Déjate de playas y vuelve a las batallas

Un repaso a uno de los puntos estratégicos más importantes de nuestro país concede dos regalos: alimentar la vista con paisajes espectaculares de Navarra, y conocer nuestra historia desde una perspectiva objetiva, limpia de posibles políticas

Tengo el pellejo desgastado por la piedra. Después de recorrer Navarra, desde su punto más occidental hasta el extremo oriental, haciendo parada en cada uno de los recios castillos que hicieron de muralla defensiva contra el invasor, puedo decir que he conseguido adquirir un nuevo conocimiento. Es excitante; no es demasiado grande, pero es nuevo y brilla como las torres de los castillos contra la luz del sol. He saboreado entre los labios el aroma áspero de su tierra, regada por el vino y siglos de batallas ensordecedoras contra ese temido invasor. Navarra, tierra de reyes y bandidos; segada, regada y cosechada por generaciones de agricultores laboriosos, ha penetrado con punta de acero en las capas profundas de mi corazón.

No hacen falta sombrillas ni playas para experimentar las facetas de la vida que contienen mayores dosis de esplendor, es necesario huir tierra adentro, fingiendo que el coche es un corcel veloz, pisando la tierra fértil con un ahínco embriagador.

El punto estratégico perfecto

Los curtidos en la materia de estrategia sabrán que el mejor punto defensivo es aquél que puede proteger el terreno de cualquier atacante, sin importar el lado desde donde se abalance. Norte, sur, este, oeste, hablamos de tiempos en los que cualquier esquina podía escupir un vecino peligroso, así los castillos del sur navarro se sitúan en lo alto, con un orgullo atronador, esculpidos sobre peñascos de piedra firme y con las torres de vigía rozando el cielo. Desde ellos se han frenado innumerables ataques franceses, musulmanes, catalanes, leoneses y aragoneses, y si el lector extiende un mapa sobre la mesa y señala uno por uno los castillos que me dispongo a explicar, verá que se deslizan en una línea casi perfecta de frontera a frontera del viejo reino.

Altura, firmeza y una excelente posición. De esta manera se presenta el Castillo de Monjardín, arrancado de las páginas más salvajes de la leyenda para situarse en un altozano de 890 metros y dominando un perímetro de 360 grados, hasta donde se atreven a cubrir las nubes. Basta subir su camino de tierra con el coche y recorrer los últimos metros a pie, fingiendo el bamboleo pesado de las armaduras, para posar las suelas de los zapatos en la misma piedra que paseó Sancho Garcés I, el victorioso, después de arrebatar el bastión a las tropas musulmanas para erigirse como único caudillo político de todas las tierras pamplonesas. Se rumorea que sus restos mortales yacen aquí, en algún punto de la colina, y es excitante imaginar que al visitarlo nos encontramos más cerca de él de lo esperado.

La doble cara de este tipo de fortificaciones reside en que, una vez tomada tras un escalofriante número de bajas, el camino hacia el valle del Ebro quedó abierto a futuras conquistas, y paso a paso el reino de Navarra creció en fuerza y esplendor. Empezó aquí. En el Castillo de Monjardín. Un paso más en la Reconquista cristiana que todavía puede imitarse al empujar con la mano su campana, intacta, haciéndola resonar por el valle hasta formar ríos de historia por entre los viñedos. Carlomagno lo sitió, dice la leyenda. Pero incluso el glorioso conquistador tuvo que volverse a casa con las manos vacías, tras probar el agrio sabor de su piedra desnuda.

Ciudades amuralladas y palacios de cuento

En ocasiones, la realidad simplifica la costosa tarea de la imaginación. Ocurre en la villa amurallada de Artajona - en euskera, el lugar abundante de encinas -, donde durante las horas de calor no se ve a una sola persona caminando por sus callejuelas pedregosas. No hace falta más que abrir los ojos y aspirar con fuerza para imaginar el traqueteo de los carromatos que subían la calle rumbo a su iglesia, el bullicio de sus antepasados durante los días de mercado. Las murallas que la rodean con obstinada decisión hacen otro tipo de recordatorio, más peligroso, cuando los guardias observaban el horizonte navarro revestido de bosques y cosechas. De estas cosechas, cada grano se pagaba con una gota de sangre y otra de sudor.

Si el viajero pretende sumergirse en el escenario más preciso del medievo, este es su destino.

Sigue el camino hacia un paraje muy especial. Es Olite, que muchos años atrás fue una ciudad real. Sus casas más antiguas hacen de recuerdo de este pasado, ligeramente inclinadas sobre las aceras como ancianos encorvados por el peso de la edad. Se respira por ellas un olor muy peculiar. Es la confluencia del mundo viejo y la actualidad. Y en procesión entre estos edificios, como si algún tipo de memoria colectiva nos guiase sin necesidad de mapas, llegamos con facilidad a una estrambótica fortaleza que nunca habríamos imaginado: el Palacio Real de Olite, que hizo de residencia para Carlos III el Noble y su astuto nieto, el Príncipe de Viana.

Trazas de historia confluyen en el mismo lugar. Al pasar por la cámara del rey, un olor a chamusquina nos invade, y sus paredes desnudas todavía parecen guardar la marca de los lametazos de un fuego terrible. Será el incendio provocado por el guerrillero Espoz y Mina, en una de sus incursiones para expulsar a las tropas napoleónicas.

Saliendo de la sala para pasear el resto del recinto, se debe tener cuidado. Este es un castillo mágico, invadido por extraños hechizos cuya fuerza desconocemos, donde las escaleras suben y bajan sin sentido aparente, empujando al visitante contra las almenaras. Bastaría un soplo de viento para precipitarse al vacío. Es pura magia, este castillo, dominando con ojo atento el terreno que cubre desde Ujué hasta Peralta.

El lado espiritual del defensor

Invade a muchos la tristeza por la situación actual de nuestro país, donde ciertas fuerzas se empeñan en renegar de nuestro pasado inevitable. Especial tristeza causan los ataques a la religión católica, culpándola de todas nuestras guerras y la sangre y cada pizca posible de dolor. Pero estos atacantes ignoran la importancia de la religión cuando, cada día que respiras, puede abatirte cualquier hierro en el momento menos esperado. ¿Qué más dará si es la fe cristiana en España, la musulmana en Persia o la budista en las islas de Japón? Un soldado necesita de un Dios que proteja sin chantajes su espalda y su corazón. De lo contrario, el pavor de cualquier batalla se tornaría en uno tan pesado e imposible de soportar, que los defensores habrían echado a correr en dirección a las montañas por cada ataque que enfrentaran.

En estos tiempos que comentamos, cuando no bastaba con apretar un botón para destruir ciudades enteras, la fuerza del espíritu era el arma de destrucción masiva con que contaban los ejércitos. Por esta razón es sencillo encontrar, paseando las páginas del medievo, a los violentos monjes templarios que patrullaban los caminos de Tierra Santa. Y en Navarra, un increíble número de iglesias fortaleza se diseminan por la región.

El ejemplo perfecto de este tipo de arma espiritual se encuentra en la iglesia de Ujué. Esta es una iglesia románica, dentro de un templo gótico y rodeada por un espeso muro protector. Es el núcleo medieval de Dios. El nicho donde se escondía la ojiva espiritual de los guerreros navarros. La leyenda cuenta que un joven pastor que perseguía a una paloma por sus proximidades, durante los primeros años de la larga guerra contra el islam, encontró escondida en una cueva una imagen de la Virgen. Fue tal el alborozo que causó esta aparición física, que numerosos habitantes de la región migraron hasta aquí y levantaron la villa de Ujué. Años después se convertiría en un bastión defensivo, crucial para todo tipo de invasores del norte y del sur, además de haber sufrido numerosos ataques de los reinos leonés y aragonés.