Cuadro de la semana: Guernica

La obra más conocida de Pablo Picasso es una plagada de incógnitas y representaciones del sufrimiento

Guernica
Guernica

El poder de los pintores puede llegar a ser colosal si se lo proponen. En ocasiones ni siquiera necesitamos comprender sus obras con exactitud para dedicar horas a contemplarlas, horas a analizarla, horas a soñar con ellas y recrearlas en el entarimado de nuestra imaginación. Un tipo de quiebro muy concreto se escucha partirse dentro de nosotros, de alguna manera, al mirar de frente sus cuadros; aunque ocurra que nuestros ojos solo ven líneas y formas geométricas sin sentido aparente, el espíritu es más sagaz que nuestro cuerpo, y toma las líneas y las formas para otorgarles un sentido maravilloso. Cuerpo y alma caminan a destiempo a la hora de mirar una obra de Picasso, y todo lo que no podamos entender en ellas son huecos que rellenamos con los líquidos de la intuición, la esperanza, la empatía y los recuerdos.

Pocas situaciones nos hacen más humanos que la contemplación del arte pintado, el descontrol de los sentimientos motivado por herramientas tan sencillas como unos pegotes de pintura y el pincel. Ninguna criatura fuera de lo humano sería capaz de mirar el amasijo de carne y llantos que conforman el Guernica y sentir la sangre calentarse hasta temperaturas de ebullición. Nadie que no fuera humano podría odiar el cuadro con la fuerza con que lo odian algunos, ni amarlo con la piedad que lo hacen otros. Cualquier otra criatura apenas si miraría el lienzo, o se mearía en una esquina para marcar su territorio.

El autor

Hablar de Pablo Picasso significa zambullirse de pleno en un laberinto de nombres históricos. Este muchacho malagueño de ascendencia italiana que nació con un don fluyéndole entre los dedos de las manos, como si dicho don fuese algún tipo de enfermedad incurable contra la que no pudo luchar, solo supo aprender a controlarla, una enfermedad que vino a tocarle a él por azar. A los ocho años pintó su primer cuadro, El picador amarillo, y con nada más que trece añitos hizo su primera exposición en La Coruña. Entonces fue un niño genio, con el genio de un niño, diferente al genio de un adulto por su inocencia y su sencillez a la hora de experimentar su mundo. Fue un niño genio que trabajó durísimo para ser después un adulto genio, siempre evitando que los nuevos métodos de observación que le trajo la madurez ensuciasen su don, porque ocurre que muchos niños genios crecen, se hacen adultos y serios y muy responsables, y por alguna razón dejan de mirar el mundo correctamente, se ciegan, entonces todo lo que pudieron tener de genial desaparece con la edad a fuerza de costumbre.

Fotografía tomada por Tony Vaccaro a Picasso en Mougins, Francia. El años es 1966. FOTO: Tony Vaccaro AP

Al hablar de Pablo Picasso nos referimos entonces a un genio de profesión, del subgrupo de los pintores, siempre rodeado por la flor y nata del mundo de las artes europeas del siglo XX. Comunista convencido hasta su fallecimiento, sin embargo no tuvo reparos a la hora de relacionarse con mentes de todos los colores: André Breton, Ernest Hemingway, Albert Camus, Gertrude Stein, Guillaume Apollinaire, André Derain, Max Jacob, Henri Matisse, Juan Gris, Georges Braque, Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre, Salvador Dalí... Cada rostro que condicionó el panorama artístico del siglo XX se vio relacionado con Picasso, y Picasso con ellos, de manera que podríamos decir que ellos se alimentaron de la genialidad del pintor malagueño de la misma forma que el pintor malagueño se alimentó de ellos, y así encontramos en París, durante la primera mitad del siglo XX, un bonito torbellino circular donde decenas de vampiros del arte se alimentaban unos de los otros, creando un enorme monstruo de una belleza inmensurable y superior a todos ellos.

El surrealismo, el cubismo (cuyo máximo impulsor fue Picasso), el dadaísmo, las generaciones perdidas, todos estos movimientos conformados por centenares de obras escritas, dibujadas o esculpidas fueron nada más que los brazos y las piernas y los dedos de los pies de esta criatura mítica que es el arte europeo del siglo pasado. Y Picasso giraba en su centro, o muy próximo al centro, rozando aquí y allá las ideas de la bestia.

El contexto

España estaba en guerra civil. El primer encargo con fines propagandísticos que aceptó Picasso a lo largo de su carrera fue el de ser nombrado director honorífico del Museo del Prado por el Gobierno de la República, a los pocos meses de comenzar la guerra. De esta manera se pretendía realzar la imagen de la República, con la colaboración de Picasso, para cautivar al resto de potencias europeas y terminar de decidirlas a la hora de involucrarse en el conflicto y frenar el avance sublevado. Sin éxito, como ya sabemos. Pero aquí encontramos un fenómeno interesante que comenzaba a despertar en los conflictos armados del mundo, un fenómeno que todavía hoy se mantiene: la propaganda bélica a gran escala, a niveles nacionales e internacionales.

Una pancarta con el lema «¡No pasarán!» cruzaba la madrileña calle Toledo

Los sonetos y cuartetos que entonaban los juglares en las tabernas de los pueblos, magnificando a los héroes de las batallas; los sermones en las iglesias empujando a los pecadores a luchar en las Cruzadas; las mañanas de circo en Roma para demostrar la gloria sin precedentes de su Imperio. Todo ello dio paso al sistema de propaganda bélico encabezado por los carteles del Tío Sam en Estados Unidos o el archiconocido “No pasarán” con que las fuerzas republicanas auguraban la derrota de Franco en Madrid.

Pablo Picasso, ya lo sabemos, ferviente comunista, no dudó a la hora de aceptar el cargo e involucrarse en el ensortijado sistema de propaganda republicana y comunista - que todavía hoy apreciamos muy por delante de cualquier otra ideología política -, aceptó el cargo en El Prado y puso sus pinceles a disposición de Manuel Azaña y sus adláteres.

La obra

Poco después le fue encargada una obra que mostrara a las potencias mundiales el heroico sufrimiento de la República en pro de la democracia y la libertad, una obra sublime que empapara el corazón de cuantos la vieran. Pero no debe ser nada fácil empapar el corazón de nadie utilizando la temática de la guerra. Para Picasso no resultó sencillo buscar una esquina de belleza en la definición del horror. Hubieron de ocurrirle meses de inspiración perdida hasta que llegó el 26 de abril de 1937.

Aunque hoy sabemos que el catastrófico bombardeo de Guernica efectuado por la fuerza aérea alemana tenía como objetivo frenar el repliegue de las tropas republicanas, destruyendo el puente de Guernica y la carretera de Bilbao, y que las bombas que cayeron sobre la población civil fueron producto de la imprecisión de los pilotos y el inadecuado uso del Dornier 17 (un avión de reconocimiento) como bombardero, el impacto que causaron las imágenes de la localidad en ruinas fue demoledor. Aunque hoy sabemos que las víctimas civiles oscilaron entre las 120 y las 300 - un número catastrófico en cualquier caso - en los meses posteriores al bombardeo la propaganda republicana llegó a señalar que fueron 1.645 los fallecidos durante la triste incursión. Se tildó el ataque como un bombardeo de terror y Picasso encontró en este desastre su musa para escenificar la guerra.

Bombardeo de Guernica en la Guerra Civil FOTO: Biblioteca Nacional La Razón

Han llegado a circular todo tipo de rumores sobre la obra: que si fue concebida en un inicio como representación de la muerte del torero Ignacio Sánchez Mejías en 1934, que Picasso pudo haberse inspirado en una biblia mozárabe de León para pintarlo, que la obra se concluyó dos meses antes del bombardeo, que el cuadro fue encargado antes incluso de la Guerra Civil.... Pero la realidad es que el Guernica fue pintado tras el bombardeo, después de que el Gobierno de la República encargase una obra al artista en 1937, y es cierto que representa el horror de aquella fecha fatal. Según el propio autor, el toro que aparece indiferente al drama que sucede a su alrededor simboliza “la brutalidad y la oscuridad” mientras una mujer pone el grito en el cielo mientras llora por su niño muerto. El caballo situado en el centro de la obra representa a las víctimas inocentes de la guerra. Un hombre implora en el lado derecho a los aviones que dejen de bombardear, se supone que inspirado por el mismo hombre que implora la paz en El tres de mayo de 1808 en Madrid pintado por Goya.

Pero todavía quedan incógnitas por descubrir en esta obra única del cubismo y que puede visitarse en la exposición permanente del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Por ejemplo la bombilla situada en el lado superior, observando la escena con su brillo perpetuo, podría simbolizar al ojo de la Providencia que observa la masacre, o podría representar a la propia tecnología, ya que el bombardeo de Guernica fue el primero de su especie que se realizó sobre la población civil, como antesala a los bombardeos que se darían sobre Londres, Berlín o Japón durante la Segunda Guerra Mundial. Sí, puede ser que Picasso entreviese la barbarie que estaba por venir. Esta obra pudo ser posterior al bombardeo en la localidad vasca pero, sin duda alguna, representó un tipo de horror que Europa todavía veía de lejos, como un mal sueño, ignorante de que pocos años después serían los propios alemanes, los británicos y los franceses (irónicamente, aquellos a los que se destinó la obra) quienes clamarían al cielo para que terminase la lluvia de hierro y fuego.