Tormentas que empujan más allá

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Barcas en el agua azotadas por una tormenta
Barcas en el agua azotadas por una tormenta FOTO: Alonso Capul EFE

Lectio divina de este domingo XII del Tiempo Ordinario

Cuando Dios quiere llevarnos más allá de lo conocido y manejable, muchas veces nos adentra en la tormenta. Allí el viento en contra y el zarandeo de las olas pueden aferrarnos a lo más valioso, que es el amor con el que estemos viviendo o precisamente ese que nos falta vivir bien. Aquí es decisivo el paso de la fe, la pregunta acerca de quién es ese que se nos está revelando como Dios omnipotente y cercano Salvador. Meditemos atentamente:

Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla”. Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole: “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?”. Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: “¡Silencio, enmudece!”. El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: “¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!”. (Marcos 4, 35-40)

Hace un tiempo me decía un amigo que tenemos que cuidarnos de vivir desde el miedo porque, según su misma expresión, el miedo es ateo. Esta provocación me resultó muy iluminadora, y desde entonces la he podido comprobar en circunstancias muy variadas. La experiencia de los discípulos en este evangelio nos lo muestra magníficamente. Aquí lo central es qué es y qué valor tiene la fe, a la vez que se evidencia que el miedo es su pecado contrario, la más triste manera de no creer en Dios. Efectivamente, aquí los discípulos estaban empezando a conocer la gloria de su Señor, y tenían que crecer en lo que significa seguirle. Necesitaban pasar de los movimientos más básicos del alma, que son las emociones y primeros impulsos, al descubrimiento de Dios con la totalidad de sus cuerpos, mentes y espíritus; es decir, experimentarle como Aquel que envuelve y lleva a plenitud todo el ser personal. Porque hasta entonces seguían a Jesús por sus palabras, milagros y por la idea de un Mesías que resolvería los problemas del pueblo. Llagaba el momento de descubrirle como el que tiene la primera y última palabra sobre todo lo que existe, que duerme sereno en la barca bajo la tormenta porque puede ponerle veda. Así hace pasar a los suyos del miedo a la fe, de la desesperación a la seguridad. Él les adentra en el mar tempestuoso para hacerles superar el miedo ante los peligros externos, y también mostrarles que Dios actúa cuando parece que les ha arrojado a la desventura. Es ahí donde el miedo, que aparece inicialmente como una reacción a la amenaza externa, se hace más interior y acuciante, toca el punto central del corazón humano, que es donde Dios hace experimentar el consuelo y la fuerza de su cercanía. Si fe no llega ahí, nos quedaríamos en una religiosidad periférica y no dejaríamos de reaccionar ante cualquier adversidad desde los primeros impulsos y las emociones más básicas. No llegaríamos a conocernos verdaderamente ni ofreceríamos una respuesta de amor fuerte y confiada a Dios, que nos quiere llevar siempre más allá. Porque no estamos arrojados al caos, sino que existimos por la fuerza divina que nos hace unir inteligencia y fortaleza, prudencia y valentía, humildad y heroísmo. Es lo que debemos vivir cuando se levantan contrariedades y confusiones como viento en contra y olas que nos superan. Porque siempre las más peligrosas tormentas son las que dejamos desatar dentro de nosotros mismos.

Cuando la tormenta se levante

y permanezcas firme ante el timón.

Cuando con el silencio de los sabios

reconozcas que es hora de bajar las velas

y dejarse conducir por el soplo de Dios.

Cuando sepas dar calma a quienes

vean hundirse sus naves

y no llores tu propio naufragio.

Cuando contra el viento que traiciona,

y contra toda corriente de miedos y dolor.

Cuando contra la noche con sus hielos, permanezcas.

Cuando caigas con la pesca y la barca en fondo

y te mantengas atento al torrente de adentro,

entonces habrás vencido;

la pérdida será ganancia

y tu pequeña chispa encenderá una hoguera:

el calor del cielo entre las olas.

Alzado como faro en las noches de miedo,

habrás triunfado;

aun cuando parezca naufragio,

pero hayas permanecido firme en la llama inagotable.

Habrás llegado al esperado puerto.

Estará en ti

con todas tus voces sosegadas

y la luz serena del torrente sin final.

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