La democracia en retroceso

El último gran retroceso es el que se está reproduciendo en América Latina, un subcontinente entero que se aleja, al parecer sin remedio, de ese Occidente al que una vez perteneció

FOTO: Matias Delacroix AP

Entre las características menos amenas y amables del año que terminó hace unos días está el retroceso de la democracia en el mundo. Lo ha subrayado a su pesar Biden y su fastuosa, aunque fuera online, Cumbre por la Democracia, que no ha producido el menor resultado tangible más allá de la propaganda. Hacen falta otras convicciones, otros propósitos y otras estrategias para revertir una ola que ha acabado con el optimismo que prevaleció en los años 90, tras el colapso del comunismo.

Entre los momentos más significativos de este retroceso global de la democracia está la ofensiva del Imperio chino contra la libertad de expresión en Hong Kong, algo que hizo de la metrópoli asiática un bastión de la democracia liberal en el corazón de China. Se han vertido ríos de tinta indignada sobre este ataque, pero poco han hecho los gobiernos para contrarrestarlo. En Bielorrusia, Lukashenko ha consolidado su autoridad dictatorial. Sabiéndose respaldado por el zar de Moscú, ya plantea una amenaza directa, de orden bélico, a un país de la UE.

Estados Unidos dio por perdida la frágil democracia afgana, siguiendo en esto a los países europeos. Unos y otros parecen confiar en que los talibanes se conviertan a la moderación, esperanza que, por ahora, no ha sido confirmada. Probablemente, el abandono era irremediable: no por eso deja de dar una señal inequívoca de hasta dónde Occidente, es decir las democracias liberales, están dispuestas a comprometerse en la defensa de sus valores.

Otros lugares en los que la democracia ha retrocedido son Myanmar, donde la junta militar ha asentado un régimen antidemocrático en desafío directo a las declaraciones del bloque occidental, y Etiopía, donde un esperanzador repunte de las reformas prodemocráticas está fracasando en una nueva guerra civil. El último gran retroceso es el que se está reproduciendo en América Latina, un subcontinente entero que se aleja, al parecer sin remedio, de ese Occidente al que una vez perteneció y de su esencia democrática y liberal.

Este último caso es el más dramático, por lo que nos concierne como españoles, es decir por haber sido los protagonistas de la incorporación de América Latina a Occidente -un hecho abominable, a día de hoy- y también por lo que significa de quiebra del sistema democrático. La civilización china (Hong Kong es otra cosa) es ajena a los principios democráticos, como lo es Rusia, aunque de un modo muy distinto. América Latina, no. América Latina, con toda su originalidad cultural, era hasta ahora una parte intrínseca de Occidente: cristiandad, liberalismo, democracia, naciones Estado.

Por eso la deriva en la que lleva instalada dos décadas no nos coloca sólo frente a nuestra impotencia. También nos sitúa frente a un espejo que deja ver, aunque sea multiplicados y magnificados, algunos de los fallos de una situación en la que la falta de voluntad para defender y promocionar la democracia fuera de Occidente se correspondiera con el escaso entusiasmo que suscita dentro. No hay alternativa, es verdad, pero se diría que somos demócratas y liberales por defecto, difuminadas ya las virtudes del régimen en el que seguimos viviendo y del que hicimos la más humana, completa y sofisticada forma de organización política.