Opinión

Los demonios de Irak y las lecciones en Ucrania

Pueden pasar años pero al final a Rusia no le quedará otra opción que planificar su retirada de Ucrania

Foto de archivo del ex presidente Sadam Husein
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«Todas las guerras son errores», decía el general australiano Peter Cosgrove, que dirigió las fuerzas australianas durante la guerra de Irak de la que este lunes se cumplen veinte años. La invasión militar del 20 de marzo de 2003 por la coalición liderada por Estados Unidos fue una enorme partida de póquer que causó varios cientos de miles de muertos. Veinte años después, Irak está todavía lejos de ser la democracia soñada por George W. Bush y el «casus belli» de las armas de destrucción masiva se ha convertido en uno de los mayores errores de la inteligencia norteamericana atribuido a la CIA. Washington decidió lanzar la Operación Libertad Iraquí sin la aprobación del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y en contra del criterio de Francia y Alemania. La operación relámpago liderada por los norteamericanos provocó la caída del régimen de Sadam Husein en pocos días, pero sumió a Irak en el caos. El 13 de diciembre de 2003, Sadam Husein fue encontrado en un agujero cerca de Tikrit, su ciudad natal a 150 kilómetros al noreste de Bagdad. Estaba irreconocible despojado del poder. Fue ejecutado en la horca un año después. Hay quienes defienden que el mundo es un lugar más seguro sin Sadam Husein. Probablemente tengan razón. Fue un dictador implacable y megalómano -como todos los sátrapas- que basó su régimen de terror en el partido Baaz y en una madeja de lealtades tribales. Su desprecio por las normas mínimas del derecho internacional le convirtió en un provocador de conflictos regionales y un paria internacional cuyos peores crímenes los cometió contra su propio pueblo. En especial contra los chiíes.

Veinte años después, la guerra de Irak deja lecciones interesantes en Ucrania. La primera es que igual que en Irak, la guerra de Putin resulta de un error de cálculo de la inteligencia. Ni los ucranianos recibieron con flores a las fuerzas rusas, ni Volodimir Zelenski pudo ser derrocado en tres días. La segunda es que en la actualidad es imposible dominar políticamente y militarmente un país si el invasor no tiene a su favor a la población civil. En 2004, Irak es un país asolado por la violencia sectaria, el terrorismo y la insurgencia feroz. En 2006, el general de cuatro estrellas, David Petraeus, trata de estabilizar el territorio con una estrategia destinada a ganarse «las mentes y los corazones» de las tribus y clanes suniíes con el objetivo de combatir conjuntamente a Al Qaeda.

En un año de guerra, Rusia ha sido incapaz de establecer ningún vínculo con la población civil ucraniana más allá de las provincias del Donbás conquistadas en 2014. Al revés. Putin con sus crímenes se ha convertido en el pegamento de los ucranianos que luchan con todos los recursos disponibles para repeler la invasión. Por eso, aunque el final no parece que esté cerca, Rusia ya ha perdido la guerra. Ni va a derrotar a Zelenski ni va a poder conquistar Ucrania. Quién presumía de ser el segundo ejército del mundo ha sufrido unas derrotas humillantes en Kyiv, Jarkiv y Jersón. Sus tropas llevan siete meses tratando de controlar la ciudad de Bajmut, cuyo valor estratégico es discutible, y ha necesitado la concurrencia de los mercenarios Wagner como en su día Estados Unidos contrató los servicios de los Blackwater para reducir bajas. Pueden pasar años, pero, al final, a Rusia no le quedará otra opción que planificar su retirada.