Con fuerza sanadora

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Con fuerza arrolladora
Con fuerza arrolladora FOTO: José Javier Míguez Rego

Lectio divina de este domingo XV del tiempo ordinario

Con fuerza sanadora envía Jesús a los suyos. Capacitados con toda clase de dones, ellos continuarán la misión iniciada por el Maestro. No queda tiempo para detenerse, no se puede esperar ni un momento más. El amor es un continuo ir hacia adelante.

«En aquel tiempo llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y decía: “Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos”. Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban» (Marcos 6, 7-13).

La llamada y el envío de Cristo a sus seguidores se van haciendo cada vez más amplios. Primero les llama uno a uno; ahora les envía de dos en dos y finalmente les constituirá en iglesia, es decir, en comunidad universal de experiencia y respuesta de amor. El núcleo pulsante de este dinamismo es el encuentro de los elegidos con el Dios que les habla y les llama por medios muy humanos. Desde aquí cobra nuevo significado toda la realidad que nos compone, como la historia, las relaciones sociales y la misma manera en que podemos conocernos y trascender. Entonces se entiende que evangelizar es dar luz, la luz, sobre todo lo que de humano puede convertirse en divino, de cosa banal en materia, tiempo y espacio sagrado. Cristo ha venido para convertir el agua en vino, para dar de comer a cinco mil con cinco panes y dos peces, para hacer de la cruz de maldición la mayor prueba del amor de Dios, que vence la muerte para llenarnos de vida.

Las palabras con las que Jesús envía a los suyos no son una sugerencia, sino un mandato. Quien le ama no puede dejar de invitar a otros a conocerle, amarle y seguirle. Eso significa asumir desafíos y superar obstáculos, relativizar lo que podíamos considerar un bien muy valioso en favor del Bien mayor, que se gana sabiendo perder. Pero aquí es donde solemos quedarnos a mitad. No sabemos dar ese paso de libertad. Metemos frenos y cerramos puertas al dinamismo del amor. De modo que terminamos valorando más los medios que el fin y mirando más nuestra debilidad que la fuerza de Dios. En cambio, Él nos revela que lo valioso de la vida suele ser lo más sencillo, que lo más alto implica la humildad de ponernos por debajo, que la belleza no está en aparentar, sino en hacer que la realidad transparente su autenticidad y armonía. Estos son algunos de los demonios que el Salvador nos hace capaces de someter y expulsar.

Tantas veces se nos mueve a alcanzar victorias, medrar y triunfar, pero pocas se nos invita a tomar el último lugar, justo ese el que tiene la visión del conjunto. La llamada y el envío de Cristo invierten esas prioridades, poniendo cada cosa en el lugar que corresponde. Los apóstoles saldrán al camino, sí, pero primero tendrán que hacer su personal recorrido desde lo aparente a lo auténtico, dejando atrás tantas de sus seguridades. Es desde aquí que comienza a actuar la fuerza del Salvador, cuyas palabras son fuego que purifica y transforma desde dentro a cada persona. Y como el mismo fuego, se expande y abrasa siempre más allá, dejando en pie solo la verdad. ¿A qué punto te encuentras en tu seguimiento del Señor, que toma la cruz para liberar y vencer las mentiras del mundo? ¿Cuáles son los frenos que te impiden seguirlo con libertad de espíritu? ¿Cuáles son esos lastres de lo aparente que has de dejar para avanzar solo con la fuerza de la verdad?