La maldición de las hermanas Brönte: la tuberculosis

Charlotte, Anne, Emily y su hermano Branwell murieron de la terrible enfermedad pulmonar, contagiándose unas a otras, viviendo en su mítico domicilio en Howorth, lugar de pasión y muerte

De izda. a dcha., Anne, Emily y Charlotte Brontë, en uno de los cuadros pintados por Branwell
De izda. a dcha., Anne, Emily y Charlotte Brontë, en uno de los cuadros pintados por Branwell

¿Puede una novela sustituir por completo a su autor? Charlotte, Emily y Anne Brönte son claros ejemplos que la respuesta es sí. De vida breve y misteriosa, su historia personal parece sólo una romántica nota al pie en cualquiera de sus novelas, ya sean “Jane Eyre”, “Cumbres borrascosas” o “Agnes Grey”. Estas historias, todas desbocadas, pasionales y extremas, han acabado por devorarlas por completo. ¿Quién fueron en realidad las Brönte? Sólo su muerte nos explica, en realidad, la vida más allá del mito.

Estamos en una época de distanciamiento social y medidas sanitarias preventivas. Y lo cierto es que si las Brönte hubiesen tenido que respetar estas mismas normas, o sencillamente no hubiesen sido hermanas, hubiesen vivido, y por tanto escrito, mucho más. Porque no murieron de tristeza, ni de amor, ni de deseo imposible, sino de un terrible bacilo tan contagioso que en apenas un año mató a tres de ellos. Unos años después mataría a la única de las hermanas que quedaba, Charlotte. Y antes ya había matado a las dos hermanas mayores de la familia, María y Elizabeth, con apenas diez años de edad.

Como el coronavirus, la tuberculosis o tisis es una enfermedad pulmonar que hasta que Robert Koch no aisló y describió su bacteria, muchos veían como un mal misterioso y romántico. La mística del pañuelo blanco manchado de sangre se convirtió prácticamente en iconografía romántica. Esto implantó de un aura gótica y lúgubre a las Brönte. No ha sido hasta el siglo XXI que han podido escapar de su figura romántica y aceptar que murieron por esta enfermedad infecciosa.

El primer afectado de la saga fue Branwell, el únic chico, el favorito, el hijo pródigo, el inteligente muchacho capaz de escribir dos cartas a la vez, con la mano izquierda y con la derecha, el pintor frustrado, el seductor, alcohólico, adicto al opio y al juego, la gran decepción, el personaje en que Anne Brönte basará el alcohólico y abusador personaje de Arthur Huntingdon de “La inquilina de Wildheld Hall”. Su licenciosa vida acaba con él teniendo que dormir en el dormitorio de su padre porque ha llegado a prender fuego a su propia cama.

Tendrá a Emily como su estricta cuidadora y las leyendas dicen que su relación era tan estrecha que llegaron al incesto. En unas vidas con tantas historias románticas alrededor, es difícil de creer que fuese más que una exageración literaria. Deprimido y desesperado, Branwell apenas vivirá un suspiro bajo los cuidados de Emily, debilitado por completo por el delirium tremens. Muere el 24 de septiembre de 1948 a los 31 años. “Oh, mi brillante chico”, llorará su padre.

Emily, la brusca, la imagen real de Hitchcliff de su genial “Cumbres borrascosas”, celosa siempre de su intimidad, salvaje, independiente y dura como una piedra, enfermará de gravedad tras la muerte de Branwell. Sus biógrafos quieren hablar de una muerte por pena, pero lo cierto es que la tuberculosis la debilitará poco a poco y el 19 de diciembre de 1848 morirá a los 30 años como se apaga un gran incendio, dejando un gran silencio a su alrededor y la más completa desolación. Su hermana Anna será su cuidadora en estos últimos meses y tampoco resistirá el peaje de este amor a la familia.

Anna era la pequeña, la adorable, la callada y tímida, y se vuelca en el cuidado de su hermana, la persona en el mundo con la que tiene una relación más estrecha. Morirá con 28 años en 1849 en Scarborough, después de pedir desesperada a su hermana Charlotte que la deje ver por última vez el mar. Logrará cumplir su deseo, pero no resistirá el viaje y morirá con la misma melancolía con la que vivió toda su vida.

Charlotte será la única que disfrutará de reconocimiento literario, pero su timidez la impedirá disfrutar de la popularidad de “Jane Eyre”. Cuando William Thackeray la presente en una fiesta como la mismísima Jane Eyre, ella, una mujer que apenas mide 1,45 centímetros, se enfadará tanto que cogerá al escritor de “La hoguera de las vanidades” y le dará un tremendo sermón sobre la dignidad de la mujer. Ella, la mayor, será siempre la guía, la que impulse a Emily a publicar sus poemas, la que instigue a las otras a escribir una novela, y la que, por su rectitud moral, se convertirá en el personaje más antipático de las Brönte. Morirá en 1855 por tuberculosis, aunque hay biógrafos que indican la posibilidad de fiebre tifoidea e incluso un parto tardío. Tendrá 39 años, la edad de su madre al morir. Su padre, un sacerdote anglicano enamorado de su familia, verá así morir a sus seis hijos y a su mujer por la gracia de Dios.

Su casa en el pequeño pueblo de Haworth será el refugio de estas criaturas y la causa de su perdición, todo a un tiempo. Allí, de pequeños, los cuatro hermanos idearán sus propias historias para vivir en un mundo mítico, ajeno a la complejidad insulsa del mundo adulto. Cada uno compondrá un espacio donde inventar sus fantasías y compartirlas con los demás. Así, crean Glass Town, el espacio imaginario donde cada uno se hará cargo de su propia isla. Charlotte volverá a tener la voz cantante, como la mayor, mientras Branwell actuará como su mano derecha. Allí también nacerán los espacios míticos Gondal y Angria.

En 1846, Charlotte convece a Anne y Emily para que publiquen sus poemas en una antología conjunta que firmarán con nombres masculinos. Cada una respetará su inicial y se bautizarán con el nombre de Bell, el vicario del pueblo que acabará por ser irónicamente el marido de Charlotte. Nada hay menos pasional que esta relación. El libro, autoeditado, sólo lo compran tres personas, y frustrada por el poco éxito de sus versos Charlotte invitará a las otras dos a que escriban una novela y demuestren al mundo que la fantasía y la literatura son su reino.

Esta decisión, esta respuesta a un fracaso, será el acontecimiento literario más importante del siglo XIX junto a la reunión en VIlla Diodati, Suiza, donde Mary Shelly escribió “Frankenstein” y Polidori “El vampiro”. En 1847 se publicarán “Jane Eyre”, “Cumbres borrascosas” y “Agnes Grey”. Un año después llegará “La inquilina de Wildheld Hall” y fallecerá Emily. La imaginación de las Brönte a punto estuvo de quedar encerrada para siempre en Haworth.

Por tanto, no hay Charlotte, ni Emily, ni Anne, sólo las Brönte. No se entienden unas sin otras y era imposible que vivieran mucho tiempo alejadas la una de la otra. Compartieron una vida y se encerraron para siempre en sus propias narraciones. La literatura ganó así un mito para la eternidad. Ellas lo perdieron todo, salvo lo que más amaban, sus historias. Quizá todos consiguieron lo que querían.