración de que tal como mucho tiempo después expondría Fred Hoyle en sus Matemáticas de la Evolución –un tanto despreciativamente–, Darwin lo que hizo fue exponer en 450 páginas lo que Wallace ya había explicado claramente en 12 holandesas. Incluso algunos biólogos llegaron a sostener que Darwin fue un plagiario de Wallace. Toda una historia.