Dejarse la cara (literalmente) en la lucha contra la covid

Una médico y una consultora segovianas realizan un estudio a varios sanitarios en el que demuestran cómo el estrés postraumático vivido ha afectado a la morfología de su rostro

Alba Hernández, médico de 50 años que se ha sometido al estudio. En la imagen se aprecian los cambios en su rostro. Por ejemplo, en los ojos en la segunda fotografía se aprecia cómo no están tan abiertos como en la primera y muestran cierto hundimiento, una señal protección y de mayores reservas a la hora de interpretar la información exterior.
Alba Hernández, médico de 50 años que se ha sometido al estudio. En la imagen se aprecian los cambios en su rostro. Por ejemplo, en los ojos en la segunda fotografía se aprecia cómo no están tan abiertos como en la primera y muestran cierto hundimiento, una señal protección y de mayores reservas a la hora de interpretar la información exterior.La RazónLa Razón

Hasta ahora se ha investigado y hablado en profundidad sobre las secuelas físicas de la covid, del impacto de este virus letal en nuestro organismo y las transformaciones orgánicas que producen en nuestro interior, el daño irreparable en el engranaje de las entrañas. Pero su huella no tiene límites y el rostro también se ha convertido en una víctima colateral del coronavirus. Así lo han demostrado dos investigadoras segovianas que han analizado la mutación de los rasgos de quienes se han visto cara a cara con la enfermedad.

Alba Hernández, que ejerce de médico de urgencias de atención primaria del centro de salud de San Lorenzo, en Segovia, y Arantxa Santamaría, consultora estratégica del ámbito sanitario, se conocieron durante un máster de Comunicación no verbal Científica y Comportamiento Humano que cursaban en la Fundación Empresa Universidad de Alicante y como trabajo final decidieron investigar las facciones de los sanitarios antes y después de la primera ola. «Alba comentó en clase que, al mirarse en el espejo, notaba cómo en cuestión de meses su rostro había cambiado por completo, así que decidimos comprobar si esto era algo puntual que le había ocurrido a ella o si compañeros que como ésta médico estaban en la primera línea de la lucha contra la covid habían sufrido las mismas mutaciones», subraya Santamaría.

José Manuel Yeste, enfermero, 26 años. En sus ojos se aprecia que 
en la actualidad están más abiertos, principalmente el derecho. Por encima del párpado se detecta la «V» invertida como consecuencia de su caída, un elemento que se asocia directamente al sentimiento de tristeza.
José Manuel Yeste, enfermero, 26 años. En sus ojos se aprecia que en la actualidad están más abiertos, principalmente el derecho. Por encima del párpado se detecta la «V» invertida como consecuencia de su caída, un elemento que se asocia directamente al sentimiento de tristeza. La RazónLa Razón

«El objeto del estudio ha sido demostrar que las situación de estrés postraumático vivido por los profesionales del ámbito sanitario afecta a la morfología facial, transformándolo en un rostro con características menos emocionales, más retraídas y más angulosas», añade Hernández, que ha formado parte de la investigación. A ella se han sumado además otros 27 profesionales sanitarios del servicio de urgencias hospitalarias del Hospital General de Segovia, el servicio de urgencias de Atención Primaria (SUAP) y el servicio de asistencia municipal de urgencias y rescates (112).

«Para comenzar, solicitamos a los participantes, los cuales tienen entre 25 y 60 años, que nos enviaran fotografías del rostro de antes de la pandemia, tomadas entre finales de 2019 y primeros de 2020, así como otras instantáneas realizadas tras la primera ola vivida en los meses de marzo, abril y mayo, realizadas entre los meses de agosto y diciembre de 2020. A partir de ahí se inició el análisis científico», relatan.

Los resultados fueron claros: transformación de la forma del rostro, gestos afilados, arrugas, párpados caídos y la clásica «V» invertida. Aplicando herramientas científicas con base en la neurociencia, ambas expertas han determinado que «los profesionales se han cerrado más respecto a la información que reciben del exterior. Esto lo observamos en que el rostro se vuelve más estrecho, dando la impresión de ser más alargado, independientemente de si hay pérdida o ganancia de peso en general. Además, los ojos se encuentran más hundidos y los orificios nasales se cierran».

De igual modo, han observado un hundimiento en los pómulos y el hueso se hace más visible «lo que denota que se han vuelto más introvertidos y directos en su comunicación, algo que también se ve reflejado en la forma más recta del rostro al disminuir las zonas redondeadas». Asimismo, el estrés al que han sido sometidos los sanitarios ha dejado una marca imborrable: «Este aspecto se detecta en los ojos, concretamente en el derecho que se encuentra un poco más cerrado que el izquierdo», apunta Hernández.

En los análisis realizados durante estos meses se aprecia de igual modo un aumento «significativo» de la tristeza , «en concreto, es una tristeza profunda, información que nos la proporcionan los ojos. En este caso lo observamos en el extremo del párpado superior que forma una «V» invertida (^). De igual modo, el ojo izquierdo se cierra un poco más que el derecho», añade Santamaría.

Inflexibles, secos y reservados

La decepción es otro rasgo fundamental que emana del informe, según coinciden las autoras, que confiesan que continuarán su investigación en los próximos meses y que, de hecho, barajan la posibilidad de realizar una tesis al respecto. «La decepción se canaliza a través de las arrugas nasogeniales, que son las que van de la nariz a la boca. Estas arrugas o bien aparecen o, en caso de que ya estuvieran presentes antes de la pandemia, se marcan aún más. Sucede exactamente lo mismo con las arrugas en la zona de la frente».

Después de este estudio empírico, Alba y Arantxa han llegado a la conclusión de que su investigación denota que «además de haber cambiado el rostro, lo ha hecho también la personalidad de los sanitarios, su manera de comunicarse y relacionarse tanto con su entorno profesional como son los pacientes y compañeros, como con su entorno personal, afectando significativamente a la parte emocional de estos profesionales».

Por este motivo, y siempre según las expertas, estas mutaciones suponen a nivel expresivo una transformación notoria en cuanto a la comunicación colectiva: «Hemos pasado de ser una sociedad amable a otra más fría y calculadora. Quizá se han dejado a un lado las características más propias de la cultura mediterránea para acercarnos a la germánica. La cultura comunicativa alemana es más directa, inflexible. Ellos son más secos, reservados y distantes. Es precisamente hacia ese tipo de gestualidad hacia la que nos ha conducido la pandemia», acuerdan la médico y consultora que, añaden, «nos afectará sin duda en la manera de relacionarnos desde ahora. Buscaremos el modo de protegernos del exterior».

A la espera de una sesión informativa con los protagonistas del estudio, Alba y Arantxa ya han recibido el «feedback» de ellos «y lo que hemos comprobado es que con este trabajo se ha generado conciencia entre ellos mismos. Sabían que el estar en primera línea de la pandemia les pasaría factura, pero hasta que no lo han visto reflejado en las fotografías y el análisis no se habían percatado. Hay algunas imágenes del antes y el después que son como la noche y el día», afirman.

La pregunta que surge después de leer su informe es si estos cambios son perennes o reversibles: «Esta situación puede revertir, pero hay una huella emocional fuerte, los síntomas de un estrés postraumático, por lo que podría llevar mucho tiempo. Los rasgos de tristeza profunda son una marca más intensa que habría que trabajarla de manera terapéutica. Pero hay que tener en cuenta que estas personas están en plena tercera ola y no pueden parar en seco para acudir a una terapia en este sentido», concluye Santamaría.