Libres de la atadura

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Imagen del Santísimo Cristo Resucitado en su trono en la Iglesia de San Julián
Imagen del Santísimo Cristo Resucitado en su trono en la Iglesia de San JuliánDaniel PérezEFE

Lectio divina de este III domingo de Pascua

Me gusta volver a Dostoievski. Especialmente me gusta volver a él en los tiempos fuertes en que, como Iglesia, contemplamos los grandes misterios de Dios y del hombre. Porque el autor ruso, como ningún otro, nos eleva desde las grandes búsquedas humanas hasta la radiante realidad de Cristo, bien sea señalándolo metafóricamente o si no, bajo el anhelo de su salvación ante nuestra incapacidad de ser redimidos sin su auxilio. Esta es la verdad fundamental que nos revela el evangelio pascual de este domingo:

«En aquel tiempo, los discípulos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice: “Paz a vosotros”. Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Y él les dijo: “¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo”. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: “¿Tenéis ahí algo de comer?”. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: “Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí”. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo: “Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto”». (Lucas 24, 35-48).

Dudas, miedo, turbación; signos de muerte trocados en pruebas de vida. Los discípulos habían callado; se habían escondido en el peor momento del Maestro; lo habían negado y abandonado. Ahora él aparece no para echarles esto en cara, sino para que alcancen lo que les había ofrecido desde un inicio: ser testigos del amor de Dios que todo lo vence. Lo primero que vence es su culpabilidad, con toda la carga de desesperanza, oscuridad y miedo. Por eso, esta aparición de Cristo es la vívida expresión de lo que él suscita en este mundo, además de revelar el sentido de su predicación, sus milagros y su muerte. Porque una vez vencida la muerte en sí mismo, viene a los que ama para romper todo aquello que les mantiene atados a una existencia infecunda y caduca. Y la culpabilidad puede ser la gran atadura que nos hace estériles y nos esclaviza.

El libro de Dostoievski al que he vuelto recientemente es Crimen y castigo, que ilustra dramáticamente el sometimiento al que nos lleva la culpabilidad. A Rodia Raskólnikov, su protagonista, le carcome el haber matado a su casera después de erigirse a sí mismo en juez del bien y el mal, de la vida o la muerte de otro. Su conciencia se convierte en su propio calvario, a través del cual pena sin salida. La dulce Sonia es su contraparte y, sin embargo, también es esclava de la culpabilidad. Sin haber cometido ningún crimen, ella toma sobre sí la culpa de los suyos, tratando de ser su redentora. Esto la va encerrando en un laberinto sin salida que degrada su propia dignidad y merma su esperanza, llegando a prostituirse para dar a los suyos más de lo que merecían. Pero en medio de estas tinieblas, despunta secretamente la luz de la redención. El amor va purificándoles y haciendo trascender hasta un acontecimiento superior: la palabra y la fuerza vivificadora de Cristo. En un pasaje estremecedor de la novela, Sonia lee a Rodia el pasaje de la resurrección de Lázaro. Esta proclamación transparenta todas las heridas de su propia vida, que hasta entonces ella intentaba reparar con sus propios sacrificios. En un emocionante crescendo la prostituta lee al asesino el portento de la resurrección del amigo querido de Cristo, consciente de que serán esas mismas palabras las que les podrán hacer resucitar también a ellos: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, si está muerto, resucitará, y todo el que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?”.

El drama de los personajes de Dostoievski refleja también el de los discípulos después de la cruz del Maestro: la culpabilidad les encierra, les separa entre sí y de los demás, les hunde en una oscura desesperanza. Solo la aparición de Cristo como vencedor de la muerte puede cambiar todo esto. Él no es el simple recuerdo de unos momentos hermosos, no es otro más que ha pasado por la tierra y ha sucumbido a un destino fatal. Está aquí, vivo y patente; le pueden ver, tocar y comer con él. Cumple así todo lo que antes anunciaba con sus palabras y con la secreta luz que se abría paso entre las más densas tinieblas. Ahora les abre a ellos el entendimiento. Porque no podían redimirse a sí mismos, como tampoco los personajes de Dostoievski. Es el Salvador quien nos librera de la esclavitud de la culpa por la comunión con él. Es quien hoy también nos pregunta, como a los discípulos: “¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón?”. Entremos en esta comunión como los primeros discípulos. Dejémonos sorprender gozosamente por su resurrección, que anuncia la nuestra, y nos invita a creer para ver la gloria de Dios.