Cástor Díaz Barrado

Xenofobia

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No hay nada peor para el devenir de las relaciones pacíficas en la escena internacional que la afirmación de los nacionalismos y los comportamientos xenófobos. El respeto a la diversidad es una de las claves para la resolución de los conflictos y para asegurar una convivencia en paz en todos los lugares del planeta. Las manifestaciones que han tenido lugar en Rusia en contra de la población inmigrante y de quienes practican la religión musulmana no son una buena noticia y expresan un sentimiento que debe ser rechazado en sociedades democráticas. El odio y el rechazo a lo distinto con el fin, en el fondo, de afirmar la propia identidad oculta siempre intereses que no son legítimos y que atentan contra los derechos humanos. Las protestas, incluso mediante métodos que suponen la pérdida de vidas humanas, que, desde hace tiempo, mantiene la población tibetana en contra de las decisiones de China de asimilar política y culturalmente a la población tibetana son el reflejo de que el respeto a la diversidad aún no ha calado en muchos de los estados del planeta. Pero, del mismo modo, la persecución a quienes profesan la religión cristiana en muchos países de mayoría musulmana nos revela que el desprecio a la diversidad se ha extendido en el comportamiento de muchos estados y que la intolerancia sigue siendo una seña de identidad, difícil de erradicar. Las noticias de sucesos de este tipo se prodigan y da la impresión, a veces, de que se asumen con naturalidad. El nacionalismo y la xenofobia han sido, a lo largo de la historia, unas de las causas que han contribuido a enfrentamientos y conflictos y a hacer menos aceptable la convivencia. Las ideas de la Revolución francesa, que tanto bien hicieron, no han calado definitivamente y, por ello, sigue sin ponerse el énfasis en que lo que merece la pena es una sociedad de ciudadanos, sin que primen los territorios o los rasgos étnicos o culturales de las personas. La sociedad internacional precisa de una labor de educación que no se está llevando a cabo, aunque es verdad que en muchos de los países democráticos quienes practican la intolerancia lo tienen más difícil. El nacionalismo ruso está hoy en las calles reclamando el protagonismo de la etnia rusa en la dirección del Estado y de la sociedad. Nadie debería alimentar estos sentimientos de odio ni tampoco el del resto de nacionalismos presentes en la escena internacional. La defensa de la propia identidad no puede suponer, en modo alguno, la falta de respeto a la diversidad, entre otras razones porque la identidad es, por sí misma, evolutiva. Y, sobre todo, hay que rechazar, con toda rotundidad, que se adopten posiciones excluyentes.