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La casa más fotografiada de España: en una roca, rodeada de mar… y hoy enterrada
Un icono de los años 50, levantado sobre una roca frente a El Rincón, desapareció con la construcción de la autovía. La playa de callaos y un pequeño balneario termal también quedaron sepultados.

Hubo un tiempo -no tan lejano como para entrar en la leyenda, pero sí lo suficiente para colarse en la memoria sentimental- en que, al recorrer la antigua carretera del norte de Gran Canaria, todos buscaban la misma postal, una cabaña de madera pintada de azul encaramada a una peña monumental, como si un cuento hubiese hecho escala en la costa grancanaria. Aquel refugio singular, conocido como la cabaña de la Peña de La Gaviota, fue durante décadas el “¡mira, mira!” de los niños en el asiento de atrás y el “ya llega la curva” de los conductores. Hoy, esa instantánea solo sobrevive en fotos amarillentas y en relatos que empiezan con un “te acordarás…”.
Un hogar imposible en mitad del oleaje
La historia, reconstruida por cronistas locales y memorias de la zona, apunta a que un bombero de la isla compró a finales de los años cincuenta la roca conocida como La Gaviota y levantó sobre ella su refugio. No se conformó con colgar la hamaca: construyó incluso un pequeño puente que conectaba la peña con la costa. El detalle romántico tenía truco, cuando subía la marea, el paso quedaba anegado y la cabaña se convertía en una suerte de faro doméstico, aislado entre espuma y salitre. De ahí el magnetismo: era arquitectura mínima, sí, pero con una épica muy atlántica.
El encanto no bastó para frenar al tiempo ni a los desprendimientos. Durante los años ochenta, la vieja carretera, pegada al risco, se convirtió en un punto negro por la caída de rocas. Las autoridades de entonces optaron por un plan mayúsculo, el ganar terreno al mar y trazar una nueva autovía del norte, la GC-2, liberando a los conductores del abrazo estrecho de la ladera. La operación prometía seguridad y fluidez; también exigía redefinir el litoral. Y, como suele ocurrir, cada metro de asfalto traía consigo una pequeña dosis de nostalgia compactada.
La desaparición bajo el relleno: adiós a la peña y a su casita
La decisión tuvo una consecuencia irreversible. como fue la expropiación de la Peña de La Gaviota y de su cabaña, y enterramiento de ambas bajo toneladas de rellenos. La histórica playa de callaos también se fue con ellas. En su lugar, la línea de costa luce hoy una escollera maciza, tetrápodos de hormigón incluidos, que actúa de muralla frente a las corrientes que generó la transformación de la bahía. Donde antes había una postal naïf, ahora manda la ingeniería costera, tan funcional como poco dada a los suspiros.
Un balneario termal que curaba
El cambio en El Rincón no solo alcanzó a la peña. Bajo el relleno quedó también una fuente termal que, allá por 1934, dio lugar al balneario del Cristo-Rincón. El lugar fue célebre por las supuestas virtudes de sus aguas y hasta inspiró medicinas comercializadas en Europa con nombres tan sonoros como Rincopyn y Rincogono. A falta de laboratorio de marketing, el Atlántico hizo de publicista. Pero la nueva obra viaria colocó un punto final a los baños termales: otro capítulo curioso de la costa que se plegó al plan de modernización.
Con la inauguración de la GC-2 en 1986, a la que asistieron los entonces reyes Juan Carlos I y Sofía, El Rincón se consolidó como puerta de entrada al norte de la isla. La nueva imagen se coronó con la escultura de El Atlante, del artista Tony Gallardo, tallada en piedra volcánica de La Isleta. Desde entonces, la figura monumental -mitad guardián, mitad metáfora- vigila el rompeolas donde antes la cabaña posaba para miles de miradas curiosas.
Memoria bajo el asfalto (y cómo la seguimos contando)
Hoy, todo aquello permanece enterrado. La peña, la cabaña, la playa de callaos y el rastro del balneario. Sin embargo, la historia no se ha perdido. Sigue viva en fotografías antiguas, en foros y redes donde aflora el “yo la vi”, y en el relato compartido de una isla que aprendió a reconciliarse con sus cambios. Gran Canaria ha seguido creciendo y la GC-2 es hoy una arteria imprescindible, pero la cabaña azul -con su puente caprichoso y su rutina de mareas- resiste como símbolo de una época en la que los sueños se construían con madera, paciencia y unas cuantas tablas más de las necesarias.
Y si alguna vez te sorprendes buscando la casa en Google Maps, no te preocupes, a todos nos ocurre. El algoritmo recalcula, la marea sube y baja, y la nostalgia… esa sí que no conoce obras ni desvíos.
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