El rey en una foto del rey

Cómo meterían al Rey en una foto con lo alto que es. Amputaron su presencia internacional, vaciaron sus discursos, quebraron el cristal de su protocolo, renunciaron a defenderle, lo escondieron, acotaron su dimensión a un cambio de plano sentimental en Nochebuena, y lo jivarizaron hasta que, convertido en el símbolo del símbolo de sí mismo, el Rey cupo en la foto del Rey. En la imagen de Quique García, el concejal popular Josep Bou la sostiene en el salón de plenos del Ayuntamiento de Barcelona como si fueran a arrancársela de las manos. Una foto de un rey no es nada y lo es todo. Mi abuela Elena nació en la Sierra de Huelva y murió en una Guipúzcoa en la que le parecía que siempre estaba lloviendo. Del patio de su infancia tomó unas jaras, las guardó entre las páginas de la Espasa y las conservó junto a ella toda su vida. Podría discutirse si, décadas después, esos tallos quebradizos y los pétalos de papel de seda seguían siendo flores, sin la resina, sin el aroma, sin el recuerdo de la mata en la que el pájaro perdiz se resguardaba del sol de la siesta. Si es que quedaba algo de jaras de Huelva en esas flores, digo, o bien todas las jaras de Huelva estaban contenidas justamente en esas flores.

En Barcelona había una foto del Rey porque el Rey no estaba. Sobre esa ausencia se edifica la arquitectura de un escándalo. En primer lugar, en cuanto cede a una supuesta amenaza de seguridad que debilita la posición del monarca. En segundo lugar, porque pudiera parecer que el Gobierno esconde al Rey mientras negocia con los tipos a los que la presencia del Rey molesta y, por último, por cuanto abre la puerta a la ofensiva antimonárquica de Podemos ante la que el presidente parece callar. La mayor debilidad de la monarquía no es tanto lo mucho que se la ataca como lo poco que se la defiende. A lo peor, La Moncloa ha comprendido que una de las opciones para salir vivo de una guerra es caerle simpático al bando contrario. Comienza a repetirse el patrón de que ante las ofensas al Rey por parte de la nueva izquierda podenca o del independentismo vozalón, Sánchez siempre pone la otra mejilla del Rey.

El demonio no habita en el detalle; habita en la excusa. El ministro de Justicia admitió que «a veces hay que sacrificar algo para conseguir algo más seguro». Lo difícil será saber qué es ese algo que se sacrifica. Al hilo de la negociación con Bildu, la reforma del delito de sedición, el lío de la Fiscalía, y los ataques consentidos a la jefatura del Estado, cabe la sospecha de que en La Moncloa en la que Felipe construyó el jardín de los bonsáis y Aznar, la pista de pádel, Pedro Sánchez haya mandado instalar un altar de ofrendas. En los conflictos siempre hay que ceder en algo, pero a veces albergo la inquieta sensación de que este Gobierno está dispuesto a sacrificarlo todo menos a sí mismo.

En Barcelona, los jueces gritaron «Viva el Rey» y al ministro de Justicia, le pareció mal. «Se han pasado tres montañas», dijo ante un micrófono indiscreto. Así se viene dibujando una paramera argumental en la que los jueces son retratados como montunos ultraderechistas por dar un viva a la Corona y el partido que apoya los «ongi etorris» a los terroristas que salen de la cárcel está fuertemente comprometido con la gobernabilidad del país. Gritar Viva el Rey es subversivo, Manolo Escobar hace canción protesta y lo más punk que puede hacer uno es ir a los toros. Hay que reconocer que España se está poniendo interesante.