La experiencia de las residencias: “Ha sido muy duro, la gente se nos moría en 48 horas y no podíamos hacer nada”

Las residencias preparan el reencuentro de los residentes con sus familiares: visitas un día a la semana, de 30 minutos, con mascarillas que no se haya utilizado en el exterior y con desinfección del calzado

La situación empieza ya a normalizarse en las residencias de personas mayores. Tras tres meses de máxima intensidad, tensión y presión, que muchos profesionales del sector coinciden en calificar como “los peores en su carrera”, los geriátricos están recuperando progresivamente su actividad ordinaria, pero el miedo a la COVID-19 sigue presente de alguna manera. El sector vive atemorizado por un posible rebrote.

Andrés Rueda, presidente de la Asociación Profesional Catalana de Directores de Centros y Servicios de Atención a la Dependencia (Ascad), asegura que “ahora existe más control en el sector”, algo que él achaca a “la reincorporación al trabajo de los profesionales que estuvieron de baja y a las intervenciones que se han hecho por parte de las administraciones, que han permitido poner orden”. Así pues, para Rueda la clave de la recuperación de la normalidad está, por un lado, “en una menor afectación del virus en las residencias lo cual, acompañado por el aumento del personal disponible, permite una mejor gestión de la situación” y en este sentido, el presidente de Ascad recuerda que en el peor momento de la crisis sanitaria “llegó a haber cerca de 6 mil personas de baja en el sector por sospecha de infección o por enfermedad, mientras que ahora hay en torno a 3.500 personas de baja”.

“Conseguir un test era como buscar el Santo Grial”

“Estas reincorporaciones han sido vitales porque el gran problema fue gestionar una situación en la que había cada vez más residentes infectados, los cuales requerían de una atención más personalizada, y sin embarga, paralelamente, decrecía el número de profesionales disponibles”, señala. Por el otro, para Rueda también ha sido determinante en el proceso de recuperación de la normalidad “la mejor y mayor colaboración socio-sanitaria que existe actualmente”. “Sanidad se ha puesto más las pilas, se están haciendo más test, sobre todo en los centros en los que ha habido sospechas de COVID-19, y hay una monitorización de la situación por parte de los Centros de Atención Primaria”, señala para a continuación recordar que “antes, conseguir un test era como buscar el Santo Grial y ahora, si hay síntomas, al día siguiente se hace el test”. Y, como apunta el presidente de Ascad, “aunque todo esto llega tarde, es bueno”.

Al respecto, Vicente Botella, presidente de la Unión de Pequeñas y Medianas Residencias (UPIMIR), señala que “se hicieron unos primeros test para determinar quién era positivo y quién negativo, pero a las dos semanas o 21 días habría que hacer un segundo test a todos aquellos que hubieran dado positivo y éstos no se están haciendo al ritmo que debiera, de manera que no queda más opción que mantenerles segregados y ahora mismo, en una sola residencia es como si hubiera dos residencias: la de personas libres del virus y la de personas con el virus o sospechosas”.

Esther Catalán, directora de la residencia Jubany, vivió en sus carnes la dificultad de acceder a los test en el momento de mayor afectación de la pandemia. “Nosotros solo hemos tenido un positivo y éste era asintomático y no se confirmó el positivo hasta el 22 de abril, cuando se le realizó el PCR”, de manera que éste residente estuvo en contacto con el resto de personas del centro durante un tiempo indefinido hasta que se procedió a su aislamiento, con el riesgo que ello pudo suponer para el personal y las personas mayores del centro. Sin embargo, la residencia tomó entonces sus propias precauciones y en seguida que se detectaba cualquier síntoma entre su personal, a esa persona en concreto se le daba la baja y, en previsión de una posible carencia de profesionales, el centro, de titularidad privada pero con plazas públicas, procedió, paralelamente, a la contratación de más personal.

Visitas en la fase 2: Treinta minutos una vez a la semana

Llegados a este punto, las residencias están empezando ya a prepararse para abrir sus instalaciones a los familiares de sus usuarios, en la fase 2, ya estarán permitidas las visitas. Tal y como explica Rueda, “solo podrán acceder aquellas personas que no tengan síntomas y, a ser posible, se encontrarán con su familiar en espacios abiertos y, en su defecto, en salas aisladas del resto de la residencia y habilitadas específicamente para estos encuentros”. “Las vistas se limitarán a una a la semana y tendrán una duración máxima de una media hora para reducir el tiempo de exposición, así como también se deberá respetar la distancia social y los visitantes tendrán que desinfectar a su entrada los zapatos y las manos y llevar en todo momento una mascarilla, que no puede ser la misma que han estado utilizando en el exterior”, añade Rueda, quien sin embargo admite que esta progresiva apertura de las residencias les produce miedo.

Test claves para frenar un rebrote

“Tememos un rebrote del coronavirus”, admite y señala que, en previsión de que esta circunstancia se pueda producir, “los centros se han dotado de material para proteger a los profesionales que se exponen continuamente al virus, porque si ellos caen, el sistema cae”. Además, para Rueda, ante el riesgo de una posible segunda ola de contagios, “es muy importante realizar test serológicos al personal, mucho más que PCR, porque ello nos permitiría saber qué cuidadores ya están inmunizados y serian ellos quienes atenderían a los residentes con COVID” Por su parte, Batalla también dice sentir pavor ante un posible rebrote y, a modo de ejemplo, señala que en su residencia “no se ha dejado aún entrar a los peluqueros y el podólogo ha entrado ahora, casi dos meses después de la última vez que atendió a los residentes”.

“Ahora todo está controlado y, si pudiéramos, lo ideal sería congelar la situación tal cual está”, comenta el presidente de UPIMIR, quien sin embargo asegura que “si tocase volver a pasar la crisis que acabamos de superar ya sabríamos mejor como gestionarla y además, ahora tenemos material que antes no teníamos”. En la residencia que dirige Esther Catalán, la cual ha recibido ya la catalogación de centro verde por estar libre del virus, se han retomado algunas de las actividades en grupo que se realizaban en el centro antes del confinamiento y se están adecuando las instalaciones y tomando las medidas necesarias para poder reabrirlo a los familiares de los residentes. “Tenemos miedo a que haya un rebrote”, confiesa Catalán, quien sin embargo señala que “es una situación que ya conocemos un poco y ya no habría la desinformación que tuvimos en su momento.

“Ahora, tenemos el apoyo de Salud, ya no me siento tan sola”

Ahora, ya conocemos mejor la sintomatología, sabemos cómo actuar, estamos aplicando medidas de prevención e higiene y estamos más preparados a nivel de protocolo”. “Además, ahora tenemos los Equipos de Protección Individual que antes no teníamos”, añade la directora, quien recuerda que “al principio de la crisis lo pasamos mal por falta de EPIs e incluso estuvimos varios días sin mascarillas y fue una situación muy angustiosa”. Pero lo más importante, tal y como pone de relieve Catalán, es que ahora “tenemos apoyo por parte de Salud. Ahora ya no me siento tan sola". Replantearse el modelo En cualquier caso, la situación que ha generado en las residencias el coronavirus también podría aportar cosas positivas al sector que, a tenor de lo vivido estos días, se plantea un posible cambio en el modelo asistencial. “Durante los días más críticos nos hemos visto obligados a trabajar de forma diferente, mucho más personalizada, y ello nos ha hecho darnos cuenta que quizá no hay que intervenir para reglar tanto la vida de nuestros residentes”, comenta Rueda, quien considera que “quizá es mejor establecer un modelo de ventanas de interrelaciones. “Hemos visto, por ejemplo, que funciona mejor motivarles a hacer actividades físicas con cosas vinculadas a su vida diaria que mediante clase reglada de gimnasia en un horario preestablecido”, indica el presidente de Ascad, quien señala que durante el periodo de máximo aislamiento, en el que no era viable llevar a cabo actividades colectivas previamente programadas y por lo tanto se tendió a una atención más personalizada, “se hicieron más actividades con sentido en grupos reducidos, sin horarios prefijados y ello ha tenido muy buena aceptación”. “Es un modelo que cambia la forma de hacer las cosas y que es más compatible con la vida normal”, constata Rueda para a continuación abogar por reflexionar al respecto, una postura que comparte Botella. “Las residencias son un sustituto del hogar para sus usuarios, por lo que hay que contar más con su voluntad; ellos tienen derecho a decir en qué actividades quieren participar y en cuáles no”, destaca el presidente de UPIMIR, quien considera que “hay que respetar mucho más la voluntad de las personas, de manera que sería interesante plantear un cambio de modelo”, algo por lo que también apuesta Catalán. “La experiencia surgida a partir del COVID-19 nos ha de hacer pensar”, asegura y, en este sentido, reivindica “mayor libertad para los profesionales” a la hora de gestionar y organizar el día a día de las residencias. “Por ahora, el sistema es cerrado, no nos podemos salir de unas directrices, pero creo que hay que dar alas a los profesionales porque, durante estos dos últimos meses, en los que el peligro del coronavirus no nos ha permitido organizarlo todo de forma tan estricta, ha quedado demostrado que ha funcionado mucho mejor: nuestros residentes han estado mucho más motivados y se han espabilado mucho”. “Debe haber un antes y un después del COVID. Éste nos ha hecho madurar y darnos cuenta que quizá el modelo a aplicar en las residencias no debe ser tan estricto”, asegura Catalán, quien reclama que desde las administraciones se les dé más margen para aplicar sus criterios. “No deberían fiscalizarnos tanto” y la directora de la residencia Jubany soporta su afirmación con un ejemplo: “Si se nos hace una inspección y nuestros mayores no meriendan a la hora establecida, se nos sanciona, pero en realidad ¿qué pasa si un usuario merienda a las 17.30 en lugar de a las 17.00?”.

“Fueron los peores días de mi vida”

El sector, además, espera que la experiencia vivida, que ha puesto al límite a los profesionales y al propio sector, sirva también para “obtener un reconocimiento” por parte de la sociedad, apunta Botella. “Ha sido muy duro. La gente se nos moría en 48 horas y nosotros no podíamos hacer nada”, recuerda, mientras que Rueda asegura que “hasta que Sanidad intervino a las dos o tres semanas del inicio de la crisis, fueron los peores días de mi vida”. Catalán, por su parte, pone de relieve “la fuerte tensión emocional vivida por los profesionales de las residencias en el peor momento de la crisis. “Yo cada día me iba a dormir sin saber con lo que me encontraría al día siguiente”, recuerda la directora de la residencia, para quien fue especialmente duro “comunicar a la hija de una paciente que su madre había fallecido por causas ajenas al virus y que no podía despedirse de ella”. Por ello, Catalán considera también que “en algún momento se tendría que reconocer el trabajo de los profesionales de las residencias, igual que se ha hecho con los sanitarios” y si bien puede ser que la sociedad aún no haya dado ese paso, lo cierto es que muchos familiares de usuarios de residencias sí que ponen ya en valor el trabajo desarrollado durante esos días por el personal de estos centros.

Reconocimiento al personal

“Lo han hecho de maravilla”, comenta Pepi sobre los profesionales de la residencia donde vive su madre, un centro pequeño con una capacidad para unos veinte usuarios. Y recuerda: “hubo dos personas que tenían síntomas y eran sospechosas y fueron aisladas. En todo momento nos mantuvieron informados de la situación y cuando les hicieron las pruebas y salieron negativos, también nos lo comunicaron”. “Siempre me han facilitado mucha información y, en mi caso al menos, no he vivido nada parecido a lo que ha salido en la televisión en relación a las residencias”, asegura Pepi, quien además agradece el trato recibido por el personal en lo que ha facilitar el contacto y relación con su madre se refiere. “Cuando cortaron las visitas, hacíamos vídeollamadas para que yo pudiera ver a mi madre y el otro día, que fue su cumpleaños, lo celebraron y además me dejaron llevarle un pastel y algún detallito, aunque aún no puedo verla”. Después de cerca de dos meses sin poder visitarla, Pepi tienen muchas ganas de poder reunirse de nuevo con su madre, pero a la vez es muy prudente y temerosa en cuanto a esa posibilidad. “Estamos todos locos por juntarnos, pero tengo miedo de poder llevar el COVID yo”, confiesa para a continuación poner de relieve que “mi madre tiene 91 años y casi que prefiero retrasar lo máximo posible la visita”.