Creer para ver

Textos para la oración del sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

La Resurrección, de El Greco
La Resurrección, de El GrecoMuseo del PradoMuseo del Prado

Lectio Divina de este II domingo de Pascua

Después del Viernes Santo, con su carga de odio y ensañamiento que culmina con el ajusticiamiento de Jesús en la Cruz, los discípulos quedan desalentados. Además de todo, tienen miedo ¿Correrán la misma suerte del Maestro? No son capaces de recordar las palabras de Jesús cuando les anunció su muerte y resurrección. En vez de estar abiertos a la esperanza, están encerrados por el miedo. ¿Y dónde está Tomás? Quién sabe, quizá deambula sin sentido, quizá busca un refugio más recóndito o una manera de escapar de la ciudad y salvar su vida. Este discípulo él es imagen de la dispersión interior y exterior que van experimentando los demás. Pero Jesús resucitado aparece para vencer el miedo y el encierro de los suyos. No los había llamado para esconderse ni cerrarse al mundo; al contrario, los envía para comunicar la vida en plenitud. Por eso después de su muerte en la Cruz, se les muestra vivo y glorificado. Así llena sus corazones de alegría y los convierte en auténticos testigos de las maravillas que Dios es capaz de hacer. A nosotros nos presenta también hoy este mensaje para que nuestras vidas se llenen de fuerza y no temamos en dar testimonio cristiano.

«Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: “Paz a vosotros”. Luego dijo a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”. Contestó Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús le dijo: “¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto”. Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre» (Juan 20, 19-31).

La aparición de Jesús resucitado cambia el panorama de fracaso y sinsentido de los suyos. El día después del sábado, él pasa más allá de los cerrojos del miedo y se hace presente en medio de los que ama, les enseña las manos y el costado y les ofrece la paz. El mundo ha sido reconciliado con Dios por su sacrifico en la Cruz. Ya no hay más nada que temer. Los poderes del mal y de la muerte no podrán contra los hijos de la luz. La muerte está vencida, la alegría se desborda. Y es que el amor y la fe que llenan el corazón mueven a ver y tocar lo que se ama y se cree. Por eso Jesús les muestra las heridas de su martirio, que permanecen después de su resurrección como signos de su amor pasado por la prueba. Sin embargo, Tomás no ha podido ver estos signos. ¿Puede acaso confiar en el testimonio de los demás discípulos, tan desacreditados por su comportamiento previo y por su miedo? Él necesita su propia experiencia, porque la fe y el amor pueden comunicarse, mas no transferirse. Él puede escuchar los testimonios de los demás, pero necesita vivir su propio encuentro con el Resucitado, y este no tardará en ofrecérselo. Una semana después –tiempo suficiente para que reflexione y madure en él la promesa de la resurrección- el Maestro aparece y le muestra las “pruebas” que pedía: las marcas de los clavos y la lanza. Así Tomás llega a profesar su fe y se rinde en adoración al Dios viviente y vivificante que sale a su encuentro. Así el evangelio nos presenta en pocas líneas el itinerario interior y exterior del creyente de todo tiempo, a la vez que presenta la solución a la gran aporía humana del “ver para creer”. Lo que en verdad nos muestra la experiencia de Tomás es que primero se cree y después se ve. Primero ha de acontecer la gracia de Dios en el alma, luego podemos o no experimentarla con los sentidos del cuerpo.

La Palabra de este domingo nos habla de la necesidad que también nosotros tenemos de entrar en contacto con Jesús resucitado, de experimentar su cercanía. Nuestra fe no es el recuerdo de un pasado. Ella es actual y se manifiesta en la vivencia coherente que también nosotros tengamos. ¿Qué nos enseña todo esto? ¿Qué clase de discípulos seremos? ¿Los quejumbrosos, llenos de miedo, anclados a un pasado fracasado? ¿Seremos como Tomás, que primero se aparta de la Iglesia y pierde así la oportunidad de encontrarse con Jesús? ¿Nos quedaremos encerrados en nuestros propios criterios y faltas de compromiso?

Oremos con las palabras de san Agustín:

Señor y Dios nuestro, nuestra única esperanza,

no permitas que dejemos de buscarte por cansancio,

sino que te busquemos siempre con renovada ilusión.

Tú, que hiciste que te encontráramos

y nos inculcaste ese afán por sumergidos

más y más en ti, danos fuerza para continuar en ello.

Mira que ante ti están nuestras fuerzas

y nuestra debilidad.

Conserva aquellas, cura ésta.

Mira que ante ti están nuestros conocimientos y nuestra ignorancia.

Allí donde nos abriste, acógenos cuando entremos.

Y allí donde nos cerraste, ábrenos cuando llamemos.

Haz que nos acordemos de ti,

que te comprendamos, que te amemos.

Acrecienta en nosotros estos dones

hasta que nos trasformemos completamente

en nuevas criaturas.