Vuelve la Fiesta

Enrique Ponce, Morante de la Puebla y Pablo Aguado pasearon un trofeo cada uno en la corrida de El Puerto que colgó el cartel de "No hay billetes"

Tres o cuatro días fueron suficientes para colgar el ansiado cartel en cualquier espectáculo de «No hay billetes». Después vino la locura para conseguir entradas. Imposible. O casi. El misterio de la grandeza de la tauromaquia se había vuelto a generar en El Puerto de Santa María. La expectación, la ilusión en los tiempos difíciles, más allá de la Covid-19 que nos amarga la vida. Era la puesta de largo de la temporada. En la bella plaza gaditana y con un cuidado trabajo para homenajear a Joselito «El Gallo» en su centenario. Infinidad de homenajes de recuerdo estaban programados el año en el que la pandemia inundó nuestras vidas. Se notaba el ambiente no en los minutos antes sino en el día. Había runrún. Ganas de volver a pisar una plaza de toros.

«Hemos hecho un esfuerzo sobrenatural y con una ilusión tremenda. Va a haber un pequeño guiño a ese grandioso torero que fue Joselito El Gallo y que este año se cumplía el centenario. Por los motivos que todos conocemos no se han podido celebrar los homenajes y esta va a ser una manera de que esté presente. Hemos cuidado hasta el último detalle o, al menos lo hemos intentado, para que la plaza esté decorada, pintada… Y la música. Ahora solo falta que los toros embistan y la gente se divierta», comentaba horas antes José María Garzón, el empresario del festejo.

Y así fue. Lucía preciosa la bella de por sí plaza de El Puerto de Santa María recién remozada para el cumpleaños: los 140 le caían.

Enrique Ponce, Morante de la Puebla y Pablo Aguado, con toros de Juan Pedro Domecq, fue el cartel que acabó con el papel en taquilla. «Hemos acertado en algunas cosas y en otras nos equivocamos, pero lo importante es que la Fiesta está muy viva, que se han acabado las entradas en tres o cuatro días y en esta situación, en El Puerto se han vendido 5.300 entradas».

Con el cincuenta por ciento del aforo y un buen puñado de medidas de contingencia implementadas en la batalla contra el coronavirus. «Están marcados los asientos guardando distancia, geles en todas las puertas, la plaza está desinfectada, hay test rápidos comprados, la entrada y salida del público de manera escalonada. Muchas medidas y muchos costes, pero es la salud y en eso no podemos escatimar», mantiene Garzón en la cuenta atrás. El gran desenlace. «Hay un 80 por ciento más de personal para medio aforo que en un espectáculo normal», prosigue.

Se notaba la expectación en los aledaños. Era cartel estrella con Enrique Ponce, Morante de la Puebla y Pablo Aguado. Volvía no solo la tauromaquia, también la vidilla en los bares, con la distancia social permitida, trabajo para los taxi, restaurante y hoteles. El boom. «Con esto se demuestra que es una fiesta que gusta a los españoles y eso es lo más importante. El camino hasta llegar aquí ha sido duro y largo, pero merece la pena», afirmaba Garzón.

Con todo bien hilado, no hubo problemas para entrar a la plaza, disciplinado el público que mantuvo distancia y con la mascarilla, a pesar de que la temperatura no siempre acompaña y también a la hora de salir de la plaza.

Por megafonía recordaron las coordenadas básicas de este festejo. Los 140 años de celebración, el homenaje a Joselito y el minuto de silencio que nos acompañaría, de manera sublime por la banda, por nuestras víctimas. Las de Covid-19. Los nuestros. El Puerto era una fiesta. Desde el principio, explotó en una ovación cuando se recordó ese matiz de que su plaza es Real. La Real plaza de El Puerto. Y acabaron con un «Viva el Rey».

Era como un reencuentro muy esperado en día y hora. Era y fue la magia del toreo antes de desperezarse. Luego salió el toro. Rondó la tragedia al entrar a matar Ponce al primero, pero salió ileso. El capote de Morante serían las décimas de segundo exactas para poner de acuerdo a todos. El toreo de sus muñecas en una faena después en la que puso mucho. Todo. Un trofeo tras una estocada a cámara lenta que era un abismo. Ni fu ni fa con el desrazado quinto.

Pablo Aguado no se quiso quedar atrás con un tercero bueno. Lo cantó con la capa y en el quite, el duelo estaba en Sevilla en pleno Cádiz.

¿FINALES FELICES?

Caía la tarde y soplaba la brisa cuando saltó al ruedo el sexto. Anunciaban por megafonía cómo afrontar la salida de la plaza. Todo nuevo. Por fases. Pablo Aguado se hizo con ese sexto, que no sirvió para nada. Tres trofeos tres se habían repartido los diestros en la puesta de largo de la temporada. Más allá de los éxitos o los fracasos una nueva normalidad había sido posible en tiempos convulsos, revueltos y tensos. El público disfrutó a pesar de que el toreo solo nos sobrevino de vez en cuando.