Gran Zimbabue, la mayor construcción histórica al sur del Sáhara

En el actual Zimbabue puede encontrarse un enorme complejo de piedra que simboliza los restos de uno de los imperios más poderosos de la región

Cuando se nos menciona el África que hay al sur del Sáhara, pocos pensamos en arquitectura antigua. Más bien vendrán a nuestra mente mente ideas de fieras salvajes devorándose mutuamente, tribus masáis de tradiciones casi incomprensibles pastoreando sus ganados, chamanes escondidos tras máscaras de misterio. Y es cierto que los bandazos de la edad no han permitido que se mantengan en pie muchos de los edificios que conformaron los imperios africanos. Ya fuera por las inclemencias del clima, el débil material con que estaban hechos o, simplemente, el saqueo y las guerras que asolaron al continente desde el siglo XVI hasta la actualidad, la verdad es que queda poco por ver de los tiempos subsaharianos anteriores a la ocupación europea.

Pero ocurre al visitar el sudeste de Zimbabue, conduciendo el todoterreno próximo al lago Mutirikwi, que un viajero podría encontrar una colosal estructura de piedra, casi en ruinas. Una grata sorpresa en el camino que le permitirá conocer con mayor profundidad entresijos perdidos del sur africano. Recibe el nombre de Gran Zimbabue y todavía hoy resulta un misterio para los expertos.

Paso uno para iniciar una civilización: la religión

La falta de objetos arqueológicos y tradiciones escritas que permitan descifrar los orígenes del reino que gobernó desde el Kalahari hasta Solafa (una región del tamaño de España) durante trescientos años, desde el siglo XIII hasta el XVI, ha abierto la puerta a numerosas teorías entre los expertos. Ha hecho falta rescatar las pocas pruebas que dejaron atrás los exploradores europeos de principios del siglo pasado y tomar información aquí y allá sobre culturas de zonas próximas, además de realizar sorprendentes ejercicios de antropología, hasta buscar una respuesta que pareciese válida.

De esta manera se piensa que el comienzo de Gran Zimbabue vino de la mano de los pueblos de lengua shona - un subgrupo bantú - cuando arribaron a finales del primer milenio a la región con nuevas técnicas, se piensa que mineras, desde el norte africano. Llegaron a una región rica en oro, muy rica, tanto que parecía que nunca acabaría, y mientras el resto de sus habitantes se limitaban a pastorear reses y escarbar pepitas en el río, ellos consiguieron extraerlo a gran escala. Pero también trajeron consigo un elemento más importante que cualquier oro a la hora de levantar una nueva sociedad: el culto a los ancestros.

Crearon espacios de culto, zonas sagradas como no se conocían hasta entonces en esta región. Expresaron a los pueblos vecinos los ritos que seguía su culto, les convencieron para que los siguieran ellos también y rápidamente se convirtieron en intermediarios entre sus dioses y los jefes locales. Este dato es muy interesante. Ya sabemos la importancia de la religión a la hora de empoderar a un pueblo, lo hemos visto con las primeras ciudades de Mesopotamia, en Egipto, Arabia en el medievo y Europa, una base religiosa fuerte es capaz de derrotar a cualquier rival en la batalla. Pero aquí no encontramos guerras ni sumisiones, sino una lenta pero inexorable tarea de trasmisión religiosa que acabó por situar a los pueblos shona, como intermediarios de los dioses, por encima de cualquier gobernante local. Estos pagaban oro y marfil a cambio de sacrificios y la riqueza de los shona se multiplicó. Además de que eran los mejores extractores de oro.

Paso dos: el comercio

También sabemos, lo podemos comprobar en cualquier lugar de peregrinación religiosa que visitemos, que los centros de comunicación con las deidades suponen a su vez importantes centros comerciales. La afluencia de peregrinos permite el asentamiento de nuevos comercios y no deben pasar muchos años hasta que estos lugares se enriquezcan. Lo mismo ocurrió con las zonas controladas por los shona. Tras crear nuevos espacios de culto y convencer a los pueblos vecinos de sus creencias, una turbamulta de peregrinos viajó a sus templos, atrayendo consigo la riqueza comercial que se desarrollaba en las costas del Índico.

Aquí entra la segunda teoría sobre el nacimiento de Gran Zimbabue. La afluencia de riquezas llegaba a las manos de los shona y su máxima deidad, Mwari, a través de tres caminos: la explotación minera, los tributos religiosos y el comercio. Es de suponer que poseyendo estos tres factores, decisivos a la hora de proporcionar abundancia en una región, los shona se trataban a principios del siglo XIII del pueblo más próspero de la Cuenca del Zambeze.

La agricultura y la ganadería también fueron de importancia para Gran Zimbabue pero al encontrarse objetos de lujo asiáticos y tallas de oro, cobre y marfil en los restos de esta civilización, los expertos han conseguido dilucidar que su mayor fuente de riquezas procedía del comercio. No solo con los pueblos vecinos como hacían a principios del segundo milenio, sino con regiones tan lejanas como Asia o Etiopía.

Las ruinas de Gran Zimbabue

El final de Gran Zimbabue es tan misterioso como sus comienzos. La falta de tradición escrita en África ha provocado estos enormes espacios en blanco en su Historia pero, las cosas como son, es precisamente esta falta de información la que deja abierta la puerta al excitante misterio.

Las teorías hablan de una erosión en las tres grandes fuentes de ingresos shona. La agricultura exhaustiva, así como la ganadería intensiva, comenzaron a desertificar paulatinamente la ya semiárida región que ocupaban. Se piensa que a esto se le añadió una temporada de sequía y el hambre que vino con ella, provocando un desplazamiento de la mano de obra que trabajaba en las minas de oro. La sequía derivó a su vez en un abandono a los dioses. En numerosas culturas africanas, incluyendo la shona, la lluvia depende de la comunicación de los líderes con los dioses. Si los dioses son buenos o están contentos, lloverá; de lo contrario y si la situación se prolonga demasiado, mejor será ir pensando en buscar nuevos dioses.

A todo este cúmulo de desdichas se le añadió el auge de nuevos pueblos de la región, hasta que el comercio del Índico se desvió hacia estos y Gran Zimbabue perdió su poder comercial. Las rebeliones que los portugueses fomentaron entre sus reinos vasallos a finales del siglo XVI hicieron el resto.

Hoy podríamos visitar un único recuerdo de Gran Zimbabue, este del que te hablaba cuando conduces el todoterreno junto a la orilla sur del lago Mutirikwi. Se trata de un enorme complejo coronado por la Acrópolis fortificada (allí donde rezaban a sus dioses) en lo alto de la colina y un recinto amurallado a sus pies. Las dimensiones de la muralla no son para nada despreciables: forma una elipse de cien metros de largo, casi ocho de altura, seis de anchura en su base y otros dos en su parte superior. La conforman casi un millón de bloques de granito. Y esta cantidad colosal de piedra explica el origen del nombre zimbabwe, que en el dialecto shona puede traducirse como “casa de piedra”, la casa del soberano.

Es tras atravesar un segundo muro interior, caminando por un escueto camino de tierra, cuando el viajero alcanzaría el recinto principal. Cierre los ojos. Escuche. El éxtasis de los sacerdotes, ojos en blanco y cuchillo ensangrentado, resuena en los muros con sus aullidos y los bailes. Decenas de peregrinos esperan a la puerta y no demasiado lejos, al otro lado de la muralla, una gran nube de polvo claro se eleva sobre el mercado. Oro y marfil brillan con pasión. Sí, ¿por qué no? Quizá esto sea lo único que sepamos con certidumbre sobre Gran Zimbabue: cómo brillaba su riqueza bajo el sol de la mañana. El resto es oscuridad y pasado.