Tomar y multiplicar

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

El Arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, preside una eucaristía
El Arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, preside una eucaristía FOTO: A. Pérez Meca Europa Press

Lectio divina para este domingo XVII del tiempo ordinario

Solemos buscar a Dios para pedirle, y esto no es malo, pero sí insuficiente. Él no solo quiere darnos algo, sino que se da a Sí mismo. Para que no nos detengamos en nuestras precariedades, Cristo las asume y supera haciéndose presente y sustentándonos desde ellas. Así lo hace con la multitud para la que multiplica el pan sobre el monte como anuncio de la Eucaristía, en la que él se queda para alimentarnos con la presencia perenne de su amor sacrificado y glorioso. Leamos con calma este pasaje:

«En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: “¿Con qué compraremos panes para que coman estos?” Lo decía para tentarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer. Felipe contestó: “Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.” Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?” Jesús dijo: “Decid a la gente que se siente en el suelo.” Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: “Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.” Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: “Este sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo.” Jesús entonces, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo» (Juan 6, 1-15).

Junto al lavatorio de los pies, el pasaje de hoy expresa en el evangelio de Juan la institución de la Eucaristía. Ella es señalada aquí en los gestos de Jesús de tomar los panes, bendecirlos y entregarlos a quienes le siguen y escuchan. Pero sobre todo se nos revela como la presencia divina en la historia y las necesidades humanas. Jesús viene para alimentarnos de la vida nueva de la gracia, el derroche de su amor, la abundancia y la comunión con él. Hoy la Palabra nos mueve a tomar conciencia de este significado del Pan del cielo, para acoger más plenamente a Dios que se acerca a nosotros. Porque tantas veces nos acercamos nosotros a Él con actitudes y perspectivas aún muy cortas, que nos impiden contemplar y celebrar con propiedad su trascendencia y hondura. Lo que Cristo dio a los que le escuchaban en el monte no fue solo pan; fue, ante todo, un milagro, y es lo que continúa ofreciéndonos cada vez que nos acercamos a la Eucaristía. Esta es mucho más que un símbolo, y su celebración, infinitamente más que un convite. Es la presencia y actualización de su amor sacrificado por nosotros, ante lo cual no podemos menos que maravillarnos, rendirnos y adorar.

El apóstol Felipe estaba limitado por una visión meramente humana, por lo que su desconfianza inicial nos recuerda a todos los que ven frustrada su autosuficiencia. Sus cálculos no estaban errados, pero no contaba con la acción divina, que siempre trasciende nuestras capacidades. Porque Dios asume todo lo bueno de nuestro mundo no para dejarlo igual, sino para trascenderlo. Por eso cuando se ofrece en la Eucaristía no es para que le encerremos en nuestros esquemas limitados, sino para que estos trasciendan por la gracia, que es siempre un amor mayor. Todo ello está presente en el alimento que Cristo toma, multiplica y comparte, de tal modo que así como le bastan cinco panes para alimentar a cinco mil, le bastan igualmente nuestros ofrecimientos humildes para darnos siempre mucho más. Las doce canastas llenas que se recogieron al final de esta escena hablan de la sobreabundancia de la gracia. El Reino de Dios se da en exceso, para que sobre y se siga multiplicando. Quizá por eso se recogen tantas cestas como apóstoles, pues serán ellos los que continuarán su acción de bendecir y multiplicar las maravillas de Dios en nuestro mundo y, sobre todo, mucho más allá de él. ¿Nos damos cuenta de lo que todo esto significa?