¿Por qué el IRA mató a un ladrón de cuadros de Vermeer y Goya?

Fuentes del grupo terrorista revelan detalles sobre el asesinato de Martin Cahill, protagonista de un espectacular robo de pinturas

Martin Cahill
Martin CahillWikipedia

El 1 de mayo de 1986 tuvo lugar uno de los más espectaculares robos de obras de arte en Europa. Un total de 18 pinturas, entre ellas originales de Vermeer y Goya, desaparecían de las paredes de la residencia de Sir Alfred Beit en Russborough House. Aquel golpe estuvo dirigido por un grupo de delincuentes dublineses liderados por Martin Cahill, un gánster que campó por sus anchas por la capital irlandesa entre los años 80 y 90. Fue asesinado por el IRA, pero poco se desconoce por qué el grupo terrorista irlandés acabó con su vida. El misterio acaba de ser resuelto.

Fue el pasado domingo cuando el “Irish Mirror” aclaró uno de los misterios de la banda. Una fuente cercana a los terroristas le explicó al diario irlandés cómo y por qué fue ejecutado Cahill. Pero antes de saber los hechos debemos adentrarnos en la personalidad del protagonista de esta historia. Nacido en 1949, gozó de fama gracias a los medios de comunicación que lo llamaron “El General”, una fórmula con la que la prensa podía denunciar las fechorías del delincuente y sortear que este los acusara por difamación. Desde joven se dedicó a poner marcha todo tipo de pequeños robos, ya fuera solo o con la colaboración de sus hermanos. Tras probar sin suerte ser admitido en la Royal Navy -aparentemente por permitir a algunos de sus miembros colarse en domicilios privados- siguió delinquiendo hasta ser detenido y condenado a los 16 años. Todo eso lo mezcló con una campaña en la que intentó salvar, sin éxito, que se echara abajo uno de los más degradados barrios dublineses, Hollyfield Buildings, donde resistió viviendo en una destartalada caravana, un acto que le supuso ser el protagonista de varios titulares en los diarios de ese momento. Finalmente él y su familia fueron llevados a otra zona, mucho más acomodada.

Pero Cahill no estaba destinado a ser un héroe social. Sus objetivos eran otros. Lo suyo era tratar de lograr el golpe perfecto con el que poder conseguir un botín lo suficientemente jugoso como para tener beneficios hasta que llegara otro asalto. Uno de los más mediáticos tuvo lugar en la joyería O’Connor’s en Harold Cross. Se hicieron con joyas y oro, todo por un valor de más de dos millones y medio de euros. Pero probablemente fuera el más importante de todos los robos el que tuvo lugar en el hogar de Sir Alfred Beit, propietario de una de las mejores colecciones privadas de arte.

Fue a las 2 de la mañana del 1 de mayo de 1986 cuando Cahill y sus hombres trataron de colarse en la residencia de Sir Alfred Beit por la puerta de atrás. Sin embargo, sonó la alarma de infrarrojos y el grupo tuvo que salir de la residencia a toda velocidad, escondiéndose entre unos arbustos en la villa. El administrador de la finca revisó la casa y llamó a la policía. No encontraron a nadie y pensaron que probablemente se había disparado la alarma por error. Una hora más tarde, cuando ya no había nadie más, en solamente seis minutos se apoderaron de 18 pinturas, entre ellas una pieza de Vermeer (“Mujer escribiendo una carta”), además del “Retrato de Doña Antonia Zárate” de Goya, dos cuadros de Gainsborough y tres de Rubens, entre otras composiciones. Una parte del botín fue recuperada a la mañana siguiente del robo, oculta en una zanja, pero el resto desapareció. Cahill trató de vender las pinturas y se cree que pudo ganar entre 600.000 y 800.000 libras, aunque el conjunto estaba tasado en unos 50 millones de libras. Las obras fueron localizadas varios años más tarde en Inglaterra, Bélgica y Turquía para ser devueltas a su legítimo dueño. Beit donó su colección a la National Gallery de Londres, donde se exponen en la actualidad.

Las pinturas fueron rescatadas en 1993. Un año más tarde, un miembro del IRA era asesinado en un ataque a un bar. La organización terrorista tenía claro que Cahill, probablemente por dinero, había arreglado todo para que ocurriera aquello. Tal y como dijo el pasado domingo una fuente del IRA al “Irish Mirror” a Cahill “nunca le importó la política, sólo le gustaba el dinero. Perdimos a uno de nuestros hombres, un joven voluntario, y muchos hubieran muerto solo por él. En lo que a nosotros respecta, Cahill había traicionado a nuestro país y tuvo que pagar el precio”.

Ese precio se pagó tres meses después del ataque. A Cahill le dispararon varias veces en la cabeza mientras conducía. El considerado como enemigo número uno moría en el acto. Nunca se ha sabido quién fue el autor del crimen. El caso sigue hoy abierto.