¿Es el cerebro el nuevo órgano “diana” de la Covid?

Los expertos estudian si ciertos síntomas persistentes como la neblina mental o la dificultad para desenvolverse en ciertas situaciones son fruto del estrés postraumático o se deben al propio virus

Jose Manuel Diego , paciente que ha superado el covid
Jose Manuel Diego , paciente que ha superado el covidRubén MondeloLa Razón

La barrera entre lo psicológico y lo biológico es muy difusa cuando hablamos del Covid-19. Síntomas persistentes como la denominada neblina mental o la dificultad para comprender o desenvolverse en situaciones que, antes de padecer la infección, no conllevaban ninguna dificultad, parecen no estar relacionada con una afectación neurológica sino con una condición psicológica de angustia y estrés post traumático.

Aunque, en principio, el SARS-CoV-2 no es virus neurotropo (que ataque principalmente al cerebro) existen varias investigaciones “post mortem” (es decir, en cerebros de pacientes que han fallecido a causa de la infección) que muestran que la invasión del Sistema Nervioso Central (SNC) no es algo episódico y que podría ser peligrosa a largo plazo. Lo que hasta ahora se desconocía era por donde accedía y que lesiones podía causar.

Gracias a una investigación del Hospital Universitario la Charité, de Berlín, publicada hace unos días en el último número de la revista "Nature Neuroscience" se sabe que la puerta de entrada del virus es por el epitelio de la mucosa de la nariz, y de ahí asciende al bulbo olfatorio. Un hallazgo que ayudaría a explicar síntomas neurológicos muy comunes de los contagiados como la anosmia, la ageusia, el dolor de cabeza, la fatiga y las náuseas que, hasta ahora, se creía eran fruto de la respuesta inmunitaria del organismo frente al virus.

"El SARS-CoV-2 tiene un sistema de neuroinvasión muy sofisticado: aunque hace ’'explotar’' los engranajes de las células cerebrales, no las destruye. Lo que, hoy por hoy, sabemos fehacientemente es que provoca una cascada inflamatoria y daño a las neuronas", señala Sebastián García, neurólogo del Hospital Ramón y Cajal. "Los estudios que hemos realizado extrayendo líquido encefalorraquídeo a pacientes hospitalizados con cuadros graves de infección en momentos de agitación no han mostrado presencia del ARN del virus, sino marcadores de inflamación.

Eso no significa que no la haya o la pueda haber, dado que no eran pruebas dirigidas a buscar esos marcadores", explica. Y es que este virus ha demostrado que nada es lo que parece. "Debemos tener la mente abierta y prestar mucha atención a lo que sabemos y a lo que nos dicen nuestros pacientes, y es que existe una agrupación sintomática frecuente que se repite en perfiles muy distintos de personas, no solo las que han tenido cuadros graves de la infección, sino también las que la han pasado de un modo leve o moderado", añade. El estudio Albacovid, publicado en agosto en la revista "Neurology", mostró por ejemplo que, de 841 pacientes ingresados por covid-19 en dos hospitales de Albacete durante el mes de marzo, más de la mitad manifestaron síntomas neurológicos

Estrés postraumático

José Manuel Diego, un comercial de 55 años, es una de esas personas a las en las que el Covid-19 ha dejado una huella imborrable. Actualmente está diagnosticado de un cuadro agudo de estrés postraumático y hace menos de un mes que decidió dejar de usar el bastón. Les costó seis meses reaprender a andar, y aún tiene dolores de cabeza tan intensos que siente que se va a volver loco. Perdió a su mujer y a su suegra mientras él se debatía entre la vida y la muerte en la UCI del Hospital Ramón y Cajal de Madrid. No se pudo despedir, pero, en la nebulosa que le rodeaba durante esos días, sintió el dolor de más muertes que la suya propia. "Yo sabía que iba a morir, tenía la absoluta certeza. Desde el momento en el que llegué al ambulatorio me iba desvaneciendo poco a poco, hasta perder totalmente el contacto con la realidad. Le dije a los médicos que no quería morirme", afirma. Pasó 17 días en estado crítico, con una neumonía bilateral, rodeado de cables y sintiendo como se le iba la vida. "Es difícil que se entienda pero estuve muerto, no en sentido figurado, muerto de verdad. Me vi en la cama, desde otro ángulo de la habitación, sentí un fogonazo de luz como si estuviera mirando de cerca al sol y, al lado, todo era negro y aparecía una especie de camino que se estrechaba al final. Fue el único momento desde que caí enfermo en el que sentí paz y, en esos instantes, quería hacerlo, quería seguir notando esa calma, aunque eso supusiera marcharme para siempre. Vi a dos de mis seres más queridos que fallecieron hace años, que me decían que no debía estar ahí, que tenía que volver, y supongo que por eso estoy aquí ahora". Cuando despertó, le esperaba la dura realidad del fallecimiento de su mujer y su suegra, a las que la infección se había llevado en pocos días. Al intenso dolor emocional de lo vivido se sumaron los efectos devastadores de su paso por la UCI (pérdida del 40% de masa muscular y de 20 kilos de peso), la pérdida de movilidad del 90%, las terribles pesadillas vívidas (en las que muere una y otra vez), el vacío, la impotencia y el bloqueo mental. El tratamiento de José Manuel incluye rehabilitación, terapia psicológica y tratamiento con psicofármacos y pruebas periódicas para comprobar si el virus le ha causado daños a nivel sistémico. Lo que está viviendo José Manuel les pasa a muchas personas, y los especialistas tienen muy complicado diferenciar que parte es efecto del estrés postraumático y cuál puede ser adjudicada directamente al virus.

Ansiedad

La ansiedad es uno de los efectos más peligrosos que está teniendo la pandemia. Y lo es porque se ha convertido en un mal compartido, inherente a la situación que estamos viviendo, aunque cada uno lo vive a su manera. "La mayoría de las personas que estamos atendiendo en estos meses vienen por problemas de ansiedad. Y los que acuden al menos han buscado ayuda, pero hay muchísima gente que está sufriendo mucho emocionalmente, y que lleva haciéndolo durante meses, y no busca ayuda porque cree que puede resolverlo solo", explica Dafne Cataluña, terapeuta y fundadora del Instituto Español de Psicología Positiva. Para la experta, hay una serie de signos que pueden ayudarnos a identificar cuando es necesario ponerse en manos de una profesional. "Sería cuando la intensidad de lo que estoy sintiendo sea tan grande y tan persistente que no me permita siquiera realizar tareas cotidianas, como trabajar, estudiar, concentrarme en una película, etc. Otro signo muy claro es el sueño. Cuando la cantidad y la calidad se reduce significativamente suele haber un problema emocional de base".

Nuria Valle, ha superado el COVID pero tiene secuelas psicológicas
Nuria Valle, ha superado el COVID pero tiene secuelas psicológicasRubén MondeloLa Razón

Y así es como se sentía Nuria del Valle, una profesora de primaria de 26 años, recién licenciada, a la que la pandemia le ha provocado varias crisis de ansiedad. "Yo siempre he sido una persona muy tranquila, estable psicológicamente. Por eso me negaba a creer lo que me estaba pasando".

Su caso es el de cualquier persona de su edad, que paso de ilusionante sensación de su primer trabajo y su independencia a tener que volver a casa de sus padres al quedarse sin ingresos. "El primer confinamiento fue difícil, era un cambio radical para mí, como volver a ser una niña. Sin embargo, lo fui llevando bien hasta que llegó el verano. Con la desescalada recuperé un poco de libertad, pero dos amigos míos dieron positivo y tuve que volver a confinarme. Y ahí fue cuando me derrumbé. Una noche, no podía dormir, y me puse a llorar sin parar. Estuve horas y horas llorando, no sabía por qué, pero sentía una tristeza y una angustia muy profunda. Se me dormían la cara, y las manos, y sentía que me iba a caer al suelo redonda".

Se ha recuperado con mucha paciencia y, aunque no descarta acudir al psicólogo si le vuelve a pasar, por ahora ha decidido usar sus propios recursos con técnicas de relajación y aprendiendo un poco más sobre esta complicada emoción que, según pronostican los expertos, seguirá con nosotros más tiempo que el virus.