Sociedad

Posiblemente no recuerdes qué hacías el 11S, no importa lo seguro que estés

La memoria no solo archiva, sino que inventa por el bien de nuestra supervivencia. Ni es perfecta ni falta que le hace.

Imagen de 2018 de un organoide de cerebro teñido para ver las capas que lo conforman.
Imagen de 2018 de un organoide de cerebro teñido para ver las capas que lo conforman. FOTO: Juergen Knoblich Creative Commons

En los últimos años, la neurociencia cognitiva nos ha permitido mejorar notablemente nuestro conocimiento sobre la memoria, acerca de cómo funciona y, en especial, sobre cómo falla. Sin embargo, arrastramos una cantidad sorprendente de mitos sobre ella. Ahí afuera, la gente sigue pensando que el cerebro puede reprimir un recuerdo para protegerse de él, muchos creen tener memoria fotográfica y otros alardean de una capacidad prodigiosa para recordar cada detalle de todo lo que han vivido. Todo ello tiene sus peros, algunos más grandes, otros más sutiles, pero para hacernos una idea de lo perdidos que estamos respecto a este tema, basta apuntar al hecho de que, en realidad, la memoria tal y como la entendemos popularmente no existe: ni es una sola ni es tan independiente como pudiera parecer al resto de funciones cognitivas. Y, una buena forma de demostrarlo es acudir a un recuerdo que todos creemos tener absolutamente fresco: los atentados del 11S.

Posiblemente te hayan preguntado alguna vez qué estabas haciendo cuando te enteraste de la noticia. Y, posiblemente, si tienes más de 25 años, hayas dicho que te acuerdas a la perfección, con la misma viveza y rigor que si hubiera sido ayer. Tal vez creas ser capaz de decir, no sólo dónde estabas aquel día de 2001, sino incluso de indicar qué estabas haciendo, qué pensaste, dónde estaba cada miembro de tu familia o lo que decían los periodistas que estaban dando la noticia. Pues bien, un estudio bastante sonado utilizó una situación parecida para demostrar la ciega confianza que tenemos en nuestra memoria. Volvamos a 1986 y hablemos de un grupo de estudiantes profundamente preocupados por la explosión del transbordador Challenger.

Tres años y el olvido

Apenas 73 segundos pasaron desde que se encendieron los motores hasta que el lanzamiento falló. El transbordador estaba en llamas y 7 astronautas perdieron la vida entre ellas. Como séptima de abordo estaba Christa McAluiffe una maestra seleccionada para el “Proyecto Profesor en el Espacio”, de la NASA. Aquello fue una tragedia nacional como pocas habían vivido los jóvenes estadounidenses. Precisamente por eso, el experto en neurociencia cognitiva Ulric Neisser arrancó un estudio que haría historia.

Para él, tomó a un grupo de estudiantes universitarios y les pidió que detallaran qué estaban haciendo cuando, unos días antes, había tenido lugar la catástrofe del Challenger. El profesor guardo aquellos documentos y esperó 3 años, tras los cuales volvió a reunir a la práctica totalidad de aquellos estudiantes para pedirles que rememoraran aquella experiencia. Los jóvenes estaban convencidos de recordar el accidente con todo lujo de detalles y así lo plasmaron en sus nuevos textos. Quién habría dicho que, tras tanta seguridad, había un relato notablemente diferente al que habían escrito 3 años antes.

Las historias no coincidían, a pesar del énfasis que algunos estudiantes habían puesto en que recordaban a la perfección el evento, como si hubiera sido ayer. Ahora sabemos lo que Ulric ya intuía: que aquellos estudiantes estaban perfectamente sanos porque, en realidad, la memoria ni es perfecta ni necesita serlo. Una cosa es lo que recordamos y otra lo que creemos recordar.

Así funciona (y falla) la memoria

Explicar en detalle cómo funciona la memoria excede con creces las pretensiones de este artículo, pero no es tan complejo hacerse una idea general de lo que ocurre tras una memoria y su olvido. A fin de cuentas, nuestro cerebro es un conjunto tremendamente complejo de células, de ellas y su interacción con el entorno ha de emerger todo lo que ocurre en nuestra mente. En nuestro cerebro hay, principalmente, dos tipos de células. Por un lado, están las células gliales, unos 86.000 millones con multitud de funciones indispensables, desde la protección frente a infecciones hasta el andamiaje cerebral, organizando cómo han de extenderse y conectarse el resto de las células. Y es que otros 86.000 millones de células son las famosas neuronas.

Dentro de su enorme variedad, solemos imaginar a estas neuroans con uno de sus aspectos más icónicos, semejando un árbol diminuto, con sus ramas (dendritas), y su tronco (axón). Esta forma ramificada permite que conecten unas con otras, aproximando sus axones a las dendritas de otras neuronas, transmitiendo impulsos eléctricos y químicos de largas distancias, desde el dedo gordo del pie hasta el cerebro y, por supuesto, entre distintas partes de este último, como si fuera el cableado de un ordenador increíblemente sofisticado. Por supuesto que no somos un ordenador, por mucho que hayamos intentado compararnos, pero nos da una idea de como se distribuyen estas conexiones.

Pues bien, cuando usamos mucho una red de neuronas que se activan unas a otras para realizar determinada actividad o recordar un evento concreto, sus conexiones se vuelven más robustas, se refuerzan. Cuanto más fuertemente estén unidas, más sencillo nos resulta evocar ese recuerdo y menos se deteriorará con el paso del tiempo. Sin embargo, si no podemos en práctica esa actividad o no rememoramos el recuerdo con cierta frecuencia, sus conexiones se debilitarán hasta perderse. Esta es la regla de Hebb, la cual es tan sencilla elegante y poderosa que fundó la Inteligencia Artificial tal y como la conocemos.

Ahora bien, ocurre que nuestra capacidad de atención es limitada, solo podemos atender a un puñado de detalles a la vez y, de esos, tampoco podemos recordar todos, precisamente porque hay mucho que fijar siguiendo este sistema. Partimos, por lo tanto, de un escenario donde nuestros recuerdos más sólidos son poco más que un conjunto de detalles clave que nosotros debemos reconstruir. Una buena memoria necesitará reconstruir menos que la mayoría y, por lo tanto, será más fiel, pero tanto si nos vemos obligados a fabular como si no, la seguridad en nuestra memoria no se ve demasiado afectada, pues esa historieta que montamos inconscientemente nos resulta indistinguible de cualquier recuerdo riguroso. Es más, pensemos que un recuerdo puede debilitarse, dejando incluso más huecos que deberán ser “reescritos”. Cada vez que rememoramos grabamos con más firmeza el recuerdo, pero también caemos en el riesgo de alterarlo ligera y progresivamente.

Memorias perfectas, pero no tanto

Todo esto nos ayuda a entender por qué los enfermos de algunas demencias, como el Alzheimer, pierden antes los recuerdos más recientes (los que menos tiempo han tenido de fijar) y mantienen las memorias más antiguas (que ya han sobrevivido mucho, habiendo sido grabadas casi a fuego) Sabiendo ahora que es perfectamente natural que la memoria falle, podemos volver a esas situaciones en las que aseguramos recordar con absoluta claridad un evento. Suenen ser hechos que han tenido un gran impacto emocional en nosotros, sucesos que han estado dando vueltas en la cabeza y que nos marcan.

Un atentado es un ejemplo de escala nacional o internacional. La noticia repiqueteando en los medios, las conversaciones reducidas a un único tema de conversación y, las implicaciones sociales que acarrean contribuyen a que el recuerdo se fije con fuerza, pero, como hemos dicho, aunque las líneas generales estarán bien guardadas casi de por vida, a su alrededor, la rememoración constante del recuerdo puede contribuir a que se altere el contorno del recuerdo, los detalles menores, lo que construye la narrativa más personal. Es un proceso normal y que pasa completamente desapercibido para todos nosotros, son lagunas y fabulaciones graduales, paulatinas y en las que (por definición) no reparamos. No importa lo convencidos que estemos de que nunca nos ha sucedido nada así y que nosotros somos una excepción, lo más probable en términos estadísticos es que no seamos parte de esa minúscula parte de la población que tiene hipermnesia.

Hay casos tremendamente excepcionales de individuos que sí son capaces de recordarlo todo, cada detalle, cada evento. No obstante, ni siquiera ellos están hechos a prueba de errores. Es más, aquí es donde entendemos hasta qué punto no hay una memoria, sino varias. Hay personas con hipermnesia tan solo para los sucesos de su vida, aquellos que competen a la memoria biográfica. Otros tienen una prodigiosa memoria semántica, la cual da cuenta de los datos, por decirlo así. Pueden ser fenómenos de una y mucho más normales en la otra. Por otro lado, estas memorias a largo plazo no son las únicas. Hay una memoria procedimental que se encarga de almacenar los procesos más mecánicos y automatizados, como montar en bicicleta o tocar un instrumento.

Por otro lado, hay una memoria a corto plazo, la que nos permite recordar lo que acabamos de leer, lleguemos a fijarlo o no para evocarlo en uno o dos días. En otras clasificaciones vemos que la memoria de trabajo va por separado, un tipo de almacenamiento a muy corto plazo que nos permite mantener en la mente varios conceptos simultáneamente mientras trabajamos con ellos, por ejemplo: varios números durante una suma o las letras de una palabra que queremos reorganizar. Y, solo por dar otra vuelta de tuerca, esta última está profundamente relacionada con la capacidad de atención, la cual es la verdadera culpable de que, algunas veces, olvidemos dónde hemos aparcado el coche, porque para que podamos almacenar algo en el recuerdo tenemos que haberle prestado atención en un primer momento. Así de complejo y variado es eso a lo que normalmente llamamos “memoria”.

Ahora que sabemos todo esto es fácil que caigamos en una ligera paranoia. ¿De qué puedo fiarme si mi memoria me engaña? De repente somos los protagonistas de alguna ficción creada por Philip K. Dick, incapaces de tener certezas, condenados a desconfiar de todo y preguntándonos qué diferencia hay realmente entre realidad y falso recuerdo cuando no hay nada que nos permita distinguirlas. Nada nuevo bajo un sol que ya ha bañado a todo tipo de filósofos de la epistemología que se preguntaban mucho antes que nosotros qué relación existe entre la realidad y el conocimiento que creemos tener de ella.

Sin embargo, conviene hacer una llamada a la calma. Haber hay diferencia, aunque nosotros no podamos intuirlo. Hay una realidad ahí afuera y contrastar nuestros recuerdos con algunos registros objetivos o con los subjetivos pero variados recuerdos de otras cabezas es una buena forma de escapar de la pesadilla. Tal vez, si tuviéramos que resumir toda esta conclusión en una sola palabra: humildad. Humildad para apartar el ego en una discusión aceptando que tal vez no recordamos las cosas tan bien como creemos.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • A pesar de que esta explicación de cómo funciona la memoria es la mejor que tenemos hasta la fecha, no es necesariamente la única ni la mejor que llegaremos a tener. Por ahora, da cuenta de la mayoría de los fenómenos que podemos analizar. Tal vez, en los próximos años podamos llegar a ponerla a prueba de forma directa, observando la forma en que una red de neuronas cambia sus conexiones y las refuerza para almacenar un recuerdo concreto, pero por ahora las pruebas que tenemos (que no son pocas) son más indirectas.

REFERENCIAS (MLA):