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De dos grandes: Juan Belmonte y Chaves Nogales

  • Juan Belmonte, en imagen de archivo
    Juan Belmonte, en imagen de archivo
Almería.

Tiempo de lectura 4 min.

20 de febrero de 2014. 19:18h

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Almería. 20/2/2014

Una forma de escribir: la de Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres, 1944). Y una manera de interpretar el toreo: la de Juan Belmonte García, "Pasmo de Triana" (Sevilla, 1892-Utrera, 1962). Cercados y dehesas, a la luz de la luna. O del carburo. Trochas y veredas. Sangre y arena. Aventura y hado. Allí, con una chaquetilla, como muleta, aprendió a lidiar. Y a torear. Y a convertir en paradigma el axioma: parar, mandar y templar; y matar como mandan los cánones: citando, entrando por derecho, cruzándose y saliendo del embroque, sin perderle la cara al astado.

La técnica era la de José Gómez Ortega, "Joselito, el Gallo". Pero la verdad torera fue la del trianero, aunque nacido en la preclara calle Feria, de Sevilla. Se hizo a sí mismo. Con esfuerzo. Con sufrimiento. Con inteligencia. Y con sentimiento. Hasta pisar los terrenos más inverosímiles. Con la quietud, la verticalidad, la ligazón y la pureza como conceptos. Gallistas y belmontistas. Belmontistas y gallistas. Rivalidad, en el ruedo. Y amistad, en la vida. Lector y autodidacta. Amigo de Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Julio Camba y Hemingway. Lector de Stendhal y Dostoievski. Crónicas. Reportajes. Entrevistas. Pero nadie como Chaves Nogales captó la personalidad del universal matador de toros y el auténtico antecedente del toreo moderno. Manolete y José Tomás, como epígonos. O como seguidores fieles de sus fundamentos. Lo dijo Ernest Hemingway: "He conocido a dos genios. El uno fue Einstein; el otro, Juan Belmonte"

Leer y ver torear son dos formas de entender mejor la filosofía de la existencia. En la gloria y en el dolor. En el triunfo y en el fracaso. En el revés y en el aplauso. En la risa y en el llanto. "Juanito, ahora lo único que te hace falta es morir en la plaza", dixit el autor de "Luces de bohemia". "Se hará lo que se pueda, don Ramón", contestó el espada. Literatura y genialidad. Narración y sublimidad. Diálogo con la escritura. Monólogo con el toro bravo. Periodista de raza. Torero de leyenda. Para una única historiografía: la edad de oro del toreo, como tuvo a bien caligrafiar don Gregorio Corrochano. Las calles de Sevilla. El barrio de la Alameda. La quincallería. Los ruedos del mundo. El estilo periodístico. El capote y la franela. Sin engaños. Jugando los brazos. Cargando la suerte. Y citando al natural. Con la mano izquierda, convertida en poema del albero. Para dibujar el trazo hasta llegar a la perfección, dominando la embestida. Con armonía y limpidez. Componiendo la sinfonía de la sensibilidad. Con el alma y el corazón. Dejando a un lado la mentira y su aliada más próxima: la verdad a medias.

La sociedad española y sevillana de la época, reflejada con una prosa, en la que el periodismo supera a la literatura. Párrafo a párrafo. Hasta llegar al texto de una obra, que es una referencia excepcional en la propia historia de las letras. Y, por la excelencia de su tipología, en los anales del periodismo. Y, si la literatura quiere, de los suyos propios. Juan Belmonte y Manuel Chaves Nogales. Página a página. Colocado el libro, en la repisa del destino, después de haberlo leído una tarde de otoño. Como antología de la sociedad. Y de aquella España. Una tarde en la Maestranza. Otra, en Las Ventas. La sintaxis del arte. La gramática de la escritura. Con una estilística que es inimitable. Por distinta y magistral. Por singular y autodidacta. En uno y otro caso. Dos personalidades. Y dos maneras de oír el silencio, que versifica la madrugada. Con las horas acabadas, por encima del número veinticuatro. Que no es un mal número. Sobre todo, para un supersticioso. Bien sea a la hora de torear. Bien, a la hora de escribir. Después de un brindis. Donde la muleta y la palabra se reafirman como realidades en la sintaxis del deseo.

Tauromaquia, periodismo y literatura (si esta quiere), unidos en esas milésimas de segundo en las que vivir nos parece un paraíso perdido. Levantando la copa. Como mandan los maestros. Del ruedo y del periódico. Antes y después de aquel tiro en la sien, con una pistola Luger, del calibre 6.35, en la finca de Gómez Cardeña. Término municipal de Utrera. El pueblo de Enrique Montoya. Con Triana, en el recuerdo. Viendo una corrida de toros. Con figuras o sin figuras. O leyendo una de las mejores biografías, que se han escrito en español: "Juan Belmonte, matador de toros". Por un periodista: Manuel Chaves Nogales. El toreo rondeño puro, hecho trianero. Y la escritura, transformada en prodigio. Dos sevillanos, frente a frente. Siendo 1935, en la España de la República.

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