El cigarrillo electrónico: el «cinturón de seguridad» del tabaquismo

Varios expertos responden a todas las preguntas sobre el consumo de nicotina y la reducción del daño de las alternativas sin humo en una conferencia de una organización científica independiente de Bulgaria

Varios estudios científicos concluyen que los vapeadores reducen el daño en más de un 90% con respecto al cigarrillo convencional.
Varios estudios científicos concluyen que los vapeadores reducen el daño en más de un 90% con respecto al cigarrillo convencional.

Aunque no lo parezca, han pasado casi 20 años desde que un farmacéutico chino patentara la primera alternativa sin humo al cigarrillo convencional. Hon Lik inventó el primer vapeador cuando todavía no había sido bautizado como tal y mucho antes de su popularización en todo el mundo. Hoy en día, ya nadie se extraña al verlos por las calles y cualquiera podría identificarlos por su nombre, pero, ¿sabemos realmente lo que son los cigarrillos electrónicos? De qué están hechos, quiénes los consumen, cuáles son sus efectos en la salud o qué diferencias presentan con respecto al cigarrillo convencional. Con el objetivo de dar respuesta a estas y a otras tantas cuestiones, Arbilis, una organización científica independiente de Bulgaria, celebró hace unos días una conferencia en línea para abordar las principales dudas sobre este producto. Un evento internacional al que asistió virtualmente LA RAZÓN y en el que participaron como ponentes tres expertos: Borislav Georgiev, jefe de Cardiología Clínica en el Hospital Nacional de Cardiología de Sofía, quien moderó la charla; Peter Harper, ex jefe de Oncología de los hospitales Guy’s, King’s y Saint Thomas de Londres; y, por último, un español, el catedrático emérito del Departamento de Química Aplicada de la Universidad Autónoma de Madrid Ángel González Ureña.

Y como las dudas son muchas, conviene empezar por el principio: la definición. En este sentido, el profesor Ángel González Ureña optó durante su intervención por explicar lo que es y lo que no es un cigarrillo electrónico desde la comparativa con el cigarrillo convencional, apuntando apenas la nicotina como punto en común y, en la otra cara de la moneda, dos diferencias fundamentales: por un lado, sus componentes, pues «el electrónico no contiene tabaco, sino que incluye la nicotina en una solución líquida compuesta por alcoholes como el propilenglicol y la glicerina vegetal junto con aromas»; por otro, en la forma de consumo, ya que «el cigarrillo convencional se quema a unos 1.000 ºC, mientras que el cigarrillo electrónico se calienta a 320 ºC, es decir, ¡a 600 ºC menos!». Estas dos características, continúa el catedrático español, tienen una lectura clara en términos químicos: «A temperaturas más bajas no se produce combustión ni pirólisis, es decir, no se liberan tantas sustancias tóxicas, que se reducen en el caso de los vapeadores en más de un 90% con respecto al tabaco tradicional».

Lo que abre la puerta al siguiente gran interrogante: ¿qué es más seguro, fumar o vapear? En primer lugar y como bien aclaró durante su ponencia el doctor Borislav Georgiev, hay que partir de la premisa de que «la mejor opción es siempre la de no fumar», pero, para aquellas personas que no pueden o no quieren salir del tabaquismo, «los cigarrillos electrónicos son mucho menos dañinos que los cigarrillos de combustión, por lo que son una buena alternativa para usarlos como un primer paso para la cesación completa». Una idea que apoyó cuando llegó su turno el doctor Peter Harper: «Dejar de fumar es la mejor opción, pero esto es muy difícil, de hecho, el 64% de los pacientes de cáncer siguen fumando», aseguró el experto. Para todas esas personas, el cigarrillo electrónico representa una posibilidad de reducir el daño de su mal hábito, pues, como prosiguió en su explicación el oncólogo, «el humo que se produce al quemar el tabaco contiene 6.000 componentes químicos y partículas de entre los cuales 93 están identificados por la Administración de Medicamentos y Alimentos de Estados Unidos (FDA) como dañinas y casi 80 de ellos como carcinógenos o potencialmente carcinógenos».

Recapitulando: los cigarrillos electrónicos son dispositivos que utilizan una pequeña batería para calentar una solución líquida a base de nicotina que se vaporiza y no produce humo, de modo que, aunque no son inocuos y contienen la sustancia adictiva del tabaco, evitan aquellas otras más nocivas al eliminar de la ecuación el proceso de combustión. «En el pasado se pensaba que era la nicotina la causa de los problemas, pero ahora se sabe que los culpables son el monóxido de carbono, el benzopireno y las glicoproteínas que se encuentran en el humo del tabaco y que son la causa de las patologías cardiovasculares», aclaró el doctor búlgaro. Dicho de otro modo, los cigarrillos electrónicos representan, tras la prevención y la cesación, la tercera pata en la lucha contra el tabaquismo, que es la reducción del daño.

«Como doctores, debemos aceptar que cierto nivel de malas decisiones es inevitable y por ello hemos de establecer un objetivo y minimizar los daños, algo que no es nuevo, sino que venimos haciendo en muchos otros contextos: frente a la conducción a velocidades muy rápidas, integramos un cinturón de seguridad y airbags o frente a las largas exposiciones al sol, inventamos cremas protectoras; entonces, ¿por qué no hacemos lo mismo con el tabaco?», lanza al aire Peter Harper. Una reflexión que gana sentido teniendo en cuenta que, según explicó Borislav Georgiev, «incluso cuando alguien deja de fumar, nunca se pueden eliminar los riesgos a los niveles de alguien que nunca ha fumado: hasta diez años después de dejarlo, seguirá existiendo algún riesgo residual asociado al tabaquismo». En fin, que como concluyó Ángel González Ureña, «la reducción del daño del tabaquismo no es una teoría, sino un hecho experimental» que hacen posibles las alternativas sin humo, como lo son los cigarrillos electrónicos.

¿Y si respirar en Madrid es más tóxico que vapear?

Durante la conferencia en línea de Arbilis, el catedrático de Química Aplicada de la Universidad Autónoma de Madrid Ángel González Ureña habló de algunos experimentos desarrollados en la capital española comparando los gases emitidos por el tráfico de la ciudad y los aerosoles de los cigarrillos electrónicos. Los resultados son impactantes, pues aseguró que las conclusiones de dichos estudios determinan que «caminando por una calle céntrica de Madrid estás expuesto a más tóxicos que estando cerca de alguien que vapea». Una idea que añade un punto en positivo a estos productos, ya que suponen una importante reducción del daño también para los llamados fumadores pasivos.