“Cambiar la hora es como vacunarse”

«De momento puede resultar incómodo pero lo haces para obtener un bien futuro. En este caso, preparar a la sociedad para los cambios de verano e invierno», señala el físico José María Martín Olalla

Imagen de la película muda estadounidense "Safety Last!" ("El hombre mosca") de 1923, protagonizada por Harold Lloyd
Imagen de la película muda estadounidense "Safety Last!" ("El hombre mosca") de 1923, protagonizada por Harold Lloyd FOTO: Hal Roach Studios ©GTRESONLINE

En la madrugada de hoy tendremos una hora más para dormir, descansar o, si se tercia, disfrutar de la noche. A las 3 de la madrugada, como por arte de magia, volverán a ser las 2. Se trata de un cambio al que ya deberíamos estar acostumbrados, ya que desde 1974 se realiza dos veces al año: una en primavera para adaptarnos al horario de verano y otra en otoño para prepararnos para el invierno. Se institucionalizó en 1974 tras la gran crisis del petróleo, cuando algunos países, entre los que se encontraba España, decidieron adelantar sus relojes en primavera y retrasarlos en otoño para aprovechar mejor la luz del sol y gastar menos electricidad e iluminación.

Hoy por hoy, este segundo propósito ha quedado obsoleto. El informe más actual al respecto lo elaboró la Comisión de Industria, Investigación y Energía del Parlamento Europeo en 2018 y señala que, aunque los cambios estacionales de hora pueden producir ahorros, estos son marginales, y que no hay certeza de que los beneficios se obtengan en todos los Estados miembro. «También indica que, aunque puede haber ahorros de energía en iluminación, no es tan evidente que ocurra lo mismo con la calefacción, que podría incluso aumentar su consumo. Además, los resultados son difíciles de interpretar ya que están fuertemente influenciados por factores externos, como la meteorología o el comportamiento de los usuarios», señalan desde el Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE).

Una vez superado el argumento económico del ahorro energético, la siguiente premisa que nos encontramos son los problemas fisiológicos y psicológicos que pueden originar los cambios de hora, y la supuesta disminución de la productividad. Respecto a los primeros, parece haber cierta evidencia de que nuestra salud se resiente de un modo transitorio, en concreto en lo que afecta a los hábitos de sueño en la población más vulnerable: niños y ancianos. Por otro lado, al disfrutar menos la luz del sol, pueden producirse trastornos digestivos, e incluso un estudio del año 2008 describió un nexo de unión entre este movimiento y el aumento en los infartos en los días posteriores.

En relación a la productividad, según algunas investigaciones, el hecho de que anochezca antes provoca cambios conductuales en las personas que prolongan su jornada laboral después del ocaso, como fatiga o falta de concentración, lo que incide en el rendimiento laboral y, por tanto, la producción. El problema es que todos estos argumentos no tienen una base sólida detrás ya que, como explican desde IDEA, los estudios de cambio horario requieren de un análisis prolongado en el tiempo para evaluar situaciones estacionarias que permitan analizar el impacto en años, y no en semanas o meses.

Con la intención de arrojar algo de luz sobre este tema, y tratar de entender en qué benefician, o no, a nuestra salud los cambios horarios, José María Martín Olalla, profesor de Física en la Universidad de Sevilla, ha realizado la investigación “Una evaluación cronobiológica de los riesgos de eliminar el cambio estacional de la hora”. Martín Olalla ha comparado el ritmo diario de trabajo y el ritmo diario de sueño/vigilia en Reino Unido y Alemania, ambos países con una latitud y unos estándares de vida similares, pero con la diferencia de que, en Reino Unido, el cambio estacional de hora está vigente desde el año 1918, mientras Alemania no lo practicó desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta 1980.

Sus conclusiones apuntan a que el mantenimiento de la misma hora durante los doce meses podría suponer un aumento de la actividad humana durante la madrugada en los meses de invierno, con las potenciales repercusiones en la salud que ello conlleva.

“En los lugares donde no se practicó el cambio de hora desde el principio, como Alemania, amanecía muy temprano y eso hacía que la gente entrase antes a trabajar. Pero, cuando llegaba el invierno, el resultado era que la vida comenzaba cuando aún era de noche, algo que está sobradamente demostrado que es perjudicial para el organismo”, detalla el investigador.

Comparando los casos de los dos países, se muestra que las consecuencias de ajustarse al cambio horario son transitorias y mucho más ligeras mientras que, eliminarlo, tiene otras consecuencias, desconocidas y más nocivas a largo plazo.

El experto lo explica con un ejemplo claro y muy de actualidad en esta época de pandemia. «Cambiar la hora es como ponerse una vacuna. El pinchazo molesta, e incluso puedes sentir dolor o algún efecto adverso en los días siguientes, pero lo haces porque quieres prevenir un mal mayor. Aplicado a este caso, aunque el cambio pueda provocar un ligero caos a corto plazo porque somos seres de costumbres, el beneficio que obtenemos haciéndolo es alinear el inicio de la actividad con el de la luz solar, regulando estacionalmente la actividad de forma similar a épocas pasadas». añade.

De hecho, en los países cercanos al paralelo 0, donde no hay estaciones, nunca se han planteado hacer cambios horarios. Sin embargo, en latitudes intermedias, ninguna alternativa está libre de los riesgos que las estaciones del año inducen en las sociedades modernas, con una vida social regida por horarios.

Martín Olalla también alude al hecho de que no se puede comparar el mundo de la época en le que se institucionalizó el cambio horario, con el actual, por lo que es muy difícil establecer paralelismos con los motivos que lo impulsaron entonces. “Uno de los cambios ha sido que se ha generado mucho más ocio, por lo que la gente ha valorado que es mejor ir más pronto a trabajar para después poder tener más tiempo libre seguido para dedicarlo a su vida familiar, personal, etc».

No obstante, el cambio horario ha sido objeto de debate en la Unión Europea. La Comisión llevó a cabo en 2018 una consulta pública en la que más del 80% de los 4,6 millones de ciudadanos que participaron se mostraron a favor de acabar con los cambios de hora. En base a este resultado, se propuso finalizar esta práctica y que en marzo de 2019 se produjera el último cambio de hora, pero la falta de consenso entre los Estados hicieron que Europa lo retrasase hasta 2021, dando la posibilidad a los distintos países de optar por permanecer en el horario de invierno o en el de verano. España aún no ha decidido por qué huso horario optar.