Igualdad

17 años del matrimonio homosexual: «Hijo mío, hoy se acaban los insultos»

Carlos y Emilio se dieron el «sí, quiero» el 11 de julio de 2005, ocho días después de que España se convirtiera en el cuarto país del mundo en legalizar estas uniones

A la izda., Carlos y Emilio, en sus primeros años de noviazgo en 1976. En la imagen del medio, el 11 de julio de 2005, cuando se casaron. A la derecha, el matrimonio en la actualidad
A la izda., Carlos y Emilio, en sus primeros años de noviazgo en 1976. En la imagen del medio, el 11 de julio de 2005, cuando se casaron. A la derecha, el matrimonio en la actualidadCedidas

«Cuando has vivido en un ambiente de persecución, violencia y discriminación legalizada por tu orientación sexual y de repente cambian las cosas, es una sensación de alivio y alegría que sirve para sanar las heridas del pasado. De un día para otro pasas de ser insultado y tachado de maricón marginado a ser una persona con plenos derechos». Así relatan Emilio Menéndez y Carlos Baturín, la primera pareja homosexual que se casó en España desde que el matrimonio entre personas del mismo sexo es legal, lo que supuso para ellos este paso histórico en la historia de nuestro país.

Se dieron el «sí, quiero» tan solo ocho días después de que España se convirtiera en referente mundial en derechos del colectivo. Fue el cuarto país en legalizar el matrimonio igualitario, tan solo después de Bélgica, Holanda y Canadá. El gran día de Emilio y Carlos tuvo lugar el 11 de julio de 2005, y a punto de celebrar su 17 aniversario de bodas recuerdan para LA RAZÓN cómo fue aquel día y qué supuso en su lucha y en la de un colectivo hasta entonces maltratado por la ley y la sociedad.

«Fue una experiencia que nunca olvidaremos. De hecho, yo siempre pensé que moriría sin verlo y mira, al final me convertí en el primero que utilizó la ley por la que tanto luchó Pedro Zerolo y que impulsó el Gobierno de Zapatero», apunta Emilio.

Y es que para ellos, aquello fue el broche de oro de una relación sentimental que ambos mantenían desde 1975. Se conocieron cuando Emilio apenas contaba los 20 años «y Carlos alguno más», dice entre risas. Su historia de amor no fue fácil. Una sociedad arcaica que salía de 40 años de dictadura y que se abría paso a una democracia frágil en la que los derechos de las minorías eran inexistentes. «Cuando nos conocimos, yo estudiaba Veterinaria en Madrid y Carlos, Psiquiatría. Desde entonces no nos hemos separado. Nos enamoramos y eso es lo que ocurre cuando encuentras a la persona de tu vida», apostilla.

Sin embargo, pronto vieron que era insostenible mantener su relación en España: «Carlos me propuso que nos fuéramos a América. Él había nacido allí. En aquellos años, en nuestro país era muy difícil mostrar una relación entre dos hombres. Había veces que estábamos en una cafetería y veíamos que había personas que nos miraban extraño. Pensábamos que quizá era policía secreta que nos observaba. Muchas veces teníamos que abandonar el local para evitar problemas. Date cuenta de que podías ir a la cárcel, había gente que te acusaba de escándalo público por se homosexual», rememora con ese pesar de quienes han vivido con miedo.

Así que optaron por mudarse a Boston unos años: «Yo regresé para hacer la mili ya que no quería cerrarme todas las puertas y posibilidades de futuro en el que era en mi país», subraya Emilio. En 1983 acordaron volver a España porque, según dicen, las «cosas iban mejor y ya se podía vivir más tranquilo, sin que te señalaran o con el temor a ser arrestado». Carlos ejerció como psiquiatra de éxito y Emilio fichó como escaparatista de El Corte Ingles, para quien trabajó durante 35 años, hasta que se jubiló.

Pero su lucha no concluye ahí. El amor había podido con todo pero había otro aspecto que manejar: la familia. La aprobación de su relación no fue sencilla, al menos en lo relativo a los padres de Carlos: «Antes de que nos fuéramos a América, tuve problemas con ellos, ya que entonces, ser homosexual era lo peor que le podía pasarle a una familia. Yo escuchaba cómo los vecinos le decían a mi madre que «vaya desgracia le había caído encima, que ellos habrían preferido tener un hijo drogadicto que maricón».

Su madre le quería por encima de todas las cosas, pero entendía que la vida de Emilio no iba a ser sencilla. «Ella siempre respetó mi relación pero sufría por lo que me pudiera ocurrir. Siempre deseaba mi bien y esto me podía traer problemas. Aunque mi familia se llevó un buen disgusto, tuve la suerte de que no me echaran de casa, como sí les ocurrió a muchos otros amigos y conocidos», dice con pesar.

No olvidar el pasado

Y es que, aquí, el matrimonio hace un inciso para afirmar que la juventud de hoy en día valore el esfuerzo de quienes han luchado, sufrido y llorado para conseguir la igualdad. «A los adolescentes puede que esto les suene a un pasado lejano, pero no hace tanto. Vivíamos en un Estado policial. Ni se imaginan lo que ha cambiado España». Es más, aunque son conscientes de que todavía hoy existe la homofobia y les duelen los numerosos delitos de odio que se continúan viviendo a diario, aseveran que «ahora, al menos tenemos una ley que nos ampara, antes no nos quedaba otra que callarnos».

Y de repente, sin esperarlo, llegó la posibilidad de poner la guinda a su relación. Carlos, que siempre ha sido muy organizado, escuchó en los medios de comunicación que el matrimonio homosexual sería pronto una realidad. «Así que comenzó a preparar todos los papeles. Yo le decía que qué optimista era, que menudo inocente pensar que nos permitieran casarnos. Pero él tenía razón, aquello iba en serio», relata el madrileño.

Una vez aprobada la ley, fueron los primeros en presentar los papeles en el registro. La hermana de Emilio era concejala en el Ayuntamiento de Tres Cantos, en Madrid, y les comentó que podrían celebrar allí su boda. Dicho y hecho. «A las seis de la tarde del 11 de julio estábamos listos para unirnos en matrimonio. La sorpresa fue cuando un rato antes nos llamaron para decirnos que se habían acreditado más de 80 medios para cubrir nuestro enlace, no me lo podía creer. Cuando entramos al salón del Ayuntamiento había allí todo un ejército de cámaras y fotógrafos, todos muy amables, la verdad», confiesan.

Durante la ceremonia, a Emilio lo que se le pasaba por la cabeza era «si me vieran mis abuelos, qué pensarían. Se mezclaban muchas emociones». Y allí estaba también su madre, quien tanto había sufrido por ellos. Cuando me vio, me confesó que era el día más feliz de su vida, nos abrazamos, nos emocionamos y me dijo al oído: «Hoy se acaban los insultos, hijo mío». Y es que a una madre le da igual con quien se acueste con su hijo, lo que quiere es su bienestar y felicidad», recuerda entre lágrimas. Carlos y Emilio hicieron historia.