Audacia y esperanza

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Audacia y esperanza
Audacia y esperanza FOTO: La Razón (Custom Credit)

Lectio divina para este domingo XIII del Tiempo Ordinario

Seguimos hablando del miedo como lo contrario a la fe, de la inmovilidad ante lo que tememos como lo opuesto a la confianza y el valor para asumir la vida. Porque hoy leemos dos escenas del evangelio de Marcos (5, 21-43) que nos vuelven a presentar este tema. Cristo invita a Jairo, el jefe de una sinagoga, a creer en él aunque le han avisado que su hija ha muerto antes de que hubieran llegado a tiempo para curarla. Mientras van de camino, una mujer hemorroísa les sale al paso y queda sanada al tocar de hurtadillas el manto del Maestro. Así se nos muestra que la confianza y la audacia forman parte de la experiencia de fe, tan distintas de quien se deja vencer por las malas noticias y las situaciones que aparentemente ya no tienen solución.

Tanto a la hija de Jairo como a la mujer del camino literalmente se les iba la vida. La primera la pierde muy tempranamente, y la segunda la perdía con el flujo de sangre que no cesaba. A los doce años la niña veía cortada la promesa de su juventud, mientras que la mujer perdía su dignidad con una patología que la estigmatizaba y dejaba fuera de la relación con los demás. A una y a otra Jesús asiste con el portento que les devuelve a la vida en plenitud, pero sobre todo les hace capaces de darle una respuesta personal de fe. Jairo cree en Jesús hasta el punto de desafiar a la muerte como sentencia última para su hija; la hemorroísa recibe el trato y la respuesta personal del Señor junto con el milagro que restaura su integridad. Porque la verdadera vida solo se alcanza por medio de una fe que vea más allá de los límites evidentes.

Nosotros hoy vivimos demasiado acá, tan limitados por nuestras propias conclusiones, que tantas veces se quedan en lo que esa misma palabra significa: final de una historia, horizontes cerrados que no atisban más allá. Nuestra sociedad del bienestar, con todo lo positivo que eso significa, olvida el bien-ser. Tiende a disimular el mal, especialmente cuando toca la propia vida; lo maquilla con eufemismos o hasta procura colarlo como algo normal. De ahí que tendamos a rehuir de todo lo que nos recuerda que somos limitados, transitorios y frágiles, como la enfermedad y sus consecuencias. Paradójicamente, el dolor y la muerte pueden ser ocasión de gracia para considerar cómo estamos asumiendo la vida. Cuando tocan a nuestra puerta no nos ponemos a dar lecciones, sino que aprendemos. Buscando la ayuda Dios nos ponemos a la escucha y acogida de lo que Él quiere enseñarnos. Entonces divisamos el faro luminoso de la cruz de Cristo, donde él carga con toda la tragedia humana para redimirla a través de un amor sin reservas. Al contemplarla, recordamos que clavados junto a él también estuvieron tanto quien blasfemaba y se cerraba a la gracia, como el que tomó conciencia de su propia vida y quién era el que estaba junto a él, acompañándole en su sufrimiento, y así se ganó el Paraíso en un instante. Porque el dolor es como el sonar de la campana de la iglesia del pueblo, que llama a todos a la oración. Muchos la oyen y responden; otros pasan de ella y se quedan sufriendo solos.

Desde hace 20 años me acompaña una enfermedad crónica. Me ha tocado pasar pruebas muy duras, en que mis capacidades físicas han quedado al mínimo. Pero al mismo tiempo han sido momentos de experimentar una enorme presencia de Dios en mí mismo y en los que me han acompañado. No he conocido otra manera de encarar la enfermedad y la muerte. Por eso me cuestiona cómo hay quien vive estos acontecimientos de espaldas a Dios, que está de manera especialísima junto a quien sufre. Hoy, como tantas de esas veces, me pregunto y quiero preguntar al que me lee: ¿Es tan auténtica mi fe que me llena de vida y libertad o tengo una fe adormecida, que no me da vida ni a mí ni a nadie a alrededor?