Los test rápidos y frecuentes podrían paralizar la Covid-19 en seis semanas

Un estudio de la Universidad de Harvard confirma que realizar pruebas a tres de cada cuatro personas cada tres días lograría extinguir la epidemia en apenas un mes y medio

La pandemia de la Covid-19 sigue desbocada prácticamente en todo el mundo y resulta cada vez más necesario echar el freno a los contagios. La pregunta del millón es cómo. Y la respuesta parece ser clara: Analizar a la mitad de la población semanalmente con pruebas de la Covid-19 económicas y de respuesta rápida, como los test de antígenos, impulsaría la eliminación del virus en semanas, incluso si esas pruebas son significativamente menos sensibles que las pruebas clínicas de referencia como la PCR, según un nuevo estudio publicado ayer en la revista Science Advances por la Universidad de Harvard y la Universidad de Colorado Boulder.

Según apunta la investigación, tal estrategia podría conducir a “pedidos personalizados para quedarse en casa” sin cerrar restaurantes, bares, tiendas minoristas y escuelas. “Nuestro hallazgo general es que, cuando se trata de salud pública, es mejor tener una prueba menos sensible con resultados hoy que una más sensible con resultados mañana”, advierte el autor principal Daniel Larremore, profesor asistente de Ciencias de la Computación en CU Roca. “En lugar de decirles a todos que se queden en casa para asegurarse de que una persona enferma no la contagie, solo podríamos dar órdenes de quedarse en casa a las personas contagiosas para que todos puedan seguir con sus vidas”.

Acabar con el virus en seis semanas

En un primer escenario planteado en el estudio, en el que el 4% de las personas en una ciudad ya estaban infectadas, las pruebas rápidas a tres de cada cuatro personas cada tres días redujeron el número finalmente infectado en un 88% y fueron “suficientes para llevar la epidemia hacia la extinción en seis semanas”.

Aunque ahora esta alternativa pueda parecer un objetivo difícil de alcanzar, lo cierto es que cada vez lo es menos, ya que el estudio se produce cuando las empresas y los centros de investigación académica están desarrollando pruebas de respuesta rápida y de bajo costo que podrían implementarse en entornos públicos grandes o comercializarse para uso personal.

Los niveles de sensibilidad varían ampliamente según la prueba realizada. Los test de antígenos requieren una carga viral relativamente alta (alrededor de mil veces más virus en comparación con la prueba de PCR) para detectar una infección. Otra prueba, conocida como RT-lamp (amplificación isotérmica mediada por bucle de transcripción inversa), puede detectar el virus en alrededor de 100 veces más virus en comparación con la PCR. Por su parte, la prueba de PCR de referencia requiere tan solo de 5.000 a 10.000 copias de ARN viral por mililitro de muestra, lo que significa que puede detectar el virus muy temprano o muy tarde.

“Hay una ventana muy corta, al comienzo de la infección, en la que la PCR detectará el virus, pero algo como un antígeno o una prueba LAMP no lo hará”, asegura Parker. Y durante ese tiempo, la persona a menudo no es contagiosa, añade. “Estas pruebas rápidas son pruebas de contagio”, confirma el coautor principal, el Dr. Michael Mina, profesor asistente de Epidemiología en Harvard T.H. y en la Escuela Chan de Salud Pública. “Son extremadamente efectivos para detectar Covid-19 cuando las personas son contagiosas y lo más importante es que también son asequibles”, agrega.

Las pruebas rápidas pueden costar apenas unos pocos euros cada una y devolver los resultados en 15 minutos, mientras que algunas pruebas de PCR pueden tardar incluso hasta varios días. Por ello, Mina imagina “si la mitad de los estadounidenses se hicieran la prueba semanalmente y se aislaran si daban positivo, el resultado sería inmediato. En unas pocas semanas, podríamos ver que este brote pasaría de un gran número de casos a niveles muy manejables”, advierte Mina.

Espacios concurridos

Las pruebas rápidas también podrían ser la clave para recuperar la forma de convivir con el virus, incluso en espacios muy concurridos, como estadios de fútbol, salas de conciertos y aeropuertos. “Los clientes podrían hacerse la prueba rápida de camino a esa cita, y si sale negativa, seguir con su actividad, aunque siempre con la precaución de seguir usando mascarillas en lugares públicos”, apunta Larremore.

Y el gasto, aunque a priori pudiera parecer excesivo, no lo sería tanto si se tiene en cuenta, tal y como asegura Mina, que “menos del 1% del costo actual de este virus permitiría realizar pruebas frecuentes para toda la población estadounidense durante un año”, haciendo referencia a un análisis económico reciente de Harvard.

Esta teoría demostrada en esta última investigación también se ha llevado a la práctica en algunos países asiáticos con gran éxito. “Es hora de cambiar la mentalidad en torno a las pruebas de pensar en una prueba de Covid-19 como algo que se obtiene cuando cree que está enfermo a pensar en ella como una herramienta vital para romper las cadenas de transmisión y mantener abierta la economía”, concluye Larremore.