Puente de Octubre sobre el Río Kwai

Todo español es de Madrid: el que estudió en Madrid, el que vino a ver un musical. Hasta el que insulta a Madrid es de Madrid

Sembraron la Puerta del Sol de banderas y después, sembraron el caos. Igual es que fueron pocas banderas. Escribo cuando atardece sobre Madrid, solaz del Estado de las Autonomías, del estado de alarma, del oso y el madroño, Cibeles, Torrespaña y un virus de media veda. En Madrid sigue sin haber playa, pero ahora un policía te abre el maletero en el checkpoint de la A5. Ya ha llegado la prima a pasar el puente a Talavera de la Reina y ya se ha publicado el BOE que no cesa y que sobre Madrid «desahoga su eterno rayo», que escribió Miguel Hernández. La eternidad en España es el estigma de Madrid como problema, aspiradora y región fallida, «lo de Madrid», en definitiva, que es eso que va de boca en boca, que encuentra pretexto en la diferencia de criterios sanitarios y la bronca entre gobiernos, pero que se ancla en lo más profundo de nuestro catálogo de odios.

Todo español es de Madrid: el que estudió en Madrid, el que vino a ver un musical y el hijo de un partidario de Antoñete registrador de la propiedad en Burgos. Hasta el que insulta a Madrid es de Madrid. Hay una España que se ha querido separar de la forma de vida de esta ciudad, pues siente falsamente que pone otros mundos en cuestión. Así, a la capital se le guarda un reproche viejo, un «ya te cogeré» que se ha manifestado estrafalariamente en la excusa de los nacionalismos y en un federalismo moralizante que hoy se acomoda al fin en la figura del madrileño bomba vírica que llega al pueblo a contagiar. El otro día me llamaron «comebocatas de calamares» y admito que por mi parte será bienvenido todo esfuerzo por dotarnos por fin a los madrileños de un mote folcklorracista, ya sea apelando a los instintos territoriales o a los gráficos de los informes de la OMS.

La capital que hiere y abusa cimenta el imaginario tradicional de este país, pero ¿qué hay de esta cosa de la capital herida? El sanchismo es una suprema potencia creadora de nuevas legitimidades, pero una de las más interesantes consiste en subvertir el orden por el cuál la capital dominaba a las provincias, y ya no, gracias al Estado de Alarma. Así se viene la metrópoli al fin sometida, con el Consejo Interterritorial, el organillo de James Rhodes, el general Grande Marlaska restituido, el Piolín atracado en Madrid Río y un ministro de Sanidad de sargento de la Guardia Civil. Salvador Illa, que es un hombre de natural cortés y educado, acepta sorprendentemente la consigna de escenificar la toma de Madrid y –cuando se acuerda–, pone sobre la mesa una porra política que le queda como a un monje, dos pistolas.

Se establece así un juego nuevo en el que el Gobierno del Ibuprofeno en Cataluña suelta las rehalas en los montes de El Pardo. Sánchez expone las gráficas del virus en Moratalaz, pero detrás de la incidencia acumulada se le advierte una pulsión venatoria donde la CAM es la presa. Isabel Díaz Ayuso escapa entre los cascajos cual cierva herida, pero en el fondo también le brilla el placer de esta nueva ceremonia rebelde que ella misma sufre y provoca, esta cosa a mitad de camino entre la euforia de la celebración en Cibeles, el encanto del balcón del Palau, el Puente de Octubre sobre el Río Kwai y la segunda Movida Madrileña en la que hay quien calcula que se divertirá electoralmente. Sánchez le enseñó que hay veces que hay que ganar perdiendo.