Cuadro de la semana: Café de Flore

La obra de Jörg Immendorff, perteneciente a una serie pintada entre 1987 y 1992, muestra los ideales tardíos del que fue uno de los artistas más activos en la vida política de Alemania Oriental

Café de Flore.
Café de Flore.Jörg Immendorf

Supongo que uno de los mayores actos de valentía que cumple cualquier artista es el de no conocer jamás el impacto de su obra. Ellos saben que no importa si triunfaron en vida o fueron unos fracasados porque reconocen que después del éxito sobreviene la muerte, inevitable y absurda, y que de la misma manera que pueden caer en un olvido irremediable, sus oficios también les permiten alcanzar el grado ambicionado de la inmortalidad. Van Gogh apenas vendió un puñado de lienzos en vida y ahora se pagan millones de euros por sus bocetos. Y nadie conoce los nombres de aquellos artistas pomposos y reconocidos por las sociedades de su época y que después, cuando sus personalidades beligerantes se disiparon en la tumba, cayeron en una neblina de olvido de la que nadie les ha rescatado.

Los artistas son valientes porque su impacto futuro servirá para todo el mundo, puede ser, pero jamás servirá para ellos. Se tratan de héroes con nombre y desinteresados. Sacerdotes de un fin superior. Y justo entre este batallón de pintores cuya relevancia post mortem ya comienza a notarse, encontramos el arte inmaculado de Jörg Immendorff. Nacido en Alemania Oriental en 1945 y fallecido en 2007 como consecuencia de la enfermedad de Lou Gehrig.

El artista

Seis años y cincuenta millones de muertes después de que Adolf Hitler conquistara Polonia, Jörg Immendorff nació en un país derrotado y vilipendiado por el mundo entero. Como todos hacemos al nacer, tuvo que jugar una lotería antes de balbucear su primer llanto, esta lotería retorcida que nos lleva a nacer en uno u otro lugar del mundo. Es asombroso porque algunas personas nacen a escasos centenares de metros de aquél lugar feliz y hecho de abundancia, otros se salvan por los pelos y consiguen ver la luz en un espacio reducido de alegría y libertad. Será por azar, será por voluntad Dios, pero Immendorff vino a nacer en el lado de Alemania que durante los años de la Guerra Fría controlaban los soviéticos. Si hubiese nacido del lado de contrario del país, aunque fuera por azar, lo más probable es que hoy yo no estaría escribiendo sobre él, nadie lo haría.

Las primeras obras de Immendorff mostraban un carácter claramente propagandístico. En la imagen aparece un hombre entrando en el estudio de un pintor mientras le pregunta: ¿Dónde te sitúas con tu arte, compañero? FOTO: Jörg Immendorf

Desde una edad temprana mostró interés por el dibujo y su don no tardó en empujarle al otro lado de Alemania, al que llamaríamos el lado de la libertad. Fue aceptado en la Academia de Arte de Düsseldorf (Kunstakademie Düsseldorf) y ya desde sus primeras lecciones chocó violentamente con la ideología de Alemania Occidental. Immendorff, un comunista convencido y seguidor ferviente del maoísmo, enfureció con una rapidez inaudita a sus maestros por sus inclinaciones dadaístas en el arte y sus actividades políticas de izquierdas. Pero nos han engañado. Immendorff no nació en el lado de la libertad pero tampoco podría decirse que encontró la libertad en Düsseldorf. En Alemania Oriental quizá se mandaba a los capitalistas al gulag; si bien no se hacía lo mismo con los comunistas en Alemania Occidental, desde luego que nadie estaba dispuesto a permitir que un “rojo” triunfase en el mundo de las artes.

Se encontró en un mundo demasiado complejo, demasiado asustado por la reciente guerra como para admitir todavía plenas libertades. Y de alguna manera, Immendorff encontró su fuerza en esta situación. Se hundió de lleno en la política alemana como miembro del partido comunista KPD/AO. Sus primeras obras mostraban un carácter claramente propagandístico y promovió la idea de que un pintor debería ir más allá de la pura estética para adentrarse en los terrenos farragosos de la política. A su parecer no veía un conflicto entre su vida política y su carrera artística, es más, ambas se complementaban aportando valor a sus obras.

El contexto

Jörg Immendorff nació en un país donde no podía concebirse una ideología peor que el nazismo. Cualquier otro fascismo sería mejor. Después del azote que supuso la Segunda Guerra Mundial para la población alemana, se supone lógico que nadie quería regresar a los años del nazismo. Entonces Immendorff, al igual que tantos camaradas de su generación, optaron por distanciarse lo máximo posible del nazismo, por qué no, aliándose con su peor enemigo: el comunismo. Pero podría ser que si Jörg Immendorff hubiera nacido en cualquier otro lugar del mundo, quizá habría crecido hasta convertirse en un capitalista sin mayores intereses políticos que las elecciones de su ayuntamiento.

Dos bebés amarillos. FOTO: Jörg Immendorf

Pero ningún hombre con las cualidades de Immendorff habría podido cegarse por mucho tiempo. Cuando el cantante de folk Wolf Biermann fue expatriado de Alemania del Este en 1976, firmó junto con otros cien artistas alemanes una carta que exigía cambios en la política de alemana. Ese mismo año denunció en el Bienal de Venecia las “encarcelaciones ilegales” que se estaban llevando a cabo por mediación de los comunistas de Alemania del Este, y pidió a la comunidad internacional de artistas que colaborasen con él para frenar este tipo de injusticias.

¿Significa esto que Immendorff se cambió de lado, en cuerpo y espíritu? No. Immendorff nunca admitiría el capitalismo porque sabía por experiencia que en ese lado, de apariencia brillante, también podían encontrarse graves manchas de oscuridad. Sus ideales le empujaron no a rechazar el comunismo, sino hacia una cruzada romántica para reformarlo y regresar a los ideales de las bases de Marx, Lenin y Mao. Luego el Muro de Berlín fue derruido, la Unión Soviética se derritió como el caramelo, y nuestro amigo alemán ya llevaba demasiadas manifestaciones a cuestas, demasiadas noches en vela discutiendo con amigos y enemigos, demasiadas esperanzas marchitas como para seguir luchando en pro de una ideología moribunda.

Luchó como un león por sus ideales y luego se hizo viejo. El mundo cambió y Jörg cambió con él. Durante sus últimos años quiso distanciarse de la vida política en Alemania y centró su visión en la decadencia moral que comenzaba a adueñarse de Europa. Ya no importaban los colores ni los lados (aunque siempre apoyaría en los momentos difíciles al lado donde nació). De alguna manera comprendió la imperfección de ambos extremos y supuso que la pérdida de la moral se había convertido en un tema incluso más preocupante que la política.

La obra

Llegamos al Café de Flore. Una serie de cuadros que Immendorf pintó entre 1987 y 1992, cuando su estilo artístico ya estaba asentado y sus intereses políticos comenzaban a disiparse. La moral, la moral. Debía ser una palabra que hacía eco en su mente. En la obra de hoy puede apreciarse el nombre del local escrito con letras verdes en el toldo, y bastaría una búsqueda rápida en Google para comprender la importancia que este café parisino tuvo en panorama artístico del siglo XX. Aunque los primeros clientes del Café de Flore fueron individuos ligados con la extrema derecha europea, poco después de la Primera Guerra Mundial pasó a convertirse en un punto de encuentro para personajes de lo más variopintos: Max Jacob, André Breton, Picasso, Jacques Prévert, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Ernest Hemingway, Truman Capote... incluso el cantante de rock Jim Morrison lo frecuentaba durante sus años de éxito.

Gyntiana. Uno de los cuadros de la serie Café Flore. FOTO: Jörg Immendorf

Por tanto puede comprenderse el interés de Immendorf a la hora de retratar el bullicio del café parisino. Pero, cuidado, nos han vuelto a engañar. El pintor alemán no se preocupó por representar estos años dorados del Café de Flore ni sus célebres clientes. Más bien quiso mostrar cómo turistas venidos de todo el mundo acudían a este pequeño rincón para “encontrarse” con los espectros de los viejos artistas. Quiso explicar cómo un local destinado al arte y la creación se transformó en un café al que acudía la burguesía parisina para comentar la jugada. Representar lo que en España llamamos un “postureo”. La máscara bajo la cual se oculta nuestra decadencia moral, desprovista de intereses elevados.

Utilizando una paleta de colores que cabalga entre la noche y los colores vivos, Immendorf hace gala en su serie Café de Flore de un estilo caótico, con personajes superpuestos sobre los otros, bullicio en la escena y formas surrealistas. Los fantasmas de diversos artistas sentados a la mesa y tapándose los oídos o mirando con fijeza al espectador, permiten entrever la intencionalidad de la obra. Y es que ya lo reconoció Immendorff al historiador de arte Michael Stoeber en el año 2000, guiado por su ideal de transformar el arte en acción:

“Los cuadros nuevos son para mí como una liberación. Me alegra que, gracias a su concentración radical, no susciten ya de un modo tan evidente la pregunta por la fábula. He ido reduciendo en ellos, paso a paso, las capas ornamentales de la narración, de tal modo que el centro lo ocupan la forma y el color. Es verdad, en el fondo soy un narrador con unas ganas irrefrenables de fabular que acaso surja de un cuento de hadas”.